Opinión / Desde Baluarte

Schumann, Debussy y la noche

Por Ana Ramírez García-Mina 16 marzo, 2018 - 10:42

Crítica del noveno concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés.

Noveno concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés. FOTOS: OSN
Noveno concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés. FOTOS: OSN

Viernes, 9 de marzo, a las 20.00h en el Auditorio Baluarte. Noveno concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés

Director: Ramón Tebar

Director del Orfeón: Igor Ijurra

Solistas: Marta Infante (mezzosoprano) y Marta Mathéu (soprano)

Asistencia: tres cuartas partes del aforo.

Programa:

Nachtlied, op. 108, de Robert Schumann (1810-1856)

La damoiselle élue, de Claude Debussy (1862-1918)

Sinfonía en Re menor, de César Franck (1822-1890)

SCHUMANN, DEBUSSY Y LA NOCHE 

En 1849, Robert Schumann escribió desde Düsseldorf: “El espíritu revolucionario de este año me ha hecho bien. Nunca había sido tan productivo”. El músico alemán se refería a los levantamientos de Dresde, que le obligaron a huir de la ciudad junto a su mujer para esconderse de las fuerzas revolucionarias. En Düsseldorf, aceptó un puesto de director musical. La agitación liberal afloraba en Europa, y Schumann compuso su Nachtlied (Canción nocturna) en menos de una semana. El texto, del poeta F. Hebbel, habla de lo que espera tras la muerte. Unos versos que tiemblan y, finalmente, se dejan vencer por el sueño.

La Canción nocturna de Schumann esconde algo en sus primeros compases. Agitación y terror en la oscuridad. El romántico alemán hace conversar al coro y la orquesta para revelar qué se despierta en la noche: la aceptación de la muerte, como un niño que se queda dormido. Así ocurrió sobre el escenario del Auditorio Baluarte, con la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés.

En la batuta, Ramón Tebar. El director valenciano guió magistralmente a coro y orquesta a través de un tempo más bien ligero, que extrajo a la música de Schumann todas sus texturas: la entrada de los hombres en el coro, las melodías en el viento madera o en la sección de cuerda. La pieza apareció equilibrada, aunque algo confusa en momentos puntuales de transición en el tempo. Pese a ello, la interpretación fue muy solvente en los dos conjuntos.

Para La damoiselle élue, de Claude Debussy, la Orquesta y las voces femeninas del Orfeón contaron con la presencia de las solistas Marta Infante (mezzosoprano) y Marta Mathéu (soprano). El músico francés, con 26 años, escribió en su cantata un esbozo de lo que se convertiría en una de las corrientes musicales más importantes del siglo XX: el Impresionismo. El texto narra la historia de una joven que, después de morir, llama a su amado desde el paraíso.

Con un tempo nuevamente ligero, Tebar creó de manera acertada la atmósfera de la obra desde el inicio. Las cuerdas, con sordina y ausencia de vibrato, proporcionaron el colchón sobre el que las dos solistas desarrollaron sus partes. Ambas cantantes destacaron por su expresividad. La voz de Mathéu fue dulce, con un gran control de los pianos y del vibrato. La de Infante, quizá con menos proyección, también se mostró delicada y aterciopelada en los graves.

La intervención de las voces femeninas del Orfeón resultó algo deslavazada en ciertas entradas. Sin embargo, Orquesta y Coro sonaron, en general, empastados y seguros. Las armonías innovadoras de Debussy, que comienzan sus pinceladas en la música modal, se complementan con las líneas melódicas de las solistas. En lo instrumental, el timbre oscuro de las violas se enfrentó al de los violines por la disposición de la orquesta sobre el escenario. Un acierto.

En la segunda parte, la Sinfonía en Re menor de César Franck. El compositor belga tuvo que encajar los golpes de la facción conservadora del Conservatorio de París. La crítica cargó contra su sinfonía por su influencia germánica. Con una armonía wagneriana, compleja y cromática, la obra tiene una tensión cíclica y densa, propia del Romanticismo.

Los gestos de Tebar fueron claros y amplios. Se inclinó de un lado al otro en la tarima despertando las secciones de instrumentos a su paso. La introducción de un tema oscuro, a cargo de las cuerdas graves, dio paso a un fraseo vivo y articulado en los violines.  En el segundo movimiento, destacó el solo de corno inglés por su expresividad contenida. En general, los pasajes líricos de la sinfonía fueron delicados por su mesura.

Quizá resultó algo desequilibrado, demasiado fuerte, el sonido del viento metal respecto al resto de la orquesta. Pero, en el tercer y último movimiento, la sección de cuerda desplegó su fuerza y alcanzó sobradamente el volumen necesario. Con un tempo vertiginoso, cerraron la única y espectacular sinfonía de César Franck.


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Schumann, Debussy y la noche