Opinión / La vida misma

¿Y si no la violaron?

Por César Martinicorena 26 julio, 2016 - 8:26

Ha sido una de las grandes noticias de las pasadas fiestas. Cinco hombres violan- o no- a una mujer. Como la causa se encuentra sub iúdice hagamos un ejercicio de abstracción. ¿De acuerdo? ¡Fue consentido!

Cinco sujetos habrían pasado un mal trago por haber mantenido relaciones sexuales con una mujer anuente que más tarde los denunció por violación. Demostrado el no-hecho, cada uno a su casa y santas pascuas. ¿Si? Pues no. Hay que ser muy bazofia para largarte con cuatro amigos para echar un polvo en un portal o donde sea, grabarlo y felicitarse del exitazo.

Advierto que ni entro a juzgar a la mujer si el sexo hubiera sido consentido- hecho que se me antoja más que improbable- . Como hombre, me intento poner en el lugar de uno de esos cinco mierdas y no puedo llegar a otra conclusión. Hay que ser muy estiércol para llegar a ese punto. Ya sé que sonará carca, reprimido, ablandabrevas, mojigato… y lo que me importa, treinta y tres. Qué pocilga de hombres. ¿Que no es una violación? Perfecto. Eres la misma escoria. Manda pares que pasara por bien visto un hecho similar por no ser delictivo.

Deténganse un segundo y piénsenlo. Su cuadrilla, usted y sus amigos, está de potes y una mujer se ofrece para hacer un itinerario por los mejores portales de la ciudad. ¿Aceptarían? ¿De veras? Me importa un carajo la legalidad, los derechos, lo moderno, lo desinhibidos que se hallaran a causa del alcohol o que los genes tengan culpa porque sus padres son hermanos. ¡Qué manada de carroñas!

Quien no haya cometido estupideces en sus años mozos- o después- que arroje la piedra, pero que nadie me venga a vender la estampita de que por no haber cometido ilícito el acto es defendible. Si un sobrino mío- no soy padre- se mete en algo parecido pasan dos cosas; uno va al hospital y yo a la cárcel. Y eso si lo agarro antes que su padre.

Ni me atrevería a juzgar a la mujer en el caso de que el hecho hubiera sido anuente. Ni soy quién ni me lo quiero plantear. Como hombre sí que me atrevo a dar opinión, ese acto que tan lejos se suele hallar de la verdad. Prefiero Alcatraz antes que ser parte de algo semejante. Cualquiera puede atenuar lo acaecido por los condicionantes que acompañan a nuestras fiestas. Muy bien; que se los guarde donde más le duela.

El caso acabará como deba. O cinco tipos al maco o o cinco “machotes” libres. Espero que la justicia no yerre. Más allá de inocencia o culpabilidad, lo único que me tuerce el gesto es la imagen de una mesnada de jóvenes ya creciditos tomando la decisión, aquiescentes ellos, de irse con una chica para tirársela una detrás de otro; para grabarlo; para contarlo. En ese punto nos encontramos.

Entonces vuelvo la mirada a mis amigos y a nuestros años malos. Imagino a uno proponiendo algo semejante y al resto cogiéndole cita para el dentista. Si eso nos coloca en el grupo de los beatos, bienvenida sea la beatitud. Si eso nos retrata como pacatos o antiguallas, sea. Solo sé que en mi casa hay espejos y cada mañana tengo que contemplar- oh, suplicio- una imagen que, espero, jamás se parezca a un ser degradado, sucio y podrido como los protagonistas de este artículo.

 ¡Arrobas de guano! Nada más.


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