Opinión / La vida misma

La procedencia del maricón

Por César Martinicorena 11 Octubre, 2018 - 13:51

 Importa. Resulta esencial advertir la procedencia del improperio para advertir de dónde sí o no van a llegar las críticas, las soflamas, los aplausos o los aleluyas.

Fernando Grande-Marlaska promete su cargo como nuevo ministro del Interior del Gobierno de Pedro Sánchez ante Felipe VI,en el Palacio de la Zarzuela. EFE/J.J. Guillén
Fernando Grande-Marlaska promete su cargo como nuevo ministro del Interior del Gobierno de Pedro Sánchez ante Felipe VI,en el Palacio de la Zarzuela. EFE/J.J. Guillén

Somos comentaristas de bar durante un partido de fútbol tensito. Ingratos, calculadores, hijos putativos de una afición estúpida que desprecia la razón, el entendimiento y, sobre todo, la sinceridad. Nos indigna lo ajeno y pasamos sobre ascuas sobre lo que creemos propio por deleznable que sea. ¿Todos? Pues no, como en Astérix.

En tres ocasiones en los últimos días semana se nos han regalado diferentes variantes del vocablo “maricón”. Una ministra, un columnista de renombre y un payaso navarro se han desayunado con el ya mentado calificativo “maricón”, el potente y despectivo “mariconazo” y la archi-culta “mariconadas”.

Siguiendo un pelín las redes, las tertulias y lo que cazas de refilón por las calles, observas cómo esa indignación voluble, altanera y tremendista es más falsa que una moneda de tres. Sólo desde la convicción y determinación de cumplir con unos principios básicos mínimamente arraigados seremos capaces de no diferenciar las barbaridades, el delito o la estupidez independientemente de quién cómo, cuándo y dónde se cometan.

Para demostrar lo dicho no hace falta más que tirar de hemeroteca y comprobar como los tertulianos de cuota mantienen actitudes, opiniones y sentencias completamente opuestas dependiendo de la procedencia de cualquier tipo de causa, idea o infracción. Y cansa. Cansa y desanima echar un vistazo a las mesnadas de opinadores y escribientes adocenados sabiendo de antemano las excusas que otorgarán a uno y los atenuantes que concederán al otro.

Trasladándonos a las redes, no es complicado advertir de dónde se cojea. Cómo y quién cuelga según qué, según cuándo y según cómo. El paroxismo de este proceder se encuentra en el beatífico anonimato de un tuit, ese espacio donde cualquiera puede sentirse Demóstenes o Bernard Shaw por un día, minuto o segundo cuando no pasa de tonto a pares. La gloria efímera.

No se quién acuñó ese término tan de moda que es  la  “post-verdad”, pero me temo que se quedó un poquito corto para describir cómo creamos, modificamos y propagamos o escondemos un hechos equis, un delito y o un insulto zeta. Al parecer ya no nos importa demasiado, como sociedad, los quehaceres de un individuo para darle o negarle nuestra confianza. Las siglas pesan más. La ideología pesa muchísimo más y, sobre todo, el enemigo pesa lo que mil yunques sobre la opinión de los indignados-a-medias.

Déjenme recordarles una anécdota bastante desagradable que se produjo en nuestro país; en un campo de fútbol. Luis Aragonés arengaba a Reyes.  Le decía (sic): Al negro dígale que juegue por su cuenta. Dígale al negro :¡Soy mejor que usted! ¡Me cago en su puta madre negro de mierda! ¡ Soy mejor de usted!..

Si, ya sé que Luis es un cachondo. Sé que no es racista. Sé la relevancia que ha tenido en el fútbol español, pero aquella debió pasar a la historia como la última aparición de Aragonés representando a una nación. Y la razón es obvia: te han cazado. Nada más y nada menos. Por el contrario, toda la prensa española, todos los medios- quizá alguna excepción hubo, no lo recuerdo- saltaron cual impalas para quitar hierro al asunto. “Es uno de los nuestros, es fútbol, es la tensión, es jerga más testosterona y es la competición….”

Lo que es es una mierda. Una descomunal vergüenza sobre un enorme marasmo de guano que da la medida sobre dónde ponemos los acentos y sobre quién lo hacemos dependiendo de la procedencia del agravio. Ya sea del político, del deportista, de una ministra, de un articulista o, sobre todo, de un maricón.


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