Opinión / La vida misma

El permiso a Txapote

Por César Martinicorena 06 junio, 2017 - 12:15

Justicia o venganza. El juez Castro decide, en contra de otras instancias del poder judicial, conceder a la bestia de Txapote- el etarra que hizo de la matanza un acto de sublime gozo- su salida de la cárcel para visitar a un padre con problemas de movilidad.

Francisco Javier García Gaztelu, Txapote
Francisco Javier García Gaztelu, Txapote

Entiendo a la perfección que la ley no debe atender a la inmediatez de nuestro corazón o a lo primero que nos reclama el alma. Son momentos en los que las entrañas piden venganza, más allá de justicia ¿Cómo podríamos abstenernos en un primer instante de arrojar por la roca Tarpeia a este tipo de seres infrahumanos tras cualquiera de sus obras maestras?

Pero no nos encontramos ante un caso de este tipo. Los derechos de los que todo preso es destinatario no se disfrutan  por el mero hecho de existir codificados en los textos legales. Se ganan. Este benefactor juez nos ha colocado ante aquel dilema que nace de la relación entre “lo justo y lo legal”, términos éstos que todos desearíamos sinónimos pero cuya relación de igualdad en el significado no es más que una imposibilidad metafísica. Rara vez coinciden. Una de las muestras de civilización más evidentes no es otra que la contención a la hora de convertir los sentimientos en norma. Así debe ser.

Por tanto la pregunta es ¿Se ha ganado este miserable el derecho a salir de la cárcel? La legalidad dice que existe la posibilidad y que la ignominia que se ha decidido nace sujeta a derecho. Pero ¿Y lo justo? Lo justo dice que debería morirse en su celda revolviéndose entre sus heces. No hablamos de un asesino cualquiera ni de un hombre cualquiera. Para esta serpiente la Eta no ha sido más que el medio para dar rienda suelta a su naturaleza. Hablamos del mal llevado al paroxismo. Hablamos de alguien que, de ser nazi en un campo, hubiera elegido arrancar a los judíos vivos  las piezas dentales de oro con tenazas. Hablamos de alguien hubiera disfrutado hasta el orgasmo dándole al garrote. Si médico, Mengele; si Guantánamo, torurador.

¿En qué se ha basado usted, señor juez? ¿Qué jurisprudencia ha consultado? ¿Qué interpretación de la ley ad hoc ha pergeñado para conceder el permiso a esta cosa? No faltarán a la cita los estúpidos que tachen de venganza u odio el deseo de millones de españoles que el asesino de M. A. Blanco y muchos otros no vuelva a ver la luz del día fuera de una celda. Pues no. Ni una ni otro. Lo único que se desea con fervor es un mínimo destello de justicia. Un frenesí devastador que te haga creer que, en alguna ocasión, lo legal y lo justo caminan cogidos de la mano. No existe venganza posible cuando tus anhelos discurren por los predios de lo justo.

No se pide ningún talión. No se exige ningún castigo ejemplar. Solamente vive en nosotros un acendrado deseo de paz y tranquilidad, esas cosillas que se esfumarán como el polen al ver a gente como Txapote y López Riaño sin unas férreas rejas entre ellos y el resto de la humanidad.

Querido juez Castro. Enhorabuena. Ya puede usted irse de potes con el juez Pascual Sala y todos los hombres de paz que pueda encontrar. Todo me indicaba que el protagonista de estas líneas iba a ser  un malparido asesino, pero no. Craso error. Es usted, campeón. Aquel que debe velar por lo justo y que se ha convertido, vía sentencia, en el adalid de esa inexpugnable muralla que separa lo legal de lo justo y de lo bueno. Todo un legado, señoría. Disfrútelo.


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