Opinión / Escritor y periodista español, que ha desarrollado su carrera en prensa, radio, televisión e internet.

Juego de vetos

Por Andrés Aberasturi 12 marzo, 2016 - 18:40

La verdad es que los políticos españoles y los partidos en los que militan, salidos todos de las urnas, están ofreciendo al ciudadano

la peor imagen posible de lo que Pablo Iglesias denominaba despectivamente "casta" antes de pertenecer a ella. No sé cuántos días llevamos sin Gobierno -con gobierno en funciones- y lo mejor de todo es que, según las encuestas, a la inmensa mayoría de los españoles les trae sin cuidado esta situación.

Y una de dos: o somos unos irresponsables -que yo creo que no- o tenemos una muy escasa fe incluso en los que hayamos votado; tan escasa que nos importa un bledo ya quién y cuándo se instale en La Moncloa. Da pena que sean incapaces de llegar a un acuerdo y no sólo por lo que eso representa políticamente como por la pasta que nos va a costar a todos unas nuevas elecciones que parecen ya inevitables.

Cuando entonces, acercarse a una urna con una papeleta en la mano elegida libremente y que lo mismo podía ser del PC que del PP, nos resultaba a más de una generación casi un acto casi místico, un milagro pero sobre todo, una esperanzada ilusión de un tiempo nuevo que la mayoría no habíamos conocido nunca, un tiempo que se apellidaba libertad.

Ahora la mayoría lo que desconocen -y naturalmente es bueno que así sea- es vivir sin democracia porque han crecido en un sistema de libertades que es lo que tiene que ser, lo que nunca debió quebrarse.

Por eso nos llama la atención a los mayores esta absoluta falta de diálogo, este juego de vetos mutuos que han surgidos tras las ultimas elecciones con la aparición de lo que hemos dado en llamar partidos emergentes: la izquierda se pelea con la izquierda, la derecha con el centro derecha y en los propios partidos no se ponen de acuerdo y empiezan a levantase voces que discrepan de sus líderes.

¿Hasta cuándo puede aguantar un país así? Y nos salva que, buenos o malos, hay unos presupuestos aprobados que se van cumpliendo porque, de otra forma, la paralización de la maquinaria sería ya inminente.

Pero es que estamos empezando a rozar el ridículo convocando mesas de negociación que se tienen que suspender a última hora por falta de asistencia de todos los convocados. Se cruzan por los pasillos del Congreso pero en lugar de hablar se mandan cartas invitando a reuniones imposibles porque si tú vas con ese yo no voy y, si yo voy, que sepas que no tengo nada que decirte y que además eres tú el que debes de venir que para eso mando yo aunque digas que tú has ganado las elecciones. Ah, y que resulta ahora que Sánchez -no sé si el PSOE- no descarta a Iglesias de vicepresidente; pero y entonces ¿qué hacemos con Ribera?

Sería de risa, de patio de colegio de primaria, si no nos estuviéramos jugando tanto. Desde fuera no se ve salida alguna a la situación y, para colmo, en caso de nuevas elecciones las encuestas dicen que las cosas no variarían demasiado de forma que nos encerraríamos otra vez en ese bucle absurdo en el que ahora estamos.

Alguien, al margen de los egos, tiene que tener el valor y la generosa obligación de tomar una decisión que desbloqueé la situación actual y probablemente la futura. No sé si ese alguien se llama Rajoy o Sánchez, PSOE o PP, pero la Historia no va a ser benévola con quienes se enrocan obstinadamente por su propio bien sin pensar en España.


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