Opinión / In foro domestico

El sexo como juego infantil

Por Ángel Luis Fortún Moral 26 octubre, 2018 - 10:28

Como un péndulo, en esta sociedad pasamos de una educación sexual escasa y represiva a sacralizar el placer sexual y banalizar las relaciones sexuales.

Imagen de un bloc de notas con apuntes sobre educación sexual para ser tratados en los colegios. ARCHIVO
Imagen de un bloc de notas con apuntes sobre educación sexual para ser tratados en los colegios. ARCHIVO

Como un péndulo, en esta sociedad pasamos de una educación sexual escasa y represiva a sacralizar el placer sexual y banalizar las relaciones sexuales. Imposible cuestionar esta hipersexualización sin límites.

No hay razón que valga. Es pura postmodernidad. Choca esta defensa fundamentalista del placer sexual infinito al mismo tiempo que la sociedad impone límites, más o menos razonables, a todas las demás esferas de la vida: dieta equilibrada, ejercicio moderado, consumo responsable, hábitos saludables… Sexo non stop.

El caleidoscopio de voces pretendidamente expertas, de planes, programas y métodos, recuerda el bandeo que, durante décadas, ha sufrido la Dietética. No hace tanto que, demonizando todas las legumbres, frutos secos y hasta el aceite de oliva, las dietas se limitaban a las carnes blancas y las verduritas cocidas y sin sal. Experimentos con gaseosa, más aún cuando se pretende experimentar con criaturas de 0 a 6 años.

No vaya a ser que dentro de unas décadas tengamos que reconocer que las criaturas necesitan límites y referencias claras que les eviten tener nula resistencia a la frustración y les conviertan en déspotas. Normas y límites en la educación. Ojo con establecerlas en la educación sexual.

Confieso mi incapacidad para imaginar cómo logrará el Plan Skolae enseñar “juegos eróticos” a criaturas de pocos meses, cuando sus cerebros están concentrados en desarrollar funciones vitales algo más básicas, o a menores de tres años cuyo reto más importante es dejar el pañal.

¡Tampoco quiero que me lo expliquen!

Confieso mi absoluta negación para comprender que un centro educativo sea el espacio para desarrollar “juegos eróticos” con menores de siete años. Tal vez es que me invade un exagerado temor a que esa puerta termine siendo un coladero conductas de bulling y acoso escolar o, peor, como escondrijo para la satisfacción de pederastas. ¡Seré mal pensado!

Chirría mucho que planteen “el cuerpo como fuente de placer” y “juegos eróticos infantiles” en criaturas a las que, por ejemplo, en la alimentación y el ocio se les trata de enseñar a controlar el puro placer.

Controla chucherías, limita bollería industrial, restringe pantallas… ¿también establecerán limites al placer sexual y a los juegos eróticos?

Tiene que haber algo detrás de este patizano. Porque, además de convertir el Plan Skolae en punto de fricción partidista, pretendidamente ideológico y lamentablemente electoralista, no
cabe la menor duda de que harán correcciones, vestidas como simples explicaciones y matices, a redacciones completamente desafortunadas. De verdad ¿erotismo con menos de
siete años?

La delgada línea entre el erotismo y la pornografía exige una extremada vigilancia del Plan Skolae para garantizar toda la protección establecida por el artículo 34.c) de la Convención de Derechos de Niño.

Como también a la afección que el Plan Skolae pueda llegar a tener en la esfera de derechos reconocidos por los artículos 14 y 16 de la misma Convención. Seguro que UNICEF ya se ha interesado ya por todos los detalles del Plan, para asegurarse de que no pase de supuestos malos entendidos algunas de sus pretensiones.

Como discreta corrección al Plan se plantearán argumentos y explicaciones sobre la hipotética conveniencia de que con menos de siete años aborden “análisis de las situaciones de sexismo infantil”.

Tratarán de convencernos de que, en semejante proceso, no hay riesgo de cargar a las criaturas, víctimas o potenciales víctimas de sexismo, con cierta sensación de responsabilidad o culpabilidad porque, puedan considerar su comportamiento como causa de las conductas depravadas.

Un plan divino no puede tener efectos tan perversos como la revictimización. Seguro que todo está previsto en el Plan, en la letra pequeña o tal vez en la invisible. Nos lo irán esclareciendo poco a poco, a las mentes torpes y limitadas. Aunque muchas de esas explicaciones evidencien auténticas correcciones y rectificaciones.

El objetivo de generar polémica y enfrentar políticamente ya lo han cumplido. Darán el título de progres a quienes defiendan el plan. Tacharán de retrógrados a quienes lo critiquen.

Ahora bien, lo del “interés superior del menor” y “la protección y el cuidado necesarios para su bienestar, teniendo en cuenta los derechos y deberes de sus progenitores”, eso ya son objetivos muy difusos y secundarios. Pero se presumen. Algo así dirán.

Lo que sí resulta inimaginable es que se promueva en la sociedad (abandonando las trincheras políticas) una serena reflexión y autocrítica sobre la libertad sexual que nos parece disfrutar
hoy. Sin explicaciones reduccionistas. Porque en comportamientos como los de la manada no sólo hay machismo, que lo hay.

La proliferación de violaciones en grupo perpetradas por jóvenes cachorros nacidos en la más completa libertad sexual, el libre acceso a la pornografía y toda la información y la orientación sexual del mercado, no se puede explicar sólo como machismo.

Mucho más machistas y reprimidas eran las sociedades de décadas anteriores. Simples y primarios con el fútbol y las relaciones sexuales, “cuantas más mejor”. Imposible, hoy, una revisión autocrítica de hasta qué punto hemos podido convertir la educación sexual y las prácticas sexuales en inocentes juegos de niños.

Hasta qué punto hemos llegado a cosificar el sexo, eliminando incluso la más mínima empatía. Hasta dónde encumbramos el puro autoplacer como objetivo supremo, un proceso similar al de las opiniones. Toda opinión vale si es mía.

Toda práctica sexual vale si me satisface. No importa la otra parte. Sólo importa atender a mis fantasías y a mis juegos eróticos. Sin límites. Cuantas más mejor. Igual que niños: me lo pido, lo exijo, lo impongo.


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