Opinión / La vida misma

Okupas y ocupas

Por César Martinicorena 18 mayo, 2016 - 23:35

La K reivindicativa separa al caradura de la persona que ha sido golpeada por la vida con la contundencia de un martillo pilón.

Aunque quieran que los confundamos, no lo hacemos. Sabemos diferenciar perfectamente al ciudadano necesitado del militante impenitente. Está ocurriendo en Pamplona como en el resto de España. Comparar a ambos roza la ignominia más desvergonzada. Agitar la coctelera para que nos resulten similares ambos huele a ingeniería política y social. Unos observan el abismo de una vida en el filo de una acechante navaja mientras otros utilizan ese sufrimiento por un puñado de votos, por un minuto de gloria o por vivir donde les salga del níspero por la jeta.            

Solo si la sociedad y el legislador establece una clara diferenciación entre sendos sujetos se alcanzará la inmediata solución a un problema que, para tantos, no admite retraso alguno. La vida y esperanza de miles se hallan en cuarentena así que resulta inaceptable juzgar a quien ha sido víctima del destino del mismo modo que a quien utiliza el sistema para ciscarse en el mismo.

A nadie escapa la utilidad política de estos colectivos. Mientras unos lloran por la posibilidad de ser parte de la sociedad en la que antes “vivieron”-  y hacerlo con la dignidad que la constitución dice proveer- otros exigen unos derechos inexistentes a tomar como propio lo que esa sociedad, la cual  rechazan, les procura.

¿Cómo equiparar al que perdió trabajo y posesiones por una culpa inexistente con aquellos que eligieron saltarse las normas que la mayoría cumplimos? Me parece fenomenal que alguien abjure del derecho a la propiedad privada, del estado, del capital, de la familia tradicional y de los hijos de una madre y un padre porque prefiere criarlos a lo tribal sin compresas ni tampones contaminantes.  ¿Lo que no me parece justo? Que lo lleve a cabo valiéndose de los bienes públicos y privados pagados o sostenidos con la pasta de los impuestos de los demás.

¿En contra de la propiedad? Perfecto, no poseas. Pero la cama y la zampa que no pagas no la disfrutas.-Entonces me muero- Pues ale, descansas en paz. A ver si cierta inclinación política o vital te va a otorgar el derecho de usufructo sobre lo que los demás pagan. ¡Un carajo! Puede sonar duro pero no lo es. Los modos de vida- ¡todos son alternativos!- no se construyen sustrayendo lo ajeno. El derecho a la vivienda no implica, ni de lejos, que el estado- o sea, nosotros- le debe un techo a cualquiera. Hay normas que cumplir. Esas normas que muchos otros han cumplido y de todos modos han sido despojados de todo bien. A esos debemos bonhomía y protección. Son ellos quienes merecen una solución justa, una segunda oportunidad. De lo contrario, no merece la pena salvar al estado. Mejor el estado de naturaleza del que tanto filosofaron desde Hobbes hasta Rousseau.

En el aniversario del 15 M conviene recordar la inmensa diferencia que existía entre unos manifestantes indignados e implicados y una panda de zarrapastrosos que quisieron adueñarse de aquel movimiento civil sin una pizca de ética o jabón. Tan ofensivo es tildar la totalidad de aquel maremagnum humano de perroflautismo como meter en el mismo saco a ocupas y okupas.

No vean en estas lineas un canto al orden. Se trata del mínimo común denominador que todo individuo debe cumplir para vivir en sociedad. Si no te parece bien, acepta las consecuencias. Desde el nacimiento, nuestra existencia es una continua pérdida de libertad o soberanía individual en favor de una deseable existencia social. Que alguien opte por no perder ni un ápice de esa condición de libertad absoluta tiene sus efectos. No puede pretender que el conjunto le dore la píldora y le conceda gratis et amore los bienes y derechos de los que disfruta el ciudadano que contribuye. Ese es el compromiso. Los mínimos, o los respetas o te largas. No a un a casa abandonada, no. No es tuya. Te vas.

En unos momentos tan terribles para millones de conciudadanos ya va siendo hora de ayudar a quien hizo todo por contribuir y de mandar al guano al caradura. Ya está bien.


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