Opinión / In foro domestico

Intimidad en la basura

Por Ángel Luis Fortún Moral 06 febrero, 2017 - 7:43

Las fronteras siempre son difíciles de trazar y más aún de mantener, aun cuando los poderes pongan todo su empeño. Porque las fronteras no dejan de ser límites estancos y fijos cuando la realidad, la vida, es dinámica y poliédrica.

A la intimidad pertenecían, hasta hace doce años, la violencia en las relaciones de pareja. “Arréglelo con su marido, son cosas del matrimonio” era la contestación que recibían muchas mujeres con la cara amoratada por los golpes. Todavía hoy se escuchan algunas voces que consideran crímenes de pasión, de intimidad de la pareja, algunos asesinatos de mujeres y, en menor medida, hombres.

También quedaban para la intimidad los tocamientos y abusos del pervertido a sus hijas, sobrinas o nietas que, por vergüenza o simple aceptación, se ocultaban; las palizas desproporcionadas de padres energúmenos a sus hijos, o un maltrato psicológico destructivo y aniquilador, enmascarado en un supuesto modelo autoritario de educación.

A la intimidad del grupo, del vestuario, del colegio o del cuartel pertenecían las novatadas, el acoso, las perversiones o el bulling. En la intimidad se justificó durante años la pornografía infantil, como si la demanda del “voyeur” fuese inocente o irrelevante.

Con la intimidad se ha pretendido defender una libertad individual supuestamente mermada por algunas normas de tráfico, como la obligación del cinturón de seguridad o la influencia de la ingesta de alcohol (sabre yo si estoy o no en condiciones para coger mi coche). Y la intimidad también se esgrimió en la ley antitabaco, porque cada quien es libre para hacer con su cuerpo lo que le venga en gana.

Si la basura pertenece a la intimidad, habrá que esmerarse en presérvala, porque en el momento en que la basura llega a una cinta de reciclaje se afecta a las condiciones laborales de un buen número de trabajadoras y trabajadores que deben aguantar las intimidades de quienes dejan sus colillas en el vasito del yogur, que luego echa al reciclaje, o los bastoncillos llenos de cerumen retorcidos dentro del cartón del rollo de papel higiénico.

Tirar de la cadena o echar a la basura ha servido, hasta ahora, de gesto mental para deshacerse de lo que sobra, estorba o se desprecia. Como si más allá del inodoro o del contendor no hubiese mundo. En Utopia el reciclaje de basuras y la depuración de aguas serían trabajos repartidos por turnos entre todos los ciudadanos, para tomar conciencia de las consecuencias de tirar intimidades a la basura.

Antes de trazar la frontera de la intimidad tal vez convenga levantar la mirada y cambiar de perspectiva. El respeto al medio ambiente no puede depender del puro temor a las catástrofes, de si el mundo está realmente en peligro y de si vamos o no vamos al cataclismo.

Se plantean dos modelos. Cuidar la basura por temor. Temor a la catástrofe, temor a la sanción o temor a que se descubran intimidades. O cuidarla desde la pura responsabilidad y el respeto. Respeto comprometido y responsable desde lo más íntimo. Basura que recoja una intimidad sensible y esmerada en perjudicar lo menos posible todo aquello que nos rodea.


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