Opinión / La vida misma

Rafa Nadal, carisma y pólvora

Por César Martinicorena 28 enero, 2017 - 10:43

Escribo al acabar la semifinal del Abierto de Australia; Nadal acaba de ganar un partido agónico.

Nadal celebra uno de los puntos conseguidos ante Grigor Dimitrov en las semifinales del Open de Australia. EFE
Nadal celebra uno de los puntos conseguidos ante Grigor Dimitrov en las semifinales del Open de Australia. EFE

Nadal ha ganado ante un rival en estado de gracia. Fabuloso el búlgaro. Volvemos al tenis romántico. Tres reveses a una mano de cuatro en las semifinales de un Grande. En el tenis actual, una locura impensable. Federer, la leyenda viva, espera en la final.

Un incendio amenazaba de muerte al buque Almansa en la batalla de Callao durante la campaña del Pacífico. Una granada había provocado un fuego que se propagaba hambriento y amenazaba el pañol de la pólvora. A Victoriano Sánchez Barcáiztegui, al mando del navío, tres partes diferentes  le aconsejaban anegar la malherida nave cuando acuñó la frase que le haría pasar a la historia de la marina española: “Hoy no es día de mojar la pólvora”.

Hacerlo significaría abandonar el combate. No lo haría. Se separaría de la nave Numancia para evitar el daño que podría provocar en el barco hermano una más que posible explosión en su navío y proseguiría en la contienda. El Museo Naval de Madrid guarda y expone como oro la placa que conmemora aquel día del buque Almansa.

Pues bien. En esta ocasión, el marino es mallorquín y no de El Ferrol. La adolescencia te nutre de ídolos deportivos, de primeros amores y enemigos pasajeros. El que escribe odiaba profundamente al insoportable Naranjito, a Jimmy Connors, a Dustin Hoffman o al profe de Latin- el Parvus-. Mis amados eran Magic Johnson, Larry Bird, Maradona, Zico, Zruspa- por supuesto- Ricardo Gallego, Lanchas y Butragueño. Repasando la carrera del tenista balear me doy cuenta de que todas aquellas filias se convierten en pecata minuta comparándolas con lo que me hace gozar y sufrir este muchacho. No me resulta fácil de entender ni de explicar; lo juro.

La cuarentena no es edad para sentirte tan expuesto y concernido por algo tan efímero como el éxito deportivo de una persona no cercana. Así pensaba yo, pero veo cómo fluctúan mis pulsaciones bursátiles con cada punto del zurdo y me siento niño otra vez. O cómo los ojos se vuelven vidriosos, cuando no llorosos, con victorias como la de hoy. Se me escapan las sensaciones.

No me ocurre lo mismo con los formidables triunfos de las selecciones españolas de baloncesto o de fútbol- “la roja” para la madre del topo- hecho harto extraño cuando ambos son mis deportes de referencia, los que más he practicado y en los que mejor me desenvuelvo. Por tanto, debo colegir que todo ese caudal de emotividad se debe a un deportista que ha traspasado el ámbito de lo deportivo para convertirse, para millones, en algo más que un tenista.

Deber ser carisma, aquella cualidad que en el imaginario cristiano responde a un don recibido por Dios y que beneficia a la comunidad. En el no-cristiano es lo mismo pero sin Dios. O sea, un sindiós. Ese alguien atractivo por la razón que mejor les parezca. Por la voz, la palabra o el hecho; por su manera de ser. Por ejemplo, para usted, querido lector, Jack el destripador puede pasar a la historia como un ser enormemente carismático ya que da buena publicidad a sus negocios: Cuchillería El Nerviosillo o Casquería Las Entrañas Mañas, sita en Monzón.

De Nadal se ha dicho absolutamente todo. Bueno y malo. Para esos franceses parisinos de Roland Garros, Nadal es un grano en el culo. Para ciertos animales que habitan la península, una de esas cosas que duelen tanto que mejor no mentarlas. Lo mismito que Pau Gasol. Mentiría si no dijera que ese hecho me hace querer algo más de lo que ya lo hacía al tenista balear y al largirucho con anillos. Un punto de maldad no hace daño ¿Verdad?

Y el domingo, la final. Parecía imposible que volviéramos a asistir otro Rafa vs Roger de este calado. No se puede pedir más. El fabuloso serbio ha descansado en esta ocasión para que podamos retrotraernos una década y volver a soñar como en las finales de  Wimbledon de 2007 y, sobre todo, 2008; como con aquella otra final en Australia en la que Federer lloraba mientras musitaba aquel terrorífico “It´s Killing me”.

A los quince años, Roger Federer hubiera decorado mi estantería de enemigos; ese personaje que desatara en ti el ominoso schedenfreude, el disfrute por el dolor ajeno. Hoy no. Ya no. Es otro bestia; otro regalo para todo aquel que adora el deporte. Las victorias de ambos genios se engrandecen por el descomunal tamaño del oponente. No responden a las lógicas de Lendl y Big Mac, de Spassky y Fischer o de Karpov y Kasparov. Todas ellas rezumaban odio hacia el rival. Así se nos explicaba una rivalidad.

No es el caso que nos ocupa. Simplemente, vivimos la que para mí es la lucha deportiva más bella de la historia del deporte. Y que me perdonen Jordan, Bird, Johnson, Messi, Cristiano, Pelé, Maradona, Cruyff, Eusebio, Puskas, Distefano, Carl Lewis, Ben Johnson o los ya citados.

Bendito este canto del cisne aunque… ¡Ojalá no lo sea!


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