• lunes, 08 de agosto de 2022
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Opinión / San Fermín

Siete de julio: Luis Azanza

El séptimo escalón rinde homenaje al fotoperiodista Luis Azanza, fallecido el pasado diciembre, con una de sus fotos más representativas del inicio de los Sanfermines (SF).

Hoy, día de San Fermín, culminamos la Escalera Fotográfica con un homenaje al compañero Luis Azanza (1961-2021) (enlace al artículo) cuyo fallecimiento, el pasado diciembre, dejó a la familia local de fotoperiodistas huérfana. En su recuerdo tenemos presente su última exposición individual de 2019, titulada Universo SF en el Palacio Condestable de Pamplona, en donde exhibió la esencia de los SF con una colección de 20 fotografías. En aquel momento, no imaginábamos que fuese su canto de cisne.

Las peticiones que le hicieron para que fechase las fotos de la exposición fueron vanas. “No es importante cuándo están hechas”. Se sentía como un cosmonauta, venido de otro mundo, que observa los momentos sanfermineros “con su magia, alegría y adrenalina”. Evidentemente, Azanza concibió la exposición de manera que el espectador se centrase en la fotografía para captar la esencia de la fiesta sin que las circunstancias temporales la desnaturalizasen. Por tanto, para observarlas tendremos que descontextualizar el tiempo.

Azanza manifiesta su inquietud por el tiempo en Cuadernos del Artyco. Docere, Delectare, Movere (1999): “TaI vez exista un tiempo en el que los recuerdos recobrados sean vívidos como si nuestras propias personalidades estuviesen allí y compartiesen la emoción y el temor de aquellos días antiguos. Un tiempo en el que los rostros del pasado pasen de nuevo a la vida en nuestra imaginación, en que volvamos a caminar junto a ellos en lugares ya desvanecidos”.

Era obvio que para seleccionar la foto del séptimo escalón teníamos que seleccionarla entre la veintena del Universo SF, pues son las más intimas y personales, que deliberadamente exhibió en blanco y negro. No ha sido difícil, nos hemos decantado por la del Chupinazo. Sin embargo, asumir la atemporalidad de la instantánea nos ha obligado a modificar nuestro habitual modus operandi de los escalones anteriores, que ha consistido, precisamente, en todo lo contrario; es decir, en centrar la foto con todas las circunstancias del entorno. Actuar de ese modo hubiese sido una deslealtad con Luis.

Atendiendo a la directriz que nos marca el autor, la foto capta un momento del Chupinazo en la plaza Consistorial al mediodía de un día 6 de julio, de un año cualquiera. Es una instantánea que proyecta alegría por los cuatro costados. En unos instantes, mientras el cohete que da comienzo a las fiestas asciende al cielo, la multitud sigue con los brazos alzados mostrando su pañuelico, el rito de anudarlo al cuello todavía no ha finalizado. La explosión de regocijo está acompasada con el riego del cava de una botella; otras dos están en proceso de descorche.

Para Luis Azanza, pamplonés de nacimiento, el Chupinazo en la plaza Consistorial tenía además un significado especial. No sólo por el comienzo de los SF, sino porque con su indiscutible creatividad buscaba una foto para darle su enfoque personal. Ello le obligaba a una preparación física de recursos materiales y a la concentración mental para afrontar el reto.

En concreto en la foto seleccionada hay dos elementos innovadores: el primero, una aproximación a la masa entusiasmada que requería proteger la cámara con plásticos –todavía no comercializaban las coberturas de neopreno- de la pertinaz tormenta de líquidos; el otro, un picado, con la ayuda de una pequeña escalera, cambiando el ángulo de toma tradicional -desde el suelo-, con objeto de extraer un personaje -en este caso la chica- de una masa caótica y anodina. Gracias a Luis Azanza los fotógrafos que acuden al Chupinazo llevan una escalera.

El Chupinazo en la plaza Consistorial (Foto Luis Azanza. Cortesía de la familia)
El Chupinazo en la plaza Consistorial (Foto Luis Azanza. Cortesía de la familia)

El resultado, desde el punto de vista fotográfico, es muy certero porque transmite con fidelidad la emoción del momento. La composición es muy apropiada, el foco de atención se centra en el personaje femenino de la izquierda que recibe con júbilo el inicio de las fiestas, la llovizna del vino espumoso refresca e impregna la escena de regocijo. Si entramos al juego que nos propone Azanza, la foto podría haber sido tomada ayer, al iniciarse “la semana más esperada” de la historia, tras dos años de “no Sanfermines”. En la atmosfera se respira el deseo de vivir intensamente unos ansiados SF.

Por otra parte, la atemporalidad de la fotografía, impuesta por el autor, nos brinda la posibilidad de entrar en el terreno de lo simbólico. La chica representa a una Pamplona que estalla de regocijo con la ilusión contenida de 1.088 días sin fiestas, mientras que las salpicaduras de cava materializan el derroche de alegría que se vive en fiestas y que estalla sincronizadamente cuando se prende la mecha del cohete.

Para finalizar nos quedaremos con aquello que nos dejó Azanza en Docere, Delectare, Movere y que recuerda al principio físico de la entropía “si se reúne un conjunto de átomos”, que podría aplicarse a la masa de asistentes al Chupinazo de la plaza Consistorial, “no hay problema para determinar en qué senda fluye el tiempo: siempre transcurre en la dirección del DESORDEN”.


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