Opinión / Desde Baluarte

De Mozart a Gorécki, con altibajos

Por Ana Ramírez García-Mina 21 octubre, 2019 - 10:16

Crítica del segundo concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra celebrado el viernes 18 de octubre en Baluarte. 

Un concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en concierto en Baluarte. MIGUEL OSÉS / ARCHIVO
Un concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en concierto en Baluarte. MIGUEL OSÉS / ARCHIVO

Mozart compuso su Sinfonía concertante para cuatro vientos en la etapa más oscura de su vida. Se acababa de jugar su puesto en la corte del príncipe-arzobispo del Salzburgo, Hieronymus von Colloredo, por culpa de los desencuentros con su patrón. El joven músico, consciente de su genialidad, se negó a acomodarse en la corte del autoritario y austero Colloredo. En 1777 el arzobispo despidió a Mozart que, con su madre, viajó a París para llamar a las puertas de Versalles.

Con dificultades económicas y sin conocer una palabra de francés, el compositor y su madre vivieron en París durante casi dos años. Pasaron hambre y frío alojados en la Rue du Sentier. El músico no encontró trabajo, pero sí algunos encargos para un noble llamado Joseph Legros. Entre ellos, la Sinfonía concertante para cuatro vientos. Mozart se vio obligado a regresar a Salzburgo en 1779, cuando su madre enfermó gravemente y murió.

La Sinfonía concertante es una obra de autoría incierta. Algunos estudiosos sostienen que no hay pruebas suficientes para asegurar que la partitura que hoy conservamos sea obra de Mozart. Nunca se supo qué ocurrió con los manuscritos que el compositor vendió a Legros. Pero su calidad, su parecido con otras piezas de la época y la imitación del estilo que entonces triunfaba en Francia hacen que las dudas se disipen.

La Orquesta Sinfónica de Navarra, a las órdenes de Michal Nesterowicz, tuvo dificultades para enfrentarse a la juventud de Mozart y acompañar a las partes solistas. El género de la sinfonía concertante floreció durante el clasicismo. Se trata de un híbrido entre el concierto para un instrumento solista y la obra para orquesta sinfónica. El equilibrio es esencial. Y la presencia orquestal, en algunos pasajes, imprescindible. En este caso, los músicos no aportaron el cuerpo ni la intención suficientes. El resultado fue un acompañamiento algo plano y anónimo, con dificultades para arropar el tempo de los solistas, que por momentos se adelantaban. El fagotista José Lozano apoyó con gusto a las cuerdas graves y su fraseo lució en las partes solistas, como el de Xavier Relats (flauta) y Juan Manuel Crespo (oboe). A la trompa, Julián Cano tuvo menos de presencia y se escuchó algo destemplado en el último movimiento.

Todo lo que pudo desmerecer la interpretación de la Sinfonía concertante desapareció en las otras dos obras que ocuparon el programa. Primero, las Tres piezas en estilo antiguo  de Henryk Gorécki. El compositor polaco aderezó tres danzas renacentistas con su lenguaje moderno. Nesterowicz hizo un gran trabajo a la batuta. Supo recoger la insistencia casi obsesiva de los motivos melódicos de Gorécki para convertirlos en un eco entre las cuerdas. En la última de las piezas, la Sinfónica de Navarra exploró el contraste entre la disonancia agresiva, potente por la cohesión entre los músicos, y la armonía estática, arcaica, de Gorécki.

La Sinfonía núm. 4 de Beethoven cerró el concierto con la misma brillantez. “Una esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicos”, así es como la escuchaba Robert Schumann. Los dos gigantes son la Quinta, inmenso monumento al destino, y la Heroica, sinfonía de la revolución y la hermandad. En medio, la Cuarta conserva la ternura y la luminosidad de un Romanticismo todavía no consumado en Beethoven.

La dirección de Nesterowicz fue acertada una vez más. A la cuerda no le faltó energía ni seguridad en los ataques del primer movimiento, además de la fluidez en la construcción de las escalas que bailaban entre violines, chelos y violas. Los tempi escogidos por Nesterowicz fueron más bien ligeros en el tercer y cuarto movimiento. El adagio fue el más personal dentro del historicismo con el que se aproximó a Beethoven. El segundo movimiento quedó marcado por el lirismo en el viento madera y un timbre orquestal especialmente conseguido. La cuerda, sul tasto y sin apenas vibrato, contribuyó a que afloraran los detalles de una obra maestra, transparente y sólida de Beethoven. También lo hizo el gran trabajo del timbal que, continuando la metáfora de Schumann, sería latido y motor en las venas de la esbelta doncella griega.

FICHO TÉCNICA

Viernes, 18 de octubre de 2019, a las 20h. en el Auditorio Baluarte. Segundo concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Director: Michal Nesterowicz

Solistas: Xavier Relats (flauta travesera), Juan Manuel Crespo (oboe), Julián Cano (trompa), José Lozano (fagot).

Programa:

Tres piezas en estilo antiguo, de Henryk Gorécki (1933-2010)

Sinfonía concertante para flauta, oboe, trompa y fagot en Mi bemol Mayor, K. 297b, de W. A. Mozart (1756-1791).

Sinfonía núm. 4 en Si bemol Mayor, op. 60, de Ludwig van Beethoven (1770-1827).


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