Opinión / Desde Baluarte

La “Titán” brilla en Baluarte

Por Ana Ramírez García-Mina 29 abril, 2018 - 13:51

Crítica del concierto del pianista Piotr Paleczny junto a la Orquesta Sinfónica de Navarra y la Orquesta del Conservatorio Superior de Música de Navarra.

Concierto del pianista Piotr Paleczny en Baluarte. ORQUESTA DE NAVARRA
Concierto del pianista Piotr Paleczny en Baluarte. ORQUESTA DE NAVARRA

Viernes, 27 de abril, a las 20:00h en el Auditorio Baluarte. Concierto enmarcado en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra, en colaboración con la Orquesta del Conservatorio Superior de Música de Navarra.

Solista: Piotr Paleczny (pianista)

Director: Antoni Wit

Entrada: tres cuartas partes del aforo

Programa: Concierto para piano y orquesta en La menor, opus 17, de Ignacy Jan Paderewski (1860-1941)

Sinfonía nº 1 en Re mayor, “Titán”, de Gustav Mahler (1860-1911)

Ignacy Jan Paderewski murió durante una de sus giras de conciertos en Estados Unidos. El compositor y pianista utilizó su fama internacional para recaudar fondos por una causa que no abandonó hasta su muerte: la independencia de Polonia.

Treinta años antes, Paderewski se convirtió en primer ministro de su país. Era un momento determinante en la historia de Polonia y del Viejo Continente: la Conferencia de Paz tras la Primera Guerra Mundial. Los acuerdos alcanzados en París esbozaron la siguiente gran guerra y, más tarde, cuarenta años de frío en Europa.

Allí, en la gesta de un nuevo orden mundial, se encontraba el pianista. Georges Clemenceau, entonces primer ministro francés, le preguntó en el hall de un hotel si era pariente del famoso músico. Cuando Paderewski respondió que él era el músico, Clemenceau se sorprendió: “¿Y ahora está usted en política? Qué decadencia”.

En Baluarte, el Concierto para piano y orquesta del patriota polaco quedó en las manos de dos de los músicos más destacados de esa misma tierra: Antoni Wit, al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra, y el solista Piotr Paleczny. La música de Paderewski contiene la sombra del lenguaje romántico de Liszt, el intimismo de Chopin o la armonía opaca y moderna de Ravel. La dificultad de la parte solista se hace evidente desde el comienzo del concierto.

El tempo de Wit fue el adecuado para percibir los juegos rítmicos del primer movimiento. Quizá la música no alcanzó toda su brillantez por una falta de aplomo en la parte solista. Paleczny mostró una sensibilidad acertada en la sonoridad de la cadenza, pero su técnica no fue del todo limpia. Los pasajes virtuosos se escucharon mejor en el último movimiento, pese a la diferencia de tempo con la orquesta.

Pero la introducción del segundo movimiento, primero arcaica y después delicadísima en la parte del piano, sonó profunda en las manos de Paleczny. Muy rubateada y repleta de matices, fue uno de los momentos donde el solista demostró una musicalidad tan humana como dar una nota en falso. Como propina, el Nocturno nº 20, de Frédéric Chopin. Y la humanidad volvió a aflorar.

La segunda parte contó con la colaboración de varios alumnos de la Orquesta del Conservatorio Superior de Música de Navarra. Una orquesta reforzada, sobre todo en la sección de vientos y percusión, elevó la interpretación de la Sinfonía nº1 “Titán” de Gustav Mahler. La obra tiene vocación de totalidad: es difícil lograr que un trabajo sinfónico de Mahler brille, redondo y sin fisuras. La batuta de Antoni Wit y las dos orquestas lo consiguieron con creces.

La orquesta comienza con una sola nota, en varias octavas, sobre la que los vientos trazan el tema del cucú. Las trompetas, entre bastidores, susurran una fanfarria. La tensión se acumula hasta la llegada de una melodía alegre, del folclore vienés, que desemboca en el segundo movimiento.

Las dos orquestas insuflaron vida al Landler y al vals. Unos pequeños rubatos controlados, un tempo ligero y el dominio de Wit sobre las melodías que afloraban de las secciones (los glissandi de violines, el juego de las melodías en el viento madera) fueron más que suficientes para llevar al escenario el carácter rústico y a veces sofisticado del movimiento.

El solo de contrabajo, sobre un bajo ostinato de timbal, introdujo con seguridad y acierto el tercer movimiento. Un Frère Jacques en modo menor, que se construye poco a poco. La canción infantil se vuelve grotesca y lúgubre para contrastar con la aparición de una banda en los clarinetes. Las orquestas y Wit enlazaron los temas con un gran acierto para dar paso al Mahler más lírico y habitual.

El fraseo y la potencia de las cuerdas se combina con un pequeño recuerdo al comienzo de la sinfonía, redonda y total. Después, una explosión y la masa orquestal se llevó hasta el extremo. Incluso los silencios, tratados con respeto por Wit, parecieron llenos de la tragedia. Al terminar, arcos arriba y más de seis minutos de ovación en el Auditorio Baluarte.


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