Opinión / La vida misma

La justicia y 'La Manada'

Por César Martinicorena 10 diciembre, 2017 - 10:50

A falta de sentencia firma debo confesar  que el juicio no me ha sorprendido en exceso. Algo más desprevenido me han encontrado ciertas actitudes y manifestaciones que han acompañado el desarrollo de este proceso tan convulso

Juicio contra los presuntos autores de una violación grupal en Sanfermines 2016 celebrado en el Palacio de Justicia de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
Juicio contra los presuntos autores de una violación grupal en Sanfermines 2016 celebrado en el Palacio de Justicia de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

Soy el primero que acudió a sus tripas para expresar todo lo que me produjo aquella maldita noche de San Fermín. Como tantos de ustedes espero y deseo que se haga justicia pero no creo justo ni correcto que la justicia, los jueces y abogados, sean tachados de machistas y coadyuvadores del delincuente por tratar de que nuestro particular "prusés" sea conducido correctamente.

Admito que yo no hubiera podido ser parte de un jurado de haber existido. Para el que escribe, esta caterva de miserables es tan culpable como el mismo Satán. Si se demuestra la violación será el código penal el encargado de mandarlos veinte años o similar cifra  a la trena pero, si no se pudiera demostrar y salieran indemnes de semejante trance, seguirían en mi cabeza y corazón siendo culpables de una absoluta falta de valores, de ética y moral. Culpables por cosificar a la mujer, por desprestigiar el buen sexo, a mis fiestas y a todo lo que se mueve por hacer proselitismo  de una especie de "qué machotes somos" más propia de idiotas adolescentes que de gentes cercanas a una treintena supuestamente madura.

Las manifestaciones que han circundado la Audiencia desde el primer día no me han causado gran ilusión y sí cierto desasosiego. Me ha parecido atisbar cierto deseo de pasar por encima de los tiempos de todo proceso judicial por tratarse del tema del que se trata. La presión a la que se ha sometido a toda persona involucrada en este drama tan mediático no es de recibo y podría haberse vuelto contra la propia víctima ante los ojos de tantas gentes que no se ven reflejadas en los mensajes ideológicos que se han proferido desde los aledaños de los juzgados.

Por lo visto y oído en las redes, a desconocidos y a amigos,  me ha parecido entender como los acusados casi no deberían tener derecho a una defensa legítima. El cierre del abogado defensor ha sido especialmente criticado. No me extraña dada la gravedad del delito y cómo ha expuesto su alegato. Pero ¿Qué esperábamos?¿Un discurso laxo y timorato sobre los hechos producidos aquella trágica noche que suscitara la duda sobre la inocencia de estos cinco jinetes del apocalipsis moral? Así no funcionan las cosas.

Me reconozco primer culpable a la hora de prejuzgar a los acusados. A la cabeza me viene aquella maravillosa escena en la película de Robert de Niro, Una historia del Bronx. Unos moteros pasados de vueltas están destrozando un bar que, para su desgracia, no es otro que el centro recreativo y social de la mafia del barrio. Chazz Palminteri, el capo, es insultado y procede a cerrar el garito...por dentro. Pelín tarde se dan cuenta los tiramillas de que acaban de mear fuera del tiesto. Los mafiosos comienzan a aparecen y a darles la tunda del siglo con bates de beisbol, puños americanos y diversos juguetes apropiados para tal efecto. Dientes volando y huesos de moteros hechos fosfatina concluyen la didáctica escena. Pues bien; eso me pedían las entrañas para estos tipos. Pero quizá no sea lo más apropiado; una pena. Sé que así no se imparte justicia, o no legalmente. Todos tenemos derecho a ciertos desahogos oníricos cuando nos damos de bruces con este tipo de maníacos.

Por todo ello se me antojan esenciales las formas en este tipo de procesos judiciales. Son un tremendo juego de suma cero- violación o no- de muy difícil demostración. Esa es la gran defensa y baza de los acusados. Nosotros no tenemos la obligación de cumplir unas estrictas reglas para alcanzar el deseado fallo. Los jueces y abogados, sí.

Los abogados se deben a sus clientes y al cumplimiento de la ley y no parece lógico acusarlos de defender a esos cinco, por más asco que nos den, de la forma que estimen oportuna. Imaginemos por un momento que un error de procedimiento debido a la presión exterior actúa como atenuante en la más que posible culpabilidad de la manada

¿Qué diríamos entonces? Sé que es harto complicado mantener la calma ante hechos de esta trascendencia y de especial repugnancia pero quizá nos convendría a todos, a mí el primero, mostrar un mínimo de empatía para con aquellos que tratan de demostrar que cinco monstruos presuntamente violaron a una chica de dieciocho años en una aciaga noche de San Fermín.


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