Opinión / In foro domestico

Denúncialo y ¿por arte de magia?

Por Ángel Luis Fortún Moral 07 octubre, 2016 - 8:06

El lenguaje, las rutinas, los procesos... Incluso ante los problemas más complejos somos capaces de proponer soluciones simples, que hasta podemos creer fruto de la genialidad.

Frente a la violencia machista, denúncialo. Como si por arte de magia, la denuncia despliega una eficacia erga omnes. Da igual que una víctima de violencia machista, la mayoría de las veces, ni siquiera se encuentra en un momento psicológico adecuado para enfrentarse al trance de denunciarlo.

Que se denuncien todas las agresiones sexuales, parece que lo impone la misma sociedad que luego alienta esa inmunda exhibición sobre todos los detalles de una víctima que se verá asfixiada por la presión de todos los medios de comunicación.

Ante el acoso escolar (¿y el extraescolar?) cuéntalo. ¿Dónde? ¿En las mismas redes sociales en que se le atosiga? ¿en el mismo entorno del que llega ese acoso? ¿contárselo a quienes le han sermoneado con lo perversas que son las redes sociales? ¿De verdad nos creemos que el callejón sin salida en que se encuentra una víctima de acoso escolar desaparece por una especie de efecto santificador de nuestro “cuéntalo”?

Es fácil. Como si el problema fuera sólo de la víctima. Como si el problema fuera solamente ese caso, un caso aislado. Un tema que termina siendo puro entretenimiento de nuestro día a día, del que no admitiremos que afecte lo más mínimo nuestras rutinas cotidianas. ¿Qué tengo que cambiar en algo? Es la víctima la que tiene que.

Tan simplificado todo que, durante la primera caña expresamos nuestra más absoluta repulsa por una salvaje agresión sexual y en la siguiente ya volvemos a los mismos chistes y comentarios graciosillos de siempre, bromeando sobre los roles y convicciones sociales que tenemos tan asumidos.

Qué tengan tan normalizada su conducta como para compartirla en redes sociales, incluso con orgullo. Y qué incluso los vídeos lleguen a ser objeto de admiración y alabanza hacia los agresores. Y el silencio del resto. ¿Nada de esto nos hace pensar en que, tal vez, todos participamos de esa normalidad? Todos y cada uno de nosotros sí tenemos algo que ver con esa normalidad.

Tan simples somos que nos resulta imposible admitir que alguna vez hemos callado y no le hemos prestado ninguna atención al sufrimiento de una víctima. Como todos ríen. O como nadie dijo nada. Y frente a lo que nosotros somos incapaces de reaccionar, ¿exigimos a la víctima que reaccione? Como si tuviera poco con padecerlo, le echamos encima la responsabilidad de denunciarlo, de contarlo. Y de asumir las consecuencias de denunciarlo o de no denunciarlo. Todo para la víctima.

Nos escandaliza el vídeo de la actriz porno que nos llama hipócritas por llamarla una puta. Luego pasamos a comentar la nueva película de la saga de Grey. La chica que “enseña” las tetas en Sanfermines va provocando, pero me niego a eludir esa supuesta provocación. Nos asusta que cualquiera de nuestras hijas o hijos puedan ser víctimas de acoso en sus entornos, pero no nos privamos de criticar y chismorrear sin piedad sobre cualquiera que nos rodea. Incluso usando las redes sociales. Delante de nuestras hijas e hijos.

Tal vez deba ser así. Tal vez no podamos hacer nada, aunque opinemos de todo, sobre problemas complejos de educación, normas jurídicas inadecuadas, medios efectivos para combatirlo, etc. Tal vez la sociedad tiene sus ritmos y las cosas cambian cuando tienen que cambiar. O tal vez, como reivindica Amarna Miller: algunos no nos rendimos.


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