Opinión / Desde Baluarte

La Orquesta Sinfónica de Navarra cierra su temporada

Por Ana Ramírez García-Mina 04 junio, 2018 - 17:53

Crítica del último concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra con el Orfeón Pamplonés y la despedida de Antoni Wit.

Último concierto de temporada y despedida de Antoni Wit como director titular de la Orquesta Sinfónica de Navarra. ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA
Último concierto de temporada y despedida de Antoni Wit como director titular de la Orquesta Sinfónica de Navarra. ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA

Con su último concierto de ciclo, la Orquesta Sinfónica de Navarra cerró su temporada 2017/2018 y toda una etapa de su historia reciente, con Antoni Wit como director titular y artístico. En palabras de Félix Palomero, Director Gerente de la Fundación Baluarte y de la Sinfónica, Wit encarna “una escuela histórica de profunda sabiduría orquestal”.

Durante los cinco años en los que el director polaco ha ocupado el podio, la Orquesta ha experimentado una evolución notable. En las últimas temporadas, el repertorio ha oscilado entre los grandes conciertos, el sinfonismo romántico y, recientemente, la música contemporánea o algunos autores navarros.

Construyendo es el nombre de la próxima temporada, que contará con el hispano-venezolano Manuel Hernández-Silva como director artístico y titular. El ciclo de conciertos, ya presentado, apunta a que la Sinfónica de Navarra tiene vocación de continuar con su reciente programación ecléctica, que no se reduce a las bases de la tradición orquestal.

En el Auditorio Baluarte, el broche de esta temporada comenzó con la Metamorphosen de Richard Strauss. Aunque el compositor alemán nunca habló de una línea argumental en la obra (lo que la convertiría en música programática, narrativa), la Metamorfosis guarda una coherencia gris y dolorosa. Escrita para 23 instrumentos de cuerda, cada voz tiene cierta autonomía, genera y desarrolla un conflicto.

Con este tejido disonante, trágico y hermoso, Strauss volcó sus emociones tras el bombardeo de la ciudad alemana de Dresde en la Segunda Guerra Mundial. Al conocer que el Teatro Nacional de Múnich también había sido destruido al término de la guerra, escribió en su diario: “El período más terrible de la historia humana se ha terminado […], los dos mil años de la evolución cultural de Alemania llegaron a su fin”.

La interpretación de la Orquesta Sinfónica de Navarra fue creciente en su dramatismo y en su cohesión. Quizá en el comienzo de la obra se escucharon desajustes en el tempo y el carácter de las secciones. Al principio, los ataques y la articulación de las voces no empastaron del todo. Parte de las intervenciones de las violas fueron laxas y algunas melodías del violonchelo, de afinación ambigua.

Conforme los músicos avanzaron en el pentagrama, tocaron con un aplomo creciente para llegar a la reexposición final, pesante y dramática. La orquesta respondió finalmente a los gestos de Wit, que recogieron con acierto el sentido de la Metamorfosis, aunque no se detuvieron en exceso. Lo mejor, la seguridad en el término de la obra.

En la segunda parte, un numeroso Orfeón Pamplonés ocupó las gradas para interpretar Un réquiem alemán de Johannes Brahms. En las manos de Wit, la misa de difuntos sonó como un consuelo: dulce y rubateada, sin perder la precisión rítmica en los pasajes que la necesitan. En la segunda sección, las intervenciones de flauta, arpa y el leitmotiv del timbal fueron en perfecta sincronía con la orquesta. En general, los tempos fueron acertados, algo pausados en las secciones fugadas o de contrapunto en el coro.

Tanto Orquesta como Orfeón lograron con creces transmitir la fuerza exultante, a veces íntima, de Un réquiem alemán. El tema dulce y el pianisssimo del coro en el comienzo de la obra fueron delicados y medidos. Las dificultades para la parte del Orfeón se hicieron patentes en las voces extremas (sopranos y bajos), que no se mostraron del todo templadas.

La soprano Christiane Libor ofreció una voz de potencia notable. Sin embargo, su melodía no requería tanta proyección desde el principio, sino un canto más delicado y piano. El papel de la solista, acompañado por las cuerdas con sordina, se basa en unos versos de la Biblia traducida por Lutero: “Yo os consolaré, y nada podrá privaros de vuestro gozo”. Es un analgésico tras la muerte en la liturgia cristiana. Aunque su intervención fue correcta, no destacó por la evolución ni por los matices de su canto.

El barítono Stephan Klemm mostró más sensibilidad en su fraseo. Con una voz cálida y potente, encontró algunas dificultades en el registro agudo. Brahms lleva al extremo la tesitura del barítono en su Réquiem, y este solo supone un reto complejo. Klemm lo superó con una actuación solvente, acertada en su tempo y en consonancia con las indicaciones de Wit.

El último concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra, y de Antoni Wit como director titular, cerró con Un réquiem alemán; obra extraña, que no se adapta a las convenciones de las piezas religiosas ni de las misas de difuntos. Es optimista, dulce y cálida para los que marchan. Además, una promesa de reencuentro y de fuerzas nuevas que el público de Baluarte recogió con su aplauso.

FICHA:

Viernes, 1 de junio de 2018, a las 20h en el Auditorio Baluarte. Último concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra, con el Orfeón Pamplonés.

Solistas: Christiane Libor (soprano), Stephan Klemm (barítono)

Dirección de la orquesta: Antoni Wit

Dirección del coro: Igor Ijurra y María Paz Arirzcun (subdirección)

Programa:

Metamorphosen para 23 instrumentos de cuerda, de Richard Strauss (1894-1949)

Ein deutsches Requiem (Un réquiem alemán), de Johannes Brahms (1833-1897)


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