Opinión / Especializada en política vasca y el análisis parlamentario.

¿Qué es la Navidad?

Por Charo Zarzalejos 23 diciembre, 2016 - 8:02

"¿Qué es la Navidad?". Con este interrogante comienza una cuña publicitaria propia de estas fechas. La cuña en cuestión, concluye que "la Navidad eres tú". Como mensaje publicitario está bien. Resulta suficiente.

Sin embargo no da respuesta, ni lo pretende, a ese punto de misterio que tienen estas fechas. Y digo "misterio" porque son en estas fechas y no en ningunas otras, cuando a todos -a la mayoría, al menos- en algún momento se nos pone una pizca de pinza en el estómago. O en el corazón, donde prefieran.

La Navidad es la fiesta cristiana por excelencia. Se conmemora, al menos los creyentes, entre los que me encuentro, el nacimiento de Aquél que cambió el mundo, que revolucionó los paradigmas establecidos. Nunca antes nadie había dicho eso de perdonar setenta veces siete, ni nadie había desatado su enfado como lo hizo Él con los fariseos y sepulcros blanqueados. Nunca nadie antes se había atrevido a evitar la lapidación de una mujer, ni había consentido -hay que ponerse en la época- que un leproso se le acercara.

Pero algo tiene la Navidad incluso para aquellos que la desproveen de cualquier contenido religioso. Algo tiene cuando una inmensa mayoría engalana, aunque sea modestamente, su casa. Algo tiene cuando se cuida la comida o la cena para tener una mesa especial. Algo tiene...

Mi madre solía decir que la Navidad es una fiesta alegre para aquellos que no tienen recuerdos. Pasado el tiempo y cuando ella, mi madre, ya no está, le doy la razón pero sólo a medias.

Es verdad que el paso del tiempo, además de experiencia, se llena de recuerdos. Difícil que al menos por un segundo no nos vengan a la memoria aquellas Navidades de nuestra infancia. Inevitable resulta tener especialmente presentes a nuestros padres que cuando se van, sentimos que se acaba el mundo y a nuestros hermanos correteando por la casa y a nosotros mismos, ajenos a lo que posteriormente nos depararía la vida.

Pero es precisamente en Navidad, cuando hay que agrandar mesas para caber todos, cuando descubres, no sin asombro, que los lugares que ocupaban tus padres, ahora te toca llenarlos a ti. Y que aquellos niños y niñas que correteaban por la casa, hoy se han convertido en hombres y mujeres y en cada uno de ellos adivinas algún gesto que te es familiar. Y es entonces, cuando la mesa se agranda, cuando se comprende la fuerza de la vida.

Los padres se han ido, tus hermanos rubios o morenos, hoy tienen canas; pero ahí están nuestros descendientes llenos de vida. Descubres que la vida no se detiene, que aquella pérdida que parecía insoportable no te ha llevado por delante, ni aquella decepción, ni aquel disgusto han podido contigo porque te has propuesto que nada te pueda aunque la procesión vaya por dentro.

En algún instante mirarás para atrás pero si te detienes en esa mesa agrandada hasta lo inverosímil te abrazarás a ella y a quienes la llenan. Y llegará el momento de los abrazos y sentirás el calor del padre de tus hijos y él, el tuyo.

El de los hermanos y los de sus hijos. Nada borra las ausencias definitivas o temporales. Los temores previos no van a desaparecer, ni las preocupaciones, ni los sueños rotos se van a recomponer y es aquí cuando viene el misterio de la Navidad porque cuando recibes o das abrazos a quienes tienes cerca son abrazos "nuevos" y su calidez resulta extraordinaria.

Esto ocurre a quienes tenemos el privilegio de tener una amplia y extraordinaria familia, amigos a los que queremos y por los que nos sentimos queridos. Todo un lujo en este mundo nuestro en donde la soledad y el abandono marcan tantas vidas. Un lujo cuando vemos familias rotas, hijos abandonados o padres olvidados. Y más que un lujo cuando sabemos y vemos que a escasas horas de avión se hacinan en campamentos o refugios, hombres, mujeres y niños que han sido desprovistos incluso de la mínima esperanza.

No nos olvidemos de ellos ni quitemos valor a esa mesa agrandada y a quienes la llenan porque todos ellos y nosotros mismos somos la prueba contundente de que una Navidad más, siempre distinta a la anterior, mantiene el misterio de la vida misma que se repetirá en la próxima Navidad, cuando de nuevo haya que agrandar la mesa.


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