Opinión / Desde Baluarte

El futuro de la música europea

Por Ana Ramírez García-Mina 13 marzo, 2019 - 10:04

Crítica del concierto de la Joven Orquesta Gustav Mahler dirigida por Jonathan Nott y celebrado el sábado 9 de marzo en el auditorio Baluarte.

La Joven Orquesta Gustav Mahler actúo Baluarte.
La Joven Orquesta Gustav Mahler actúo Baluarte.

Claudio Abbado fundó la Joven Orquesta Gustav Mahler en 1986. El director italiano tuvo la convicción de que la música podría acercar a los austriacos y a las antiguas repúblicas socialistas de Checoslovaquia y Hungría. En 1992, la Gustav Mahler se abrió a músicos europeos de menos de 26 años. Hoy, la joven orquesta es una “cantera” sinfónica que poco tiene que envidiar a los más veteranos.

El escenario del Auditorio Baluarte estaba abarrotado de músicos. Con un vistazo a las secciones de contrabajos (diez) y percusionistas (siete) se pudo adivinar la magnitud orquestal del programa.

La panorámica de la Gustav Mahler también llamó la atención por la abundante representación femenina, sobre todo en la cuerda. Teniendo en cuenta que todavía hoy existe una desigualdad sonrojante en la élite musical, reconforta ver que algo está cambiando en las formaciones jóvenes.

Las Tres piezas para orquesta de Alban Berg abrieron el programa. Fue una de las últimas obras que Berg compuso bajo la tutela de su maestro, Arnold Schönberg, y que anuncia la personalidad del músico alemán. Paradójicamente, las Piezas para orquesta son un gran homenaje al sinfonismo romántico de Gustav Mahler.

La sonoridad de Mahler vista a través de Berg se recogió brillantemente en la lectura de Jonathan Nott. No sólo en lo evidente, como los “martillazos” trágicos de la “Marcha”, sino en cada atmósfera: la de la cuerda con sordina en el primer movimiento, la del vals en el segundo o la tan bien creada por la percusión en el tercero. Cada sección cobraba vida en la dirección rigurosa de Nott.

Siguieron los Rückert -Lieder de Gustav Mahler, que a menudo se describen como un autorretrato musical del compositor. Escritos en los primeros años del siglo XX, se percibe en las canciones el trabajo del que ya domina su propio lenguaje.

La parte solista recayó en la mezzosoprano Elena Zhidkova. La cantante posee técnica, timbre y potencia de altura, pero algo cojeó en su expresión. El fraseo o contraste entre las emociones variadas (incluso opuestas) de los Rückert-Lieder permaneció algo escondido. Un problema que quedó subsanado en la tercera de las canciones, “Si amas la belleza”, un clímax para la interpretación de mezzosoprano y orquesta.

La segunda parte comenzó con La tierra, obra del madrileño Jesús Rueda. Con ella, el compositor buscó cerrar la célebre suite de Los Planetas, de Gustav Holst. La sonoridad de la obra sirvió de inspiración a John Williams para la banda sonora de La Guerra de las Galaxias y supuso un hito en la música del siglo pasado.

Holst dejó a dos elementos del sistema solar sin movimiento dentro de su suite: la Tierra y Plutón. La obra de Rueda busca representar los sonidos de nuestro planeta. El papel de la percusión de la Gustav Mahler fue muy exigente, aunque la fuerza de la rítmica estuvo presente en todas las secciones.

La Tierra imaginada por Rueda se materializó en alarmas, tormentas y huracanes, la oscilación del timbal o el glissandi descendente de los violines. Al final, un sonido profundo y embotado, con algunos ecos, llevaba a imaginar que la cara más viva de nuestro planeta se encuentra debajo de su corteza.

La última sinfonía de Shostakóvich, la número 15, cerró el concierto. Es inevitable sonreír al escuchar la burla del compositor ruso, que introdujo la obertura de Guillermo Tell de Rossini en su primer movimiento. Todas las melodías están laceradas al principio, ninguna se desarrolla. Y de repente, el viento metal cita fuera de lugar al romántico italiano.

La dirección de Nott, incisiva y precisa, favoreció los contrastes del primer movimiento. Los solos del viento madera y el primer violín, dignos de mérito durante toda la sinfonía, conformaron el clímax de este primer movimiento, al que sigue un Adagio solemne.

Una especie de coral en el viento metal, que después recuperará la cuerda, introdujo el magnífico solo de la primera violonchelista. La marcha fúnebre de la percusión o el trombón contrasta con el lirismo de la cuerda, de nuevo algo mahleriana. Las intervenciones de celesta y vibráfono acentuaron el carácter enigmático de la obra de Shostakóvich.

En el tercer movimiento fueron destacables el papel del primer clarinete y de la percusión variada que cierra la sinfonía. Quizá en este punto la dirección rigurosa, con atención a cada parte y sección, fragmentó la intensidad creciente del Allegretto.

No fue así en el último movimiento. Reaparece el sonido fúnebre con citas a Glinka y a Wagner, pero el momento más reconocible de la sinfonía es su final. Las cuerdas sostienen un acorde hueco, sin textura ni vibrato, que recuerda a su Sinfonía n. 11.

Sobre él, la percusión toma el protagonismo, pero no desvela el sentido de la obra. ¿Fúnebre, trágica, optimista…? Sólo el viento metal, en el último segundo, completa el acorde de la cuerda y remarca la tonalidad difusa en toda la obra: La mayor.

Con razón se considera la obra más enigmática de Shostakóvich. Lo que sí está asegurado en la Joven Orquesta Gustav Mahler es el futuro de la música europea.

FICHA

Sábado, 9 de marzo, a las 20.00 h en el Auditorio Baluarte. Concierto de la Joven Orquesta Gustav Mahler.

Director: Jonathan Nott.

Solista: Elena Zhidkova, mezzsoprano.

Programa:

Tres piezas para orquesta, Op. 6, de Alban Berg (1885-1935)

Rückert-Lieder, de Gustav Mahler (1860-1911)

La tierra, de Jesús Rueda (1961)

Sinfonía número 15 en La mayor, Op. 145, de Dmitri Shostakóvich (1900-1975)


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