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El PSN confirma que los proetarras de Bildu son sus aliados

Por Editorial 27 agosto, 2019 - 16:22

Su escapada del pleno municipal de Huarte no esconde que ha aceptado saldar su deuda con la izquierda abertzale por haber sentado a María Chivite en la presidencia de Navarra.

La socialista María Chivite, durante su toma de posesión como presidenta del Gobierno de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
La socialista María Chivite, durante su toma de posesión como presidenta del Gobierno de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

No por previsible que fuera el guion, la demostración del viraje del socialismo navarro duele menos, sobre todo si se tiene en cuenta a todos aquellos que, militando en sus filas, tuvieron que soportar el salvajismo del tiro en la nuca y la bomba en los bajos del coche. La aflicción que genera su pacto con los que fueron el brazo político de la banda terrorista y que nunca han dado la espalda a esa violencia solo es comparable con el cinismo demostrado por unos dirigentes que se empecinan en tratar de ocultar sus movimientos, visibles por la ciudadanía al completo, y no anticiparse a las consecuencias de sus actos.

Aceptada la realidad de que el PSN ha decidido desoír la voz de las víctimas del terrorismo y de quienes defienden que Navarra no pierda su estatus y su identidad, queda reflejar lo que quizá los socialistas no hayan asimilado de las anteriores elecciones: las consecuencias de aliarse en Navarra con los que ansían, como Uxue Barkos o Bakartxo Ruiz, que la Comunidad foral deje de ser tal para quedar relegada a una mera provincia más del País Vasco.

Basta asomarse a los resultados cosechados en las urnas de mayo por el anterior cuatripartito para concluir que el gran descalabro de seis parlamentarios del bloque del gobierno los costeó tanto Podemos, con cinco escaños menos, como I-E, que aguantó hasta la bocina para agarrarse por una veintena de votos a un único puesto en el Parlamento foral.

Estas dos formaciones asumieron el castigo que dio el electorado navarro a los partidos que validan al nacionalismo y al independentismo vasco en Navarra. Porque está claro que vivimos en una comunidad fragmentada, en la que las siglas dirigidas desde regiones vecinas (Geroa Bai-PNV desde Bilbao; y EH Bildu desde San Sebastián) han penetrado en una parte de la ciudadanía navarra que, o bien comparte sus aspiraciones de la quimera política de Euskal Herria, o ya es súbdita de sus desmanes identitarios, contrarios a la realidad histórica de Navarra.

Bildu y el PNV mantuvieron sus porcentajes de voto (aunque el primero bajó un escaño), mientras que sus dos escuderos en el Ejecutivo, I-E y Podemos, los que sustentaron la agenda nacionalista vasca que dominó la pasada legislatura, quedaron relegados al ostracismo. No comprendieron, como así parece que el PSN no entiende ahora, cómo está estructurada la ciudadanía navarra y cómo de recios son los barrotes que impiden escapar a los votantes del espectro político de la izquierda abertzale.

Si como partido se apuesta por permitir que el nacionalismo vasco continúe plantando sus estandartes en Navarra, sobre todo a través de la educación y el euskera, en la siguiente cita electoral se encontrará con que parte de los ciudadanos que escogieron esa papeleta preferirán apoyar a la formación original, antes que recurrir a copias que solo han seguido a pies juntillas las directrices de quien llevaba las riendas en el Palacio de Navarra.

Les sucedió a I-E y a Podemos porque tampoco supieron ver a tiempo una de las características principales que el nacionalismo vasco registra cuando actúa en Navarra: la cuestión identitaria lo absorbe todo. ¿Cómo es posible, si no, que se aliaran la izquierda independentista de Bildu con la derecha más conservadora del PNV? Tan solo porque por encima de cualquier interés por la ciudadanía o el progreso de Navarra, la fuerte esencia nacionalista los unió para ir germinando una semilla que, a base de encaminar la educación hacia sus intereses y bajo el paraguas del euskera como idílico y (por el momento) irreal marco común, habrá de dar sus frutos tarde o temprano.

El PSN, por ahora, hace oídos sordos a sus amenazas. Piensa que tiene la capacidad suficiente y que la solidez de 11 de 50 parlamentarios será bastante para asir con fuerza el timón de una nave cuya tripulación dejó claro en mayo que estaba hastiada de imposiciones y que no comulgaba con el horizonte al que les había estado llevando el cuatripartito nacionalista. Pero no la tendrá. La propia Bakartxo Ruiz ya se lo hizo ver a María Chivite durante su sesión de investidura: Bildu dominará en la sombra el rumbo del Gobierno de Navarra, le dijo entre líneas, exigiendo sus peajes por permitir al PSN sentarse en el sillón presidencial del Palacio de Navarra.

Este mismo martes se ha evidenciado otro de los pagos de ese pacto tácito que Ramón Alzórriz se empeña en negar en cada rueda de prensa, dándose de cabezazos contra el irrompible muro de la realidad. La realidad ya lo demostró, por muchas abstenciones que se produzcan en el seno del PSN o por muchas huidas despavoridas como la del pleno municipal de Huarte. El PSN permitió que el PNV obtuviera la presidencia del Parlamento de Navarra. El PSN permitió que EH Bildu accediera a la mesa de la Cámara foral. El PSN ha permitido que la izquierda abertzale se haga con el gobierno municipal de Huarte. Y el PSN tendrá que permitir durante los próximos cuatros años todas y cada una de las compensaciones que el partido de los herederos de Batasuna le exija.

Puede que llegue un día en esta tan cacareada Navarra plural en el que alguien consiga juntar las manos de dos segmentos de población antagónicos y completamente diferentes en sus pretensiones. Quizá entonces el diálogo se vuelva más sereno y efectivo. Por desgracia, hoy no es ese día. Y María Chivite, presidenta de Navarra gracias a los que no han rechazado la sangre derramada por los inocentes, desde luego no es ese alguien.


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