Opinión / Desde Baluarte

Más que un buen violinista

Por Ana Ramírez García-Mina 01 mayo, 2019 - 11:41

Crítica del concierto de temporada ofrecido por la Orquesta Sinfónica de Navarra en Baluarte el jueves 25 de abril con Amaury Coeytaux como solista y Manuel Hernández-Silva en la dirección. 

Concierto de la OSN en Baluarte con Amaury Coeytaux en el violín y Manuel Hernández-Silva como director. PABLO LASAOSA
Concierto de la OSN en Baluarte con Amaury Coeytaux en el violín y Manuel Hernández-Silva como director. PABLO LASAOSA

He tenido que escuchar dos veces a Amaury Coeytaux tocar el Concierto para violín de Tchaikovski. De la primera, lejos del escenario, sólo saqué conclusiones obvias: me encontraba ante un gran violinista, con un gran violín (un Guadagnini de 1773), que había interpretado un concierto terriblemente complicado sin pestañear. O eso pensaba. 

Desde la distancia percibí un sonido y técnica extraordinarios, pero me quedó un poso de duda, de que había algo más. Al día siguiente escuché el concierto justo debajo del Coeytaux. Me encontraba de nuevo ante el gran violinista y estaba en lo cierto cuando dudaba, porque no es sólo eso.

Descubrí lo que me sorprendió. El Concierto para violín de Tchaikovski tiene una escritura efectista, en él caben todo tipo de licencias y los intérpretes suelen tomarlas. El talento del compositor ruso para las melodías es evidente en esta obra y es habitual que los violinistas dejen su impronta en ellas. Pero Coeytaux no destacó por ello.  

El violinista francés, con sus trinos veloces y milimétricos, su vibrato pequeño y su sonido transparente, interpretó un Tchaikovski más sobrio de lo habitual. No fue impersonal ni frío.Tendió a la regularidad en el tempo, aunque la Orquesta Sinfónica de Navarra tuvo algunas dificultades para arroparle en el último movimiento.

Su seriedad le hizo brillar, sobre todo, en la Canzonetta. La melodía de este segundo movimiento siempre me había parecido dolorosa. En el instrumento de Coeytaux la redescubrí nostálgica, con su vibrato limitado y un sonido difuso. Es complicado desvelar una lectura original y honesta de una pieza fundamental en la literatura violinística. Amaury Coeytaux lo consiguió.  

Como propinas, un extraordinario Andante de la Sonata para violín nº 2 de Johann Sebastian Bach y el cuarto movimiento de la Sonata para violín nº 2  de Eugène Ysaÿe.

A pesar de las dificultades para alcanzar el tempo del solista, la Orquesta Sinfónica de Navarra ofreció un acompañamiento equilibrado y respetuoso bajo la batuta de Manuel Hernández-Silva. La cuerda hizo un gran papel recogiendo las melodías principales del concierto con intensidad.

En la segunda parte, la Sinfónica de Navarra interpretó la Sinfonía nº 1 de Jean Sibelius, que recoge los ecos del Romanticismo alemán. La lograda introducción de clarinete y timbal dio paso a una orquestación riquísima en sonoridades, unas melodías con personalidad como las de Tchaikovski o unas pinceladas del carácter nórdico de Sibelius.

Al modo de Bruckner, el compositor finlandés oscila entre distintos temas sin alcanzar un clímax claro. La orquesta recogió esa sensación de suspense y tensión impecablemente en el cuarto movimiento. La sección de viento madera funcionó con creces en el contrapunto delicado del Andante, ma non troppo lento, y el color del arpa fue fundamental para los matices casi impresionistas de la obra.

Quizá los cambios de tempo en el segundo movimiento no estuvieron del todo conseguidos y los desajustes en la recta final de la sinfonía le restaron contundencia al final. En general, la batuta de Hernández-Silva estuvo acertada al explotar los contrastes de la Sinfonía nº 1, entre lo apasionado y lo melancólico, lo enérgico y lo frágil de Sibelius. 

FICHA

Jueves 25 de abril, a las 20 h, en el Auditorio Baluarte. Concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Solista: Amaury Coeytaux, violín.

Director: Manuel Hernández-Silva (titular)

Programa:

Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 35, de Piotr Illich Tchaikovski (1840-1893)

Sinfonía nº 1, en Mi menor, Op. 39, de Jean Sibelius (1865-1957)


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