Opinión / La vida misma

Pagar por trabajar

Por César Martinicorena 17 octubre, 2015 - 8:50

El día que un partido político se decida a defender los derechos de los trabajadores autónomos, juro que contará con mi voto, respaldo, ánimo y genuflexión. Los grandes exprimidos de la realidad económica navarra y española no son los trabajadores por cuenta ajena o los funcionarios.

Siempre, sin excepción, vienen a la mente los autónomos. Aunque en épocas como la que vivimos los exprimidos somos casi todos por causa de la crisis, el autónomo, lo es en todo momento. Da igual el ciclo económico que atravesemos. Bonanza y recesión no se distinguen ante este dato.

Observar las cuotas que, de media, se pagan en Navarra  mensualmente por crear una empresita y llevar a cabo un proyecto vital no nos debe llevar a la reflexión; nos debe conducir a hablar de abyección y de descomunal vergüenza estatal y autonómica.

¿Cómo se atreven? Miren. Veremos a políticos discutiendo a calzón quitado sobre corrupción, el famoso “y tú más”, los toros, la valla y los inmigrantes, la solidaridad y la igualdad o, quién sabe, sobre Piqué y Ramos. Lo que les aseguro: no encontrarán un plató de televisión en el cual un representante de cada partido explique el porqué de esta forma de desangrar al sector de mayor relevancia económica en cualquier sociedad moderna.

Le robo el verbo a Umbral para decir que el estado no para de alcaponeizar sus leyes impositivas. ¿Por qué apenas hay disenso en la vida política diaria sobre este abuso? Muy fácil; las tetas de esta vaca jamás se vacían. Se vacían unos, esos que decimos cruelmente que han fracasado, pero otros les sustituyen. Otra vaca de magníficas tetas. Eterno.

Recordemos que esta gente no deja de pagar nada que los demás pagamos. Lo que hacen es pagar más. Mucho más. Hablamos de una serie de individuos que quieren ser su propio jefe, que crean empleo, que no quieren vivir supeditados a los vaivenes del Leviatán, de ese estado omnipresente que les cruje cada mes con trescientos lereles que saben a gloria para la caja común. ¡Nada de común!

Para el estado, y aquí subyace la ideología, son enemigos. Son extraños. Esos que se atreven a vivir lejos del paraguas de la subvención, a millas de los partidos políticos. Esos que guardan fe a su trabajo y familia, al esfuerzo y a su tiempo de ocio. Y muchos todavía se atreven a tachar a este país de liberal. ¡Que desvergüenza!. Como dijo Rajoy en una esclarecedora declaración, - El que quiera un partido liberal, que lo monte-

La calidad del trabajo se ha reducido enormemente por las causas que todos conocemos. La proporción trabajo-soldada ha menguado hasta extremos insoportables. Encima les pedimos que creen empleo, que suban los sueldos. Les propongo un juego tipo gincana. Acudan a un bar, una zapatería, un videoclub y una panadería. Pregunten a sus jefes cuánto les costaría, vía seguridad social, aumentar en doscientos euros el sueldo uno de sus trabajadores. Temblarán.

Las leyes que dicen ayudar al autónomo son parches. Nada más. Un parche en la rebosante teta para que continúe estrujada. Recuerden que no hablo de las empresas gigantes. Nos referimos al panadero, al electricista y al hostelero. Al que nos entrega, puntual, el periódico y  al que le compramos chuches para los sobris.

Pagan por trabajar. Así de sencillo. Así de contundente. Eso hacen. Conforme sube la persiana del almacén, el propietario ( uy, que palabra tan odiada ) oye como se caen las monedas del bolsillo. ¿Se imaginan que a un funcionario, a un juez, a un político, se le exigiera un porcentaje equis de productividad diaria antes de empezar a ganar su sueldo?  No ¿verdad? Pues eso sufren millones de personas por mor del bien común.

Recuerdo un bar de la zona universitaria. No mentaré el nombre. -César, tengo que poner doscientos cincuenta cafés para empezar a oler dinero- ¡ Veinticincomil pesetas ¡Los ponía, por supuesto. Pero no es justo. No es equitativo. No es social. No anima a emprender. No sugestiona al universitario en ciernes de convertirse en fuerza productiva.

No hace demasiado, una encuesta revelaba una tendencia esclerótica de la sociedad española. Niños de catorce a dieciséis años respondían a esa iterativa pregunta que nos han hecho a todos en algún momento de nuestra niñez.-¿Qué quieres ser de mayor?- De la respuesta desaparecieron los bomberos, los astronautas, los futbolistas o los alpinistas. El primer puesto lo ganó, quién si no, el funcionario.

Echemos cuentas.


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