Opinión / In foro domestico

El péndulo nacionalista

Por Ángel Luis Fortún Moral 09 diciembre, 2019 - 8:44

Contextualizar es poner encima de la mesa hechos, sin elevarlos a la categoría de absolutos de manera aislada y muy interesada.

Rueda de prensa y concentración en protesta por las multas recibidas por diferentes personas por 'sacar la ikurriña' durante el chupinazo de San Fermín. PABLO LASAOSA
Rueda de prensa y concentración en protesta por las multas recibidas por diferentes personas por 'sacar la ikurriña' durante el chupinazo de San Fermín. PABLO LASAOSA

A la historia de España, como ocurre con la historia de Navarra, se le somete todavía hoy al lastre de una pátina franquista (el mensajero que mata al mensaje) injustamente atribuida. Cierto romanticismo antifranquista idealizó esa otra historia, la que se supone que no contaba el Régimen, cuya autoría infundadamente atribuyen a la clandestinidad.

Todavía hoy, las historias y leyendas de todos los nacionalismos centrífugos (se han ido subiendo a esa ola todas las Comunidades Autónomas) se aprovechan de esa autoridad mítica de la clandestinidad y la persecución, aunque casi ninguno llegara a enfrentarse al Régimen sino que, más bien, sólo se aprovechó del vacío que la descentralización de la Educación y la Cultura provocó en los primeros años de la democracia.

Pido disculpas, en este momento, porque aunque la distancia debe ayudar a corregir los excesos, también es cierto que al corregirlos puede parecer que se falta de sensibilidad hacia las muchas personas que sufrieron, en carne propia, la persecución y la durísima represión del Franquismo.

La reparación (justicia y verdad) de esas barbaridades, que aún tenemos pendiente como país, ni puede ni debe confundirse con la contextualización y desmitificación de la historia; menos aún, cuando se trata de hechos muy anteriores al Franquismo. Los hechos históricos están ahí y no pueden demonizarse, aunque coincidan con la versión impuesta por aquella dictadura. Al igual que no puede ni debe idealizarse cualquier versión que den las corrientes (nacionalistas y progresistas) que pretenden pasar de antifranquistas.

Dicho de otro modo, que el Franquismo ensalzara el Imperio español de los siglos XVI y XVII, no convierte ese periodo histórico en franquista. Ni valorarlo en su contexto puede tacharse como falta de sensibilidad hacia las víctimas, mucho menos a las víctimas del Franquismo. Ni Carlos I, ni Felipe II eran franquistas. Dimensionar sus reinados (en la que tuvieron una muy activa participación los vizcaínos) no puede ni debe calificarse de antivasquismo. Salvo que se quiera reducir el vasquismo a un fundamentalismo que incluso justifique la actividad de ETA.

De igual modo, contextualizar la invasión napoleónica desde el enfrentamiento más civil y político interno (revolución vs. absolutismo) que una simplona rebelión popular nacional española tampoco puede ni debe interpretarse como antiespañolismo. Salvo que se reduzca el españolismo a expresiones de fundamentalismo que incluso justifiquen las barbaries del Franquismo.

Porque si los nacionalismos (vasco y catalán, especialmente) se están aprovechando de los vientos favorables que hasta ahora les han soplado, para construir sus particulares olimpos mitológicos, también es cierto que el ultranacionalismo español se ha aprovechado (y se aprovechará) de coyunturas políticas determinadas para hacer valer sus propios imaginarios.

Y éste es el péndulo nacionalista que sufrimos desde hace más de un siglo. Sin término medio, se hace pasar a la sociedad de extremo a extremo, tensionándola hasta el extremo, negando la posibilidad de apreciar esa abrumadora mayoría de elementos comunes y hasta dependientes, que conforman un claro acervo. De la Gran Patria que pretende asfixiar hasta la necedad toda patria chica, a la absoluta Patria Chica que pretende aniquilar, hasta la obsesión, cualquier elemento en que se intuya algo de patria común.

Contextualizar es poner encima de la mesa hechos, sin elevarlos a la categoría de absolutos de manera aislada y muy interesada. Un ejemplo. En 1946 se celebró en Zaragoza el Congreso Nacional de Derecho Civil (expresamente autorizado por Orden dictada por el Ministerio de Justicia y publicada en el BOE de 7 de agosto de 1944). En ese Congreso y en aquel momento se consideró necesario el estudio y la compilación de los distintos derechos forales y civiles “territoriales”. Pues bien, muchos de los elementos histórico-jurídicos que engordaron las fantasías del vasquismo y del catalanismo, nacieron allí.

Aquel Estado español franquista, centralista y feroz antinacionalista admitió la existencia y dispuso el desarrollo de regímenes forales y civiles propios que “no se reducen a instituciones aisladas sino que representan un tipo específico, de la familia y de la propiedad”. Así se aprobó la Ley 32/1959 de las Cortes (franquistas) españolas, sobre Compilación de Derecho Civil Foral de Vizcaya y Álava, o la Ley 40/1960 de las Cortes (franquistas) españolas sobre Compilación del Derecho Civil Especial de Cataluña.

Ahora, el statu quo nacionalista tacha la foralidad navarra de retrógrada (atribuyendo injustamente una pátina franquista de origen), mientras que la foralidad vizcaína y alavesa o el derecho civil catalán son ensalzados como la cumbre más elevada de todas las libertades. Aunque ambos regímenes jurídicos compartan el mismo origen compilador que hunde sus raíces en la primera década de Franquismo.

Que las compilaciones se realizaron por el Franquismo es un hecho. Que a unas se le cuelgue el cartel de franquistas y otras el de libre expresión de un pueblo libre es manipular el hecho, en definitiva, es manipular la historia. Porque, precisamente, en los trabajos de aquellas comisiones compiladoras se encontraron multitud de documentos que sirven para conocer mejor la historia. También para manipularla. Así se atribuye al PNV una publicación de 1952, en la que se utilizaban elementos historiográficos publicados por Príncipe de Viana para adaptarlos en “Pequeño diálogo entre dos nabarros sobre los Fueros y la Patria”.

Subidos aún en la ola del multinacionalismo centrífugo, parece asomar en el horizonte una ola de españolismo ultra, puede que como reacción al hartazgo de los excesos y abusos cometidos por aquellos.

Tan infundado, históricamente, es hablar de pacífico Estado vasco o unánime República catalana, como lo es considerar que España fue un Estado monolítico y uniformemente asimilado. Ninguno de los dos existieron. Desde luego, ninguno en la idealizada forma con que se los veneran. Pero ambos, unos y otros, se enzarzan con un punto de radicalidad que coloca a la mayoría de la sociedad ante la dramática tesitura del conmigo o contra mí. En el péndulo de las antítesis jamás se logra la síntesis. Ni España, ni patria chica alguna se construirá sobre la base de negar y aniquilar a los supuestos contrarios. ¿Cómo va a tener fundamento sólido cualquier nación que se cimente sobre la aniquilación de su mitad?


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