Opinión / La vida misma

¿Estamos obligados a cumplir la ley?

Por César Martinicorena 25 septiembre, 2017 - 8:02

Pues va a ser que no. Sin bromas. Sé que sonará raro pero si me conceden un segundo, un párrafo, intentaré convencerles de cómo en una democracia un individuo jamás de los jamases puede verse obligado a cumplir la ley.

Varios miembros de Bildu, entre ellos los parlamentarios Adolfo Araiz y Bartxo Ruiz, participan en una concentración en Pamplona en rechazo de la operación policial desarrollada en Cataluña contra los promotores del referéndum ilegal. EFE/Jesús Diges
Varios miembros de Bildu, entre ellos los parlamentarios Adolfo Araiz y Bartxo Ruiz, participan en una concentración en Pamplona en rechazo de la operación policial desarrollada en Cataluña contra los promotores del referéndum ilegal. EFE/Jesús Diges

En la década de los ochenta una mujer irlandesa, ignoro la edad, se quedó embarazada. La ley en aquel momento no permitía el aborto en aquellas tierras. La mujer, sin embargó, lo intentó. Vía pública y privada intentó acabar con el embarazo sin conseguirlo. No encontró ninguna puerta abierta. Su decisión fue firme; me voy de vacaciones a Londres donde, curiosamente, sí podía abortar. La reacción de las autoridades irlandesas fue contundente. No le dejaron salir del país hasta que diera a luz. La obligaron a quedarse y, por tanto, a parir.

 Conclusión. Esta mujer cumplió la ley. Fue obligada a cumplir la ley. Y es exactamente ahí donde se comete la tropelía y donde los derechos de esa persona fueron pisoteados de manera contumaz. Cualquiera podría pensar que, dado que el resultado es que la ley se cumplió, no existe vejación cuando la verdad es que a ese ser humano se le privó de no pocos derechos fundamentales.

 Esa no obligación de cumplir la ley es la que nos proporciona el derecho de protesta, de huelga, de queja y de berriche. A no estar quietos, a bordear los límites para buscar cambios y presionar al poder ¿Nos encontramos por tanto en un libertinaje absoluto? Para nada, colega. Fíjese que ni siquiera está usted obligado a cumplir la sentencia que cualquier juez le imponga por saltarse la ley. ¿Tampoco? Pues no, tampoco. ¿Entonces? Entonces llega el único y gran obligado, el encargado de que la ley se cumpla. Aquel destinado a procurar que nuestros derechos sean reconocidos, respetados y... ¡cumplidos!... por todos y cada uno de los componentes de una comunidad. El Estado.

 Cuando usted se vea obligado a cumplir una ley no dude ni por un segundo que vive en una democracia de dudosa calidad o, directamente, en un estado autoritario. Pero, y aquí reside el meollo, esta falta de obligación tiene sus consecuencias. Si hemos decidido otorgar el papel de garante de las normas al estado no parece creíble la indignación cuando éste ejercita el poder que le obligamos, esta vez sí, a ejercer.

 ¿Saben por qué nos pone de tan mala leche todas y cada una de las corrupciones  que soportamos día a día? No es por el hecho de que nos roben, no. La ira nace por la falta de respuesta de quien debe darla. Gurtel, Eres, Púnica, Palau, Valencia, Asturias...todo se nos haría mucho más soportable si el obligado a enjaular a esa cuadrilla de capullos lograra finiquitar cada caso con una bonita estancia en Alcatraz bien larga y sin salida posible hasta devolver lo mangado. Esa es la tragedia, no el delito. Así se destroza un país.

 Y llegamos, como no, a Cataluña. Al referendum y al derecho. Al voto y la ley. Leo y releo como oigo o escucho un sinfín de opiniones al respecto y, no pocas veces, no salgo de mi asombro. No entender que todo derecho implica una obligación conduce a la sinrazón del niño pelmazo que quiere chuches y no verdura. ¿ En qué momento debe toda institución del estado, de las autonomías,  abjurar de sus obligaciones y mirar hacia otro lado para dar pábulo a un hecho estrictamente ilegal? No puede; nunca.

 Y entonces llega la indignación. El sentimiento de agravio se exacerba por una supuesta injerencia del gran Leviatán sobre los pobres oprimidos. Pues bien, me permitan decir que la indignación de quien ha pasado como sobre ascuas por toda una serie de leyes protofascistas con la sonrisa de una hiena me importa tanto como el balconing. Ni mucho menos todos, pero montones de los que hoy hablan de imposición, estado franquista, gobierno autoritario y nacionalismo español no son otros que aquellos que sonrieron complacidos cuando la gente era sancionada con severidad por utilizar el castellano para dar nombre a su negocio. Muchos de quienes hoy lloran por la democracia desecha y por los derechos enajenados no  son otros que aquellos que han negado la tercera hora de castellano en los colegios a cualquier alumno. Muchos de quienes hablan de dictadura no son otros que aquellos que vieron con buenos ojos el pacto de Perpignan. Muchos de los que alardean de pacíficos y demócratas no son otros que aquellos que reciben al mierda de Otegi sobre las ruinas de Hipercor. Muchos de los que espolean la bandera de la libertad no son otros que aquellos que lloran por Marx con chaquetas de Zara y sueldo en Los Jerónimos de ocho,mil lereles mensuales. Muchos de aquellos que claman por el derecho a votar en referendum no son otros que aquellos que niegan el pan y la sal a todo aquel que no respire su hediondo nacionalismo enfermizo, etnicista y psicópata, tal y como todos los nacionalismos. Muchos de aquellos que anhelan el respeto por las decisiones tomadas en su parlamento no son otros que aquellos que vapulean y pasan por encima de la oposición sin otro atisbo de legalidad parlamentaria que la que puede proporcionar un telediario de TV3.

 Muchos amigos tengo que desean votar de corazón sin ser o sentirse parte de esa nauseabunda compañía. Con ellos hablo y puedo hablar. Con ellos acuerdo o discrepo. Con ellos llegaría a cualquier pacto. Como la gran mayoría, son, somos gente de bien que nos vemos abocados a este proceso aparentemente irresoluble.

Pero que nadie me busque las cosquillas o me pida la palabra con esa manada de fascistas y estalinistas- perdón por la redundancia- que dicen defender la democracia usando a niños desde las escuelas, festejando la muerte en vida de millones de ciudadanos anónimos u honrando a asesinos sobre las ruinas y la sangre de sus vecinos. Ahí no. Ahí exijo la obligación del estado. Ahí demando el uso de las normas tuitivas, aquellas que nos defienden, dan cobijo al individuo y hacen cumplir la ley en un estado que se diga democrático. El resto es basura.

PD: Dedicado a todos mis amigos y conocidos que desean votar y que se encuentran a años luz de esa mugre que desea, no arreglar, sino destrozar todo sistema que no sea el suyo, su tierra y la de los demás. La ideología les obliga.

 Viva España y Visca Cataluyna Lliure… de gamadas, hoces y martillos.


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