Opinión / Desde Baluarte

Tchaikovsky se dirige con la punta de los dedos

Por Ana Ramírez García-Mina 01 Febrero, 2018 - 9:30

Crítica del concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra celebrado en Baluarte el 26 de enero.

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en Baluarte. PABLO LASAOSA 01
Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en Baluarte. PABLO LASAOSA 01

Ficha:

Viernes 26 de enero a las 20:00h en el Auditorio Baluarte. Séptimo concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra

Director: Junichi Hirokami

Solista: Boris Belkin (violín)

Asistencia: tres cuartas partes del aforo, aproximadamente

Programa:

Tres pinturas velazqueñas (Premio AEOS Fundación BBVA 2015), de Jesús Torres (1965)

Fantasía escocesa para violín y orquesta, op. 46, de Max Bruch (1838-1920)

Sinfonía núm. 4, op. 36, de Piotr Illich Tchaikovsky (1824-1896)

Para Miguel de Unamuno, el Cristo crucificado de Velázquez no agonizaba. El cuerpo aparece en clásico contrapposto y la cabeza, reposada sobre el pecho. El pelo y la sangre que caen de la frente cubren una mirada que ya dejó de existir. Tal es la nobleza y serenidad del lienzo, que inspiró en Unamuno un poema: “¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?”. Jesús de Nazaret, blanco y sin sangre ya, “vela desde su cruz como la luna en la noche negra”. Pero no sufre, sino sueña.

Sobre la misma tela de Velázquez trató la primera obra que interpretó la Orquesta Sinfónica de Navarra en el Auditorio Baluarte. El compositor zaragozano Jesús Torres escribió sus Tres pinturas velazqueñas basándose en las obras del barroco sevillano. La central, dedicada al Cristo en la cruz, fue sobrecogedora. Comenzaron las cuerdas graves creando una atmósfera oscura y fúnebre.

En la masa de agua negra, emergía de vez en cuando el oboe o un pasaje lírico y agudo en los violines. Después, volvió el mismo colchón de cuerdas graves, un tono por encima. Era una tristeza propia de los sueños, solemne y obsesiva. Fueron el arpa y los pizzicatos de cuerda los encargados de concluir la meditación del hombre en la cruz.

Tras la música velazqueña de Torres, ocupó el escenario Boris Belkin que, junto a la Sinfónica de Navarra y la batuta de Junichi Hirokami, interpretó la Fantasía escocesa de Max Bruch. Por su extensión, forma y estilo, podría pasar por otro concierto para violín y orquesta del compositor alemán. Pero se trata, en realidad, de un homenaje a la tierra lluviosa de Sir Walter Scott.

 La Fantasía escocesa fue estrenada en el siglo XIX por Pablo Sarasate, sin duda, el músico al que más obras dedicó Max Bruch. En el escenario del Baluarte, Hirokami demostró desde la introducción solemne su precisión, aunque no se escuchó una especial sintonía de tempo y carácter entre el solista y la orquesta. Pese a ello, los músicos de la Sinfónica de Navarra ofrecieron un buen acompañamiento, en el que destacó la intervención del arpa.

Boris Belkin tocó con el aplomo de los maestros que hacen del virtuosismo un juego para niños. Aunque cometió imprecisiones en afinación, tempo y conclusiones de algunas frases de la obra, el violinista ruso plasmó en los pasajes líricos un sonido nítido y delicado, con vibrato medido y gran sensibilidad.

El plato fuerte de la noche fue la Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky. El inicio tétrico de los metales es sin duda heredero del uso del leitmotiv del destino en la Quinta de Beethoven. El compositor ruso escribió esta obra cuando se encontraba en Suiza, recuperándose de su fracaso matrimonial con Antonina Miliukova. El enlace fue, para muchos, un intento de acallar los rumores sobre su homosexualidad en la alta sociedad de Moscú.

Así, las melodías optimistas en la cuerda son laceradas repentinamente por el motivo del destino en los vientos metales. El resultado, una sinfonía agridulce y bellísima. En este caso, Junichi Hirokami dirigió con la punta de los dedos. Saltando. El japonés jugó con gran acierto en las distintas entradas del viento madera en el segundo movimiento, e hizo de la música un gesto. La orquesta supo interpretarlo y llevarlo hasta los oídos del público. Ése es, en esencia, el secreto de los buenos directores. 

Además, destacaron los solos de fagot y oboe, en los que se presenta la melodía principal. En el tercer movimiento, “Pizzicato ostinato”, la cuerda transmitió su energía al público. La intervención tuvo la seguridad y coordinación que no fue tan evidente en la Fantasía de Bruch. Al final, el destino grandioso y sombrío reapareció y, con los arcos en alto, pusieron el broche a una gran interpretación de la Cuarta sinfonía.

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