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Opinión / El zurriago de Oteyzerena

Ante la Cruz

Por Carlos Jordán 29 marzo, 2016 - 10:01

Suena el despertador, son la ocho de la mañana del Viernes Santo, sales a correr, desayunas, lees el periódico a ver qué ha escrito Arizmendi en opinión y Mendiburu en Desolvidar.

Te vistes la camisa, zapatos y pantalón que tenías pensado desde hace un mes, que aunque no se vea, ir elegante te motiva.

Como hoy tienes bula te permites un vermut con los amigos y corriendo a la catedral que se te ha hecho algo tarde porque no has parado de presumir del día que te espera.

Comienza el Viacrucis por la Catedral, toga carmesí y capuchón plateado bien planchadas, guantes a juego agarrando del varal y el cíngulo de un lado a otro al ritmo del paso, que empieza siempre con la izquierda, ya empiezas a liberar nervios y calentar para la tarde.

Con el hombro algo dolorido, ya has abierto el apetito y te vas con la hermandad a comer, que hay que exprimir bien el día y además hay bula para meterte entre pecho y espalda un suculento chuletón. La sobremesa, con las demás hermandades en el Nuevo Casino, divina casualidad, jugando al mus, buen humor y alegría, a las seis desfilamos todos hacia la Catedral a prepararnos, donde ya nos espera el obispo a agradecernos el sacrificio y a desearnos suerte.

Dan las siete y vamos con retraso, que si el Cristo no pasa por la puerta porque la lámpara está baja, que si hace calor porque entre los del Cristo Alzado y los de la Dolorosa sumamos cientos de miles... y entonces se abren las puertas.

Cierras los ojos y disfrutas del momento que le estás regalando a tu ciudad, miras al Cristo por detrás porque te ha tocado el último varal y piensas "esto no tiene precio". Te acompaña el silencio, nadie tiene palabras, alguna conversación en voz baja "Qué mérito tienen, para eso hay que valer" "Mira el Cristo, que preciosidad".

El que más y el que menos, a mitad del recorrido ya está deslomado, algún paso decide descansar un poco cuando ve que no tiene fuerzas ni para alzar el descendimiento y rezas la oración de la hermandad, más por ti que por Él, pero al final se llega y se te va el dolor y el cansancio, lo has conseguido, termina tu penitencia, miras al Cristo y piensas "A ti aún te queda".

Con esto de que aún tienes bula, la hermandad de la pasión te ha preparado una cervecita bien fría para refrescarte de las tres horas de procesión, y vaya que si se agradece, los de la Dolorosa levantan 30 o 40 kilos de peso, nosotros, más chulos, entre 60 y 70 según el varal.

En la charla post procesión todos henchidos de orgullo "¡Lo hemos conseguido!" "¿Qué tal la primera vez?" "¿Sabes que a los portadores del Cristo Alzado se nos perdonan los pecados de todo el año?", total que te planteas hasta pecar más a menudo para tener la escusa el año que viene de apuntarte de nuevo, aunque escusas no te van a faltar porque antes de irte ya has quedado con ellos porque has hecho amistad y llamando a la cuadrilla para irte de fiesta, a fardar y dejar claro que somos los mejores, que para ser del Cristo Alzado hay que valer.

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