Opinión / Desde Baluarte

Rafael Riqueni rompió su vitrina en Baluarte

Por Ana Ramírez García-Mina 27 agosto, 2017 - 12:24

Crítica del concierto ofrecido por Rafael Riqueni el 25 de agosto en Baluarte dentro del ciclo Flamenco on Fire. 

Rafael Riqueni durante su actuación en Baluarte dentro del IV Festival de Flamenco de Pamplona, Flamenco On Fire 2017. IÑIGO ALZUGARAY
Rafael Riqueni durante su actuación en Baluarte dentro del IV Festival de Flamenco de Pamplona, Flamenco On Fire 2017. IÑIGO ALZUGARAY

Ficha:

25 de agosto, a las 21:00h en el Auditorio Baluarte. Concierto enmarcado en el festival Flamenco on Fire.

Rafael Riqueni y su agrupación musical (piano, quinteto de cuerda, saxofón, flauta travesera y percusión).

Programa: Temas de su último disco, Parque de María Luisa, y diversas obras flamencas.

“Ya no busco impresionar, sólo quiero que mi música duela”. Es lo que respondió Rafael Riqueni a los periodistas apenas diez horas antes de subir al escenario del Auditorio Baluarte. Su último trabajo, Parque de María Luisa, es el primero tras más de diez años de un silencio envenenado por la enfermedad. Y la aridez creativa pervierte todos los silencios, hasta los más inocentes. Como los lienzos limpios o las rocas ásperas sin esculpir.

En una de sus novelas más serenas y dolorosas, Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes relataba la crisis de un pintor prestigioso que, tras ser diagnosticada su mujer de cáncer, miraba sus manos “pesadas e impedidas, tiznadas de pintura”. Se cubría los ojos con ellas y evocaba días fecundos. Llegaba a la conclusión de que “la actividad creadora es imposible si alguien no te empuja por detrás”. Quien empujó por detrás a Rafael Riqueni y lo sacó del hoyo fue su amigo Enrique Morente.  El guitarrista se sanó tras un año de retiro en la sierra de Huelva y lanzó su Parque de María Luisa, con el que conmovió al público de Pamplona.

Sobre el escenario, piano de cola, quinteto de cuerda, flauta travesera, percusión y su guitarra. En la primera parte, presentaron el disco íntegro y sin apenas modificaciones. Hubo palmas, seguidillas y cadencias andaluzas. Pepe Habichuela entre el público y el célebre Zapateado del Maestro Sabicas, con el que Riqueni se consolidó, de nuevo, como uno de los mejores guitarristas flamencos de nuestro país. Pero hubo mucho más.

El quinteto de cuerda, del que destacó su chelista por lo inspirado de su sonido y vibrato, sostuvo las melodías de Riqueni. Aquél fue un acompañamiento maduro, complejo y a veces jazzístico. En todas las composiciones del guitarrista y en su forma de tratar la armonía se pudo escuchar la sombra de Claude Debussy. Los patos, pájaros y estanques del Parque de María Luisa aparecieron en luces y onomatopeyas. Lo más impresionista de su trabajo destacó en sus canciones Trinos y La Isleta de los Patos.

En la segunda parte, la formación al completo interpretó varias obras con los tradicionales palos flamencos, aunque siempre asomaba el lenguaje inconfundible de Riqueni. Entonces, la flauta travesera se cambió por un saxofón que se desgañitó junto a la guitarra del Maestro en melodías de blues y en uno de los momentos más emocionantes de la noche. También la guitarra rítmica de Álvaro Mora destacó acompañando a Riqueni en su reinvención del flamenco.

Como el brote verde que hirió la corteza de un olmo seco, Rafael Riqueni rompió anoche el cristal de la vitrina que lo albergó durante más de una década. Y su silencio no se escuchará más.


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Rafael Riqueni rompió su vitrina en Baluarte