Opinión / La vida misma

Sentencia política

Por César Martinicorena 15 octubre, 2019 - 9:45

Al parecer nadie ha quedado satisfecho con la sentencia del Supremo.  De nueve a trece años. Café para todos y a casa en un breve periodo de tiempo a disfrutar del tercer grado.

Varias personas protestan en Barcelona con las fotos y caras de algunos de los condenados por el procés. Jordi Boixareu/ZUMA Wire/dpa
Varias personas protestan en Barcelona con las fotos y caras de algunos de los condenados por el procés. Jordi Boixareu/ZUMA Wire/dpa

Mientras veo en un continuo zapping las manifestaciones del Prat y una carga policial, me digo a mi mismo que las reacciones hubieran sido exactamente iguales de haberse condenado a los juzgados por el delito que muchos esperaban; por rebelión. Lógico, ya que con el nacionalismo nos movemos una y otra vez ante un eterno maximalismo. Tot o res. Todo lo que supusiera un día de cárcel se habría de igual modo que los veinticinco años por rebelión. Como en la condena de Alsasua, como la trena de Otegi, como el cierre del Egin o como la prohibición del referéndum.

La ausencia de unidad, de sintonía intelectual, en las fuerzas políticas nacionales es el gran aliado del nacionalismo vasco y catalán. La intromisión de la política en las decisiones judiciales- vaya, la no separación fáctica de los poderes del estado- reduce la calidad de esta democracia que, aun condenando a los reos, consigue una respuesta inequívocamente insatisfactoria para una gran parte de los ciudadanos, tanto catalanes como del resto de España.

“Solo la puntita”, ha decidido el tribunal. Me ha recordado esta sentencia a la primera de la manada. Que sí, que muy mal, pero menos. Una sentencia que reconoce la existencia de violencia y que pasa sobre ella como el que escribe por una película de Antena  3 ; sin mirar. Sin tiempo material para haber leído todo el mamotreto legal producido por la sala si podemos asegurar ciertos efectos que éste va a producir.

Para empezar, el independentismo catalán tratará de vendernos una unidad que, de hecho, está destrozada. Les queda el enemigo común, el pegamento que consigue perpetuar a una élite social en el machito institucional ad eternum. Nunca despreciemos el dinero, amigos. Por otro lado, Sánchez ha conseguido la sentencia perfecta para sus fines. Una mezcla de supuesta fortaleza política personal con una personalidad meliflua, de vacío intelectual, de don nadie venido a algo, a merced de cualquier viento generoso que lo empuje hacia un pacto naranja.

Todo parece indicar que el alto tribunal y el presidente en disfunciones trabajan codo con codo. A la rediviva españolidad del monclovita le viene de perilla esta semi-sentencia. Una gran mano al póker. Se unen una falsa sensación de rigor institucional y legal con una figura emergente que cumple y hace cumplir la ley, ambas proposiciones más falsas que un billete de trece.

Por ahora, prefiero esperar. Hay que leerse la puñetera sentencia y confiar en tus sospechosos habituales  para que me expliquen los puntos oscuros que , como siempre, se me escapen. La reflexión política es aterradoramente sencilla. De ahí su peligrosidad. Nos hemos acostumbrado a delitos sin culpables. Quizá España se encuentre en una etapa de medias tintas- ni quizá ni leches- donde el cumplimiento de las leyes se entiende como dieta para fachas.


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