Opinión / La vida misma

Sarasate y Asirón

Por César Martinicorena 08 noviembre, 2015 - 23:24

Uno odiaba el componente aldeano de su tierra chica. El otro se regocija en ello. 

El ciudadano Asirón no acudió como excelentísimo al responso que se oficia en honor a una de las figuras de mayor renombre de nuestra historia. Lo hizo como “ciudadano”. Bien. Aceptada la horterada que el hecho supone no queda más que hablar un poquito de lo que significa el músico y lo que defiende Citizen Asirón.

¿A quién niega su presencia nuestro alcalde como alcalde? A un hombre que paseó nuestro nombre por el mundo entero. A un hombre que engrandeció el arte y que eliminó las fronteras de su tierra para hacerla más grande. A un artista que conoció el mundo y se lo puso por montera. A un prestidigitador reverenciado en los cuatro puntos cardinales por su talento. A un pamplonés que, desde la habitación 212 del Hotel La Perla, cada San Fermín deleitaba a los afortunados que le esperaban entre la Plaza del Castillo y Chapitela. Así lo hizo hasta que se le hincharon las meninges y mando a todos a hacer puñetas con toda la razón del mundo.

Sepa que dejó de tocar desde el balcón por gente como usted. Cerrados de mollera y aldeanos mentales. Tanto carlistón le aburría. Tanta movida con los liberales le atoraba. Él, que hablaba con las musas cada vez que colocaba su mano izquierda sobre un pequeño mástil, no soportaba la zafiedad de su ciudad.

¿Qué le costaba a su señoría asistir a un acto tan entrañable? Solo supone aguantar un poco de música, una ofrenda floral para el genio y un pequeño rezo en forma de responso. ¿Tanto odia usted? ¿Es consciente de que muchos de los que asisten no sienten ese rezo como algo religioso sino como algo puramente sentimental?  Sólo se trata de un mini-homenaje anual, cada primero de noviembre, para un desmesurado violinista. Ese responso no supone ninguna concesión, señor alcalde. Es una tradición como otra cualquiera. Nadie se lo habría echado en cara. Ni siquiera alguno de sus adláteres.

Qué cutres son, madre mía. Qué manera tan bóvida de ejercer el cargo. ¿Tantos complejos atesora? Hasta Sherlock Holmes se tomó un descanso para verlo en La Liga de los Pelirrojos, fíjese. Hasta un personaje de ficción tuvo el mínimo adarme de inteligencia  que usted no ha encontrado.

Y no cambiamos. Dicen los cronicones que Martín Melitón Pablo de Sarasate y Navascués -toma ya nombre- tenía una mano izquierda irrepetible. Aplíquese el cuento. Un mínimo de mano izquierda le ayudaría a no parecer tan miembro de una secta.

Leo que es usted historiador. Fabuloso, de veras. ¿Y si le muestra un mínimo de respeto a la nuestra? ¿Podría? Aunque solo sea por probar. Podrá comprobar como las pústulas sanguinolentas no pudren su cuerpo ni su cerebro. No renunciará a política alguna. Usted cree que sí porque la venda es demasiado gruesa y tupida. Pero no. Confíe en mí. Pruebe y verá. Intente jugar con los otros niños del cole. No manchan, no muerden y no infectan. Otros sí.


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