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Opinión / Como periodista lleva ejerciendo desde los 18 años en que comenzó en el diario Pueblo. Ha trabajado después entre otros medios como Mundo Obrero, Tiempo, El Globo y la Cadena Ser.

La Ruta no debe morir

Por Antonio Pérez Henares 24 mayo, 2016 - 9:54

El viernes pasado, a título póstumo, el Consejo de Ministros, concedió a Miguel de la Quadra Salcedo la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio.

Fue todo un detalle, aunque fuera tardío. Pero es de agradecer en lo que supone sobre todo porque si algo ha sido la España oficial con el gran reportero, aventurero y divulgador ha sido ingrata, envidiosa e hipócrita. Para que vamos a andarnos con rodeos.

A Miguel, que era un "antiguo", dicho en el mejor de los sentidos y a la navarra, y que cuando debiera haber nacido era como poco en el siglo XIX para poder haberse ido con Richard Burton y haber descubierto las fuentes del Nilo, le gustaban mucho esos reconocimientos de cruces y medallas y se los tenía más que ganados y merecidos. Pero si hay algo por estas tierras que arraiga y no se agosta jamás es la envidia y siempre tropezaba con alguna partida de mediocres emboscados, muy bien situados en despachos y jurados, que le segaba la hierba bajo los pies mientras le hacía zalemas en público.

Cuando se le propuso y llegó a la final del Premio Príncipe de Asturias sucedió algo muy parecido a esto que dejo escrito. Ya ni me acuerdo a quien o a qué se lo dieron aquel año con tal de no darselo a él. Su obra mejor y fructífera, la Ruta Quetzal, esos más de 7.000 jóvenes que han vivivido esa experiencia transformadora y solidaria, como ellos mismos resaltan, y el haber unido a más de 60 nacionalidades por una lengua, la nuestra, les debió parecer cosa baladí, de escaso relumbón académico y mundial y uno poco indigno eso de andar por selvas y pernoctar en tiendas de campaña en vez de ratonear por bibliotecas a ver si se logra plagiar algo y que no se den cuenta.

Bueno, al fin y al cabo, a Miguel le pasó lo que a la mayoría de los personajes que nos descubría en las expediciones por Hispanoamérica, como Blas de Lezo, Garay, Urdaneta, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Hernando de Soto, Sarmiento de Gamboa o Fray Junípero o cien nombres mas de esos que nos negamos a conocer para poder seguir con nuestra obsesión patria favorita: despreciar nuestra historia y avergonzarnos de ella. O sea, a enorgullecernos de nuestra propia y pertinaz ignorancia. A los que miento en muchas ocasiones no solo no se les reconoció nada sino que hasta se les castigó por ello. Quien nos los descubrió a tantos no podía sino correr suerte pareja.

No voy a llorar sobre la leche derramada sino a hacer con estas líneas un súplica para el futuro. De la Quadra ha muerto y temo ahora por su Ruta, que puede perecer con su creador y motor esencial de su continuidad. Ahora la expedición cuenta, desde hace ya bastantes años, con el patrocinio del BBVA, pero carente del impulso de Miguel hay más de uno que nos maliciamos que este año en curso bien pudiera ser el último en que se celebre. Y ello sí que sería clavar el clavo definitivo y la palada de tierra final ya no sobre la tumba, sino sobre los sueños y los empeños de Miguel de la Quadra Salcedo.

La Ruta, su Quetzal, con el nombre que se quiera, pero en su espíritu no puede ni debe morir. Sería no solo injusto sino una aberración que ello sucediera. Una vergüenza para las instituciones públicas y también para las privadas que se envuelven en la Marca España. La Ruta debe proseguir su periplo, porque es una idea magnífica y la avalan unos hechos y unos resultados impresionantes tanto por lo que aporta a quienes en ella se han ganado con esfuerzo el privilegio de participar como por los lazos que ha anudado entre tantas y tantas gentes y tantos y tantos países. Porque la Ruta ha sido amen de otras muchas cosas la mejor diplomacia practicada, los mejores puentes echados y no tantos discursitos al uso sobre Madres Patrias. Así que por decencia y por justicia no la dejen morir. No le hagan esa póstuma faena a Miguel, no se la hagan a los ruteros y no se la hagan a España.


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