Opinión / La vida misma

Tiempo de horteras

Por César Martinicorena 20 enero, 2016 - 23:52

Hay normas que da gusto cumplir, otras que te repatean el estómago y unas terceras que te hacen enrojecer.

Jurar o prometer la constitución se ha convertido, gratis et amore, en un acto de cursilería solo comparable  a los niños y papás de master chef llorando porque no se les han escalfado bien los huevos.

Jurar significa poner a Dios por testigo. Básicamente. Fue más que saludable el cambio de fórmula;  permitir prometer la constitución en vez de jurarla. La laicidad del estado así lo exige. Puede parecer una tontería pero no lo es. Si la separación de iglesia y estado es uno de los mayores avances en la historia moderna de occidente, este hecho, en apariencia minúsculo, no hace mas que solventar un problema de protocolo lleno de significación. Los curas en las iglesias y los militares en los cuarteles. Dejamos a Dios tranquilo y nos centramos en cumplir la ley. Así de sencillo. Como creyente, juro que yo prometería la constitución.

Pero lo visto en la cámara el día 13 sonroja y encocora a todo aquel con un mínimo de vergüenza ajena. Uno piensa que la fórmula debe ser algo más concreta. La retahíla de arabescos perpetradas en el hemiciclo confundiría a Sócrates. ¿Aquí se promete la consti o se pide a los reyes magos?. ¡Cicuta, por favor !

Vamos con un ejemplo. Así prometía la constitución un nuevo parlamentario. "Prometo acatar esta Constitución y trabajar para cambiarla. Por la soberanía del pueblo, la justicia social y una España nueva, per la fraternitat entre els pobles. Porque fueron somos, porque somos serán. Nunca más un país sin su gente".

¡Toca bemoles Romanones! Más allá del descubrimiento literario-sintáctico del somos-serán y el fueron-somos, no me digan que este rocambole puede acabar muy mal. Si se abren las puertas de esta manera puede llegar alguien como yo y prometer de la siguiente guisa; “Prometo acatar la constitución para intentar que Messi tenga diarrea cada Domingo y Neymar encuentre el amor en Sudán, también cada Domingo. ¡ Raul selección !”.

Me dirán que exagero cuando no lo hago ni un celemín. Por dos razones. La primera, porque prometería exactamente así. La segunda, algo más sesuda. No se debe jugar con ciertas cosas. Imaginen que llega un parlamentario y suelta algo como “ Juro prometer la constitución y no cejar hasta que todo hombre tenga el derecho a disfrutar de sus hijos el mismo tiempo que su madre después del divorcio”.

Les aseguro que la legislatura no comienza. El pifostio que se arma, de los de no me mires. De los de “-¿Cómo estas? -Pues mira que tú”. El juramento no hace más que igualar a los representantes de los ciudadanos. Los coloca a la misma altura antes de comenzar la labor legislativa. No es el momento de hacer política, lo es de respetarla. Los ojalás, para las sesiones.

Hace poco, en el senado, se producía una promesa del cargo con una carga histórica no aclarada. Un nuevo senador prometía su intención de “devolver a los ciudadanos la capacidad de gobernarse a si mismo”. Devolver significa dar a alguien algo que tuvo. Podría habernos aclarado cuándo se dio esa maravilla asamblearia en España. El chico no lo aclaró. En fin, cosas del valor que no se tiene. Lo que si tiene el chico es un papá con tarjeta black, hecho que él ignoraba.

Lo mejor, sin duda, el voto para el hijo de la señora Bescansa. Lo peor, todo lo demás. Nos movemos entre la permisividad absoluta y la prohibición constante. En Pamplona se prohíbe hablar de una mujer pasada de copas porque es parte de la nueva política. Curioso que como primer defensor de la actuación policial comparezca Bildu y aledaños. Que pase el alacrán. El cazador, abogado de las perdices.

La nueva política llega con la peor característica que adornaba a los viejos partidos; la absoluta ausencia de crítica de los suyos. Todo tiene justificación. Todo ocurre por culpa de un enemigo externo y los medios, simplemente, mienten.  Bueno, Cintora, Ferreras y Javier Ruiz, no. Los demás, si. Es un comienzo peligroso y huele a ingeniería social que mata. Las redes aclaran perfectamente por dónde respiran las filias y fobias de los novedosos. Se hallan inmersos en una misión. Si bien hay muchísima gente que lo hace con una intención loable, no es menos cierto que existe una jauría de cibermorados que viven por y para contestar toda proclama que no comulgue con el nuevo dogma.

Se juró o prometió por gran número de cosillas. Por España, la unidad, la liberté y la fraternité, por una cámara sin barreras arquitectónicas, por un niño lactante, por la gente que viva la gente y un largo etcétera. No se yo, pero parece una desfachatez encomendarse a tantos dimes y diretes y no dedicarle un triste beso a Kim Bassinger.- Juro la constitución and You Can Leave Your Hat On.


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