Opinión / La vida misma

Gregorio Ordóñez

Por César Martinicorena 23 enero, 2016 - 23:20

Goyo. Veintiún años sin él. Muchos me dicen que estos años han pasado como un suspiro. Quizá acierten. A éste menda, sin Gregorio, la política se le hace eternidad.

Tanto tiempo sin el mejor ejemplo que ha tenido España de moral, ética y valor se me antoja injusto. Huérfano.

Sonó como un cañonazo. Como una traca valenciana a la que no se le adivina el último petardo. En un marasmo de silencio y miedo apareció una voz más parecida al sonido  que pone música  a nuestros  deseos que a la de un político profesional. Se trataba de un joven vasco que hablaba bajo las siglas de un partido  cuasi-clandestino condenado a estarse quieto y no molestar.

Este hombre no tenía papel alguno en el guión pero reescribió la historia del País Vasco y de España. Nadie había sido capaz de arrebatar la calle a los escorpiones de una manera tan sublime. Con frases cortas, contundentes, gráficas y unos pocos adjetivos que te taladraban el cerebro, a la vez que desnudaban a los asesinos y a sus seglares, hizo lo que los héroes; dar ejemplo.

Causaba recelos en su partido y molestaba en el resto. Los que mataban, lo odiaban. Por eso es un recuerdo incómodo para tantos. Demasiado acostumbrados estamos a revolucionarios de salón  y a ideólogos sin ideas como para establecer comparaciones entre un gran hombre y la purria de hoy en día.

Quien siguió su ejemplo hoy yace en el cementerio de los políticos incómodos. Hombres y mujeres tildados de todo mal desterrados al camposanto del quintocoño . Es lógico, ya que el mediocre no aguanta la compañía de la decencia, simplemente necesita alguien a quien culpar de sus miserias.

Daba igual que no comulgaras con su ideario porque su papel no era doctrinario. Cuando alguien lucha por la justicia y la paz hace falta un buen par de bemoles para ponerse enfrente. Nadie lo hizo y por eso debía morir. Quizá el de Goyo haya sido el mayor acierto de la ETA. Quisieron destrozar el ejemplo y detener la metástasis de justicia que imprimía el hombre en cada intervención, rueda de prensa, cita parlamentaria o debate. Con muchos de nosotros no lo consiguieron. Sí con demasiados.

Más que nunca hoy te echo de menos. Acudo a ningún lugar buscando una voz que no tiene sonido. Aquella voz vibrante que huía de  las ideologías para denunciar lo relevante. Lo que no tiene que ver con izquierda y derecha sino con el bien y el mal. Y es que solo veo sombras platónicas de caverna en el erial político en que se ha convertido España.

Pero hay esperanza, Goyo. La política avanza por un sendero que no coincide con el de cada persona y es ahí donde tu ejemplo es indeleble. Cualquiera puede pensar que eres recordado  por haber sido asesinado. ¡Y cómo se equivocará!

Tanto te debemos como te añoramos. Recuerdo a otro grande; José Luis López de Lacalle. Oigo ahora mismo su voz en un mitin que le querían reventar los del averno. Aquel hombre de izquierdas que les decía: "Gritad, gritadme más, así no estaréis matando. Bienvenidos y seguid gritando".

Hombres magníficos. Mujeres como María San Gil que vio cómo se enfriaba tu cuerpo mientras  otros seguían con el tute y el chacolí. ¿Quién te llora, amigo? Millones lo hacemos. Cada vez que alguien se intenta vestir de mesías, de redentor o de iluminado, te añoramos. Cada vez que alguien relativiza el zarpazo de la aldea, te recordamos.

En ocasiones pienso que mi admiración por tu persona viene de que yo era muy joven cuando tu ya te jugabas la vida en la parte vieja de San Sebastián. Un chico impresionable. Bien; espero que esa sensación jamás cambie. Espero que la madurez ni se atreva a modificar ni uno solo de mis recuerdos.

Hasta luego; Goyo. Te fuiste como los que pelean de verdad. El campo de batalla se abandona con cicatrices, no con doctorados. Tú sí que fuiste un revolucionario.


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