Opinión / La vida misma

El momento de los tristes

Por César Martinicorena 05 enero, 2017 - 12:12

La cabalgata, claro. Ya llega su día. Ese en el que, antes que dejar disfrutar a otros, los pacatos optan por jostidiar a quien se ponga por delante con tal de menospreciar una fecha que trascendió lo religioso para convertirse en algo festivo y cultural.

Cabalgata de los Reyes Magos en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Cabalgata de los Reyes Magos en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

En esas estamos. La purria no da puntada sin hilo y el desfile, antes regio, se encuentra a pocas fechas de llamarse Paris-Dakar. Porque para ellos esta celebración puede parecer cualquier cosa excepto a esa historia de tres dignos señores buscando a un niño para entregarle mirra, oro e incienso. Sus motivos tendrán, oigan. Cuando un niño pregunte a sus papás a dónde coño van la tarde del cinco de Enero a menos tres grados hay que poder mentirle, si bien no con la habitual y arcaica historia cristiana. La cabalgata laica no admite retraso. A mi entender ya vamos algo tarde. No sé a qué puñetas esperamos para cambiar al rey Baltasar por el negro de WhatsApp.

 Aunque se desnaturalice la celebración de toda forma y fondo posibles no deja de causarme cierto regustillo ver a toda esa marabunta que no soporta -¡qué digo, aborrece!- el día que sus hijos están celebrando. Debe resultar complicado poner cara de paje feliz cuando en el fondo hierves como un pobre langostino.

 A la mayoría de no creyentes les importa un pepino que la cabalgata represente esta o aquella idea, leyenda, fe o solsticio. Disfrutan del día si les apetece y santas pascuas. Los tristes, no. Los tristes se ven en la obligación de educar al mundo aunque sea a su costa, como siempre. Eso y darles otra opción se vuelve obligación. No se trata tanto de contar su verdad como de negar la de tantos otros. Así, Papá Noel y el carbonero borrachín siempre estarán bien vistos mientras los de oriente deberán caer denostados en el olvido.

 Si ya contamos con peña que pide bautizos y comuniones laicas no veo motivo aparente para seguir con la turrada de los reyes en pos del niño Jesús. Todo quisque tiene derecho a disfrutar de una cabalgata sin cabalgata, por favor. Al niño que lo embadurnen y si tiene que recoger los caramelos que antaño les lanzaban los pajes y hogaño los payasos, leones, dinosaurios que les propongan los alcaldes del cambio- y ya puestos chaperos y putas- pues fetén.

 Al fin y al cabo, no debemos desesperar. El milagro de unos niños que esperan tan ojopláticos como miedosos a su rey preferido es algo que se mama en casa. Los padres dejan los restos de unas viandas- ¡siempre debe haber leche!- que se habrán echado al coleto sus majestades mientras depositaban en el salón regalos no carboníferos. Y punto.

Lo que ocurre en la calle no deja de pasar al cerebro del niño como algo demasiado democrático.- Ésto de los reyes está muy bien pero a ver si pasan por mi casa antes que por la de toda esta gente extraña-. Yo, por mi parte, he pedido un balón Mikasa Kick Off y otro episodio de Tintín pero he sido malo así que con seguridad me caerá un coñazo de romanos o un tocho de egipcios zumbados, que dan mucho juego.

El triste tiende a obsequiar a sus tristes amigos con tristes ediciones en latín del Ulyses y la versión extendida de La Naranja Macánica, el montaje del director. Así les va. Carne de frenopático. Eso sí, su éxito en la cabalgata laica ha sido de tal magnitud que ha cogido fuerza suficiente como para comenzar ya mismo la demanda de misas gays, fútbol sin porterías para que nadie pierda y donuts sin agujero, que si no acaban con el níspero lleno de azúcar glass.

Por mi parte no me queda más que desearles un montón de regalos; los suficientes como para que el triste de bar disponga de la munición necesaria como para ciscarse en el consumismo aterrador de estas fechas. Ahí se sobra el triste. Es su momento y lo saborea con delectación. Se ha preparado todo el año para soltarle la diatriba a todo cristo que le preste una oreja. Tengan piedad y presten atención al pobre unos minutos.

Tanto regalo merece una pequeña penitencia. Solo tienen que poner cara de interés, aunque no le hagan caso, y asentir o decir “claro, claro” cada veinte segundos. También funciona el “mmmmmm” interrogativo que denota curiosidad. Éste último recurso sólo lo debe utilizar el escuchante experto en tristes porque su incorrecto uso provoca en el pelmazo fe en sí mismo y confianza argumental. Si necesitan doble ración de cazalla para soportar el sopor, estos días no es pecado.


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