Opinión / Desde Baluarte

L’Orfeo y lo humano

Por Ana Ramírez García-Mina 17 octubre, 2017 - 9:30

Crítica del concierto de la Capella Mediterranea y la Coral de Cámara de Pamplona celebrado en Baluarte con L'Orfeo en el programa. 

Concierto en Baluarte de la Capella Mediteranea y la Coral de Cámara de Pamplona con L'Orfeo en el programa. FOTOGRAFÍAS: IÑAKI ZALDÚA (BALUARTE).
Concierto en Baluarte de la Capella Mediteranea y la Coral de Cámara de Pamplona con L'Orfeo en el programa. FOTOGRAFÍAS: IÑAKI ZALDÚA (BALUARTE).

FICHA

Concierto enmarcado en la temporada 2017/18 de la Fundación Baluarte.

Sábado 14 de octubre, a las 20:00h en el Auditorio Baluarte.

Cappella Mediterranea y Coral de Cámara de Pamplona (director: David Gálvez).

Director musical: Leonardo García Alarcón.

Programa: L’Orfeo (1607), de Claudio Monteverdi (1567-1643).

Valerio Contaldo (tenor) como Orfeo y Mariana Flores (soprano) como Eurídice.

L’ORFEO Y LO HUMANO

Veinticinco años después de que Claudio Monteverdi estrenara su Orfeo, Galileo Galilei era acusado formalmente de herejía por la Santa Inquisición. El astrónomo, matemático y filósofo escribió en sus Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo: “Aquellos que exaltan tanto la incorruptibilidad del ser humano […] merecen encontrar una cabeza de Medusa que los transforme en estatuas de ópalo o de diamante para alcanzar la perfección que no tienen”.

Galileo cuestionó en su obra los pilares de la filosofía escolástica y, junto a otros pensadores del Renacimiento, fue partícipe de la gran Revolución científica de los siglos XVI y XVII. La invención de la máquina de vapor o el telescopio acompañó a uno de los hitos más importantes en la historia de la música: el nacimiento de la ópera.

Monteverdi compuso en 1607 una “Favola in Musica” para la corte de los duques de Mantua. El libreto, escrito por Alessandro Striggio, respondía a la fascinación de la época por la literatura clásica: la fábula de Orfeo y Eurídice. Con genialidad absoluta, Monteverdi combinó la polifonía renacentista compleja con el parco estilo recitativo (el “parlar cantando”). En su Orfeo, el compositor italiano cantó a las bestias y dioses de la tragedia griega. Quien lo escucha hoy, 410 años después de su estreno, sabe que sólo trataba de la condición humana. “Y de la perfección que no tiene”.

En el escenario del Auditorio Baluarte, Leonardo García Alarcón y la Cappella Mediterranea ofrecieron un Orfeo ágil y acertado en los tempos. Exceptuando el final del Tercer Acto, en el que Alarcón acompañó el adormilamiento de Caronte con ritardandos notables, la versión se ajustó a lo convencional en la obra.

Desde el primer ritornello de la orquesta, en el que la cuerda tocó en pizzicato, se escuchó la característica más destacada del acompañamiento de la Cappella Mediterranea: la delicadeza. Con poca presencia de clave, las voces de los solistas fueron abrazadas con acierto y sensibilidad por laúd, arpa o vihuela. Alarcón jugó también con la sonoridad de distintas combinaciones de instrumentos, acompañando al desarrollo de la acción.

El tenor Valerio Contaldo ofreció un Orfeo sorprendentemente romántico. Quizá algo falto de volumen en los graves, dejó que la pasión y el dolor del “Pastor de la Tracia” afloraran en su canto. En el registro más alto mostró un vibrato controlado, aunque poco habitual en el resto del reparto y en la interpretación histórica. En el aria “Tu se’ morta”, Contaldo encarnó con acierto el llanto de Orfeo.

La de Mariana Flores fue una de las mejores voces de la noche. La soprano argentina interpretó a La Música y a Eurídice con una proyección y sensibilidad a la altura del personaje. Destacó en el momento de regreso a los infiernos, cantando “Ahi, vista troppo dolce e troppo amara!” y acompañada por laúd y violonchelo en el bajo continuo.

Mención aparte para el tenor Nicholas Scott, que encarnó con brillantez y agilidad a uno de los pastores que acompañan a Orfeo en su boda. También acertado y sincero en la voz nasal de los espíritus del infierno.

La Coral de Cámara de Pamplona respondió con eficacia a las indicaciones de Alarcón. Quizá en uno de los números corales más dolorosos, “Ahí, caso acerbo!”, el canto resultó lineal y los ataques, demasiado débiles.

En definitiva, el Auditorio Baluarte acogió una gran versión del Orfeo en lo musical. Sin embargo, se echó de menos una escenografía más elaborada que acompañara a Orfeo en su viaje hacia los infiernos.


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