Opinión / La vida misma

La entrevista de Jordi Évole

Por César Martinicorena 22 abril, 2016 - 6:00

Al pacificador Otegi. Cualquier periodista no podría haber conseguido una exclusiva como la que vimos. Honras al profesional que lo consiguió. Al César lo que es del César

No entiendo la jauría anti-entrevista que se ha levantado contra la cita del periodista y el “político”. Cada uno es muy libre de abrir las puertas de su casa, via televisión, a quien quiera. Si a usted le repatea que se de pábulo a un personaje como Arnaldo, cambie de canal. Si empatiza con el burro, dele heno en forma de espectador. Como todos contamos con una opinión previa sobre el entrevistado y su causa, divaguemos un celemín sobre el entrevistador.

En mi caso, debo referirme a lo que espero de un profesional del ramo tan tenaz. Alguien que hurga en lo recóndito de la actualidad para extraer lo más jugoso. Las eléctricas, Pablo en Caracas o Rajoy en el Palacio de la Moncloa valen como ejemplo. Salvados ha conseguido éxitos que otros desean. Quizás por eso lo critiquen tanto, quien sabe.

¿Hay algo que me disguste del programa? ¡Qué va! El periodista preguntó lo correcto y el protagonista contestó lo necesario. No puedo sentirme decepcionado ni ilusionado con lo que vi. No espero nada del etarra ni se lo exijo a Évole. No soy quién. Me falta criterio, saber y conocimiento sobre los mass-media. Me quedo con la foto enviada a los medios del equipo del programa y el “hombre de paz” agarrados por los hombros. Como debe ser. Del roce nace la amistad o hablando se entiende la gente. Elijan.

Como consumidor de televisión, y aquí me mostraré la mar de egoísta, le rogaría a J.E. que, ya puestos, produjera el espacio más estremecedor que se habría visto jamás en televisión. Trataría, sin más, de grabar lo que piensa un gudari de la Eta. Sin ambages. Sin artificios. Sin montajes. Lo que opina sobre la realidad y desea un hombre de la causa. Lo que sabe. Lo que cree saber. Lo que tiene interiorizado como ser humano. Su visión sobre el País Vasco, España, las Vascongadas, Euskalerría, Franco, fascismo, comunismo, vida y muerte. Elijan.

¡Qué hora y media pasaríamos! El testimonio de unas personas que decidieron matar por su causa.  Qué corroe o fortalece su alma cuando un niño patea una bolsa de plástico, como a un balón, y su cuerpo se despedaza porque es una bomba. Como en una película de Tarantino. Cómo se brinda cuando veinte personas mueren en un supermercado catalán aunque te disguste un poco porque solo buscabas daños materiales. ¡Cachis !

Qué ocasión estamos desperdiciando para empatizar con esas personas, ¿verdad? No soy tonto y se que el tema no es actual. No es primicia. No es cómodo. No es vendible a día de hoy. No toca. Y lo entiendo. Hablar de un episodio de la historia que nos debe la resolución de trescientos asesinatos de entre novecientos no haría más que impedir el progreso de esta democracia. Mejor que dejemos a un lado la retrógrada petición de justicia sobre el crimen etarra y enfoquemos nuestros esfuerzos hacia la memoria histórica. Tenemos la obligación de levantar las cunetas. Las de un margen de la carretera; no todas. Tenemos la obligación de restituir y dar amparo a nuestros mayores muertos para, dentro de ochenta años, ponernos manos a la obra con los asesinados actuales. Que nadie pueda argüir que no fuimos justos. Que nadie pueda argumentar que actuamos como hombres  parciales. Que nadie pueda echarnos en cara cierta falta de sensibilidad con los corazones de antaño. Da igual que los de hogaño vivan martirizados. Molestan.

Pero hoy no toca. No puedo levantarme, ufano, y dar consejo a un enorme talento como Jordi Évole y pedirle que entreviste a un terrorista convencido y no mentiroso. A uno que no elude su verdad. A uno que no falsea su alma. A uno de esos, cientos, que no merecen su cuarto de hora de actualidad en la Sexta. Lo fetén es el telegénico arrepentimiento y no la detestable autoafirmación del horror cometido.

- Si, maté. Lo disfruté. Lo volvería a hacer. Por la causa. Estoy legitimado.

¿Quién podría quejarse? Yo, desde luego, no. Pasaron los años de hierro. Los de cien ejecutados por año. ¿Quién podría molestarse? Como es pasado, no entiendo como alguien del empaque, talento y capacidad de Évole renuncia a mostrar a España la perfecta radiografía de los últimos cuarenta años de nuestras vidas.

Me veo parcial. Me veo cicatero y parcial. ¿ Cómo es que me interesan más las declaraciones de un asesino confeso que las diatribas de un pacificador como Arnaldo Otegui? Ni idea. Lo único que creo es que un periodista como el de Salvados haría un formidable trabajo. No se trataría de un asesino arrepentido como Iñaki Recarte -impresionante arrepentimiento el de aquel que no conoce el nombre de sus víctimas-. No se trataría de un “preso político” como Otegi. ¡Sería uno de los malos de verdad!

Ahora caigo. ¡Madremía! ¡Mare de deu! Me ha costado un artículo entero darme cuenta. Los malos de verdad no tienen cabida en Yuppiland. Eso debe ser. En Salvados solo tienen cabida los llamados a construir la paz.

Gracias, Jordi.


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