Opinión / Desde Baluarte

Sokolov

Por Ana Ramírez García-Mina 28 febrero, 2019 - 23:17

Crítica del concierto celebrado el martes 26 de febrero en el Auditorio Baluarte enmarcado en la temporada de Fundación Baluarte.

Concierto del pianista Grigory Sokolov dentro de la temporada de la Fundación Baluarte. FOTOS IÑAKI ZALDÚA / ÍÑIGO ALZUGARAY
Concierto del pianista Grigory Sokolov dentro de la temporada de la Fundación Baluarte. FOTOS IÑAKI ZALDÚA / ÍÑIGO ALZUGARAY

En los días previos al concierto de Grigory Sokolov en el Auditorio Baluarte, había escuchado de varias bocas las particularidades que se agolpan en torno al músico: dos pianos y un afinador le acompañan en todas sus giras, las salas en las que toca deben estar en penumbra, sus propinas son muy generosas, evita el espectáculo a toda costa y parece que hasta los vítores le molestan.

Todo lo entendí el martes pasado, mientras Sokolov se acercaba al piano ignorando nuestro aplauso de bienvenida. Retiró la cola de su chaqué antes de sentarse, mantuvo la mirada fija en el teclado y lo hizo sonar. Una ceremonia escasa para alimentar el halo legendario que rodea al pianista.

De hecho, así es. A Sokolov le basta con la música. Lo demás (los no pocos vítores al final del concierto, lo que se escriba después o incluso Sokolov mismo) no importa. Aquella tarde los carraspeos, el celofán del caramelo y el politono del móvil fueron especialmente imperdonables. La penumbra de Baluarte no podía soportar algo que no fuera música.

La Sonata núm. 3 de Beethoven, obra de juventud, brilló por sus contrastes. Tras un Allegro con brio riguroso, perfectamente ejecutado, pero sin demasiadas pretensiones expresivas, llegó un Adagio de otro mundo: fluido entre lo apasionado y lo delicado, elegante y libre. Y tras este segundo movimiento, un Scherzo y Allegro assai más bien pausados y milimétricos.

El contraste también se pudo percibir en el sonido que Sokolov arrancaba al instrumento. Con cuerpo o ligero, vivo o austero, aterciopelado o metálico. Todos los timbres al servicio de la obra, que no del pianista.

Sin los aplausos del público al terminar la Sonata, Sokolov no hubiera esperado para comenzar con las Once nuevas Bagatelas. Mantenía su conexión con el compositor. Esta vez más liviano, el pianista recorrió las piezas sin perder la elegancia del Beethoven temprano y resaltando los destellos de madurez en las Bagatelas.

La segunda parte del concierto comenzó igual que la primera: con el camino discreto de Sokolov hacia el piano, para después parapetarse tras las Klavierstücke Op. 118 y 119, las dos últimas piezas para piano solo de Johannes Brahms. 

En el final de su vida, el compositor alemán mantenía una nutrida correspondencia con Clara Schumann, pianista, compositora y viuda de Robert Schumann. Brahms le dedicó estas Piezas para piano, una de las últimas obras de su vida. 

Si el Beethoven de Sokolov brillaba por sus contrastes, las piezas de Brahms poseían una emoción creciente, que se fraguaba desde el primer Intermezzo hasta la Rhapsodie que cerró el programa.

Entre ellas destacó el célebre Intermezzo núm. 2 en Sol menor, al que Sokolov supo exprimir el color de cada armonía de la madurez de Brahms. También el Intermezzo núm. 6 en Mi bemol mayor. El pianista contuvo el tempo y el aliento de la pieza hasta el desgarro final.

Pero el programa no terminó con Brahms. Las propinas generosas de Sokolov desplegaron sus manos más allá del Romanticismo, hasta el Barroco tardío de Rameau o el Impresionismo de Debussy. La obra que sí cerró el concierto: el preludio Des pas sur la neige del compositor francés.

Sobre esta pieza llama la atención una indicación que Debussy dejó escrita en los primeros compases: “Este ritmo debe tener el valor sonoro de un paisaje triste y helado”. Más adelante, el compositor advierte: “Expresivo y doloroso”. Palabras que el pianista ruso recogió a la perfección.

Tras la imagen helada y obsesiva de Debussy, no quedó nada. La música termina donde acaba Sokolov. Pero yo me equivocaba; en la penumbra de Baluarte había espacio para algo más. Unos segundos de silencio.

Martes, 26 de febrero de 2019, a las 20:00h en el Auditorio Baluarte. Concierto enmarcado en la Temporada de Fundación Baluarte.

Grigory Sokolov, piano.

Programa:

Sonata núm 3 en Do mayor, Op.2 Nº3, y Once nuevas Bagatelas, Op.119, de Ludwig Van Beethoven (1770-1827)

Klavierstücke, Op. 118 y 119, de Johannes Brahms (1833-1897)

Propinas:

Schubert Impromptu, Op. 90/4, de Franz Schubert

Les Sauvages, de Jean-Philippe Rameau

Ungarische Mélodie, de Franz Schubert

Le rappel des oiseaux, de Jean-Philippe Rameau

Valse en Mi menor, de Aleksandr Griboiédov

Prélude “Des pas sur la neige”, de Claude Debussy


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