Opinión / Desde Baluarte

Tchaikovsky y Walton en Baluarte: música en el ojo del huracán

Por Ana Ramírez García-Mina 21 junio, 2017 - 11:52

Crítica del concierto ofrecido en Baluarte por la Orchestre National Bordeaux Aquitaine el martes 20 de junio en Baluarte. 

Concierto de la Orchestre National de Bordeaux Aquitaine e el Palacio de Congresos y Auditorio de Navarra Baluarte. IÑIGO ALZUGARAY
Concierto de la Orchestre National de Bordeaux Aquitaine e el Palacio de Congresos y Auditorio de Navarra Baluarte. IÑIGO ALZUGARAY

FICHA

20 de junio a las 20:00. Sala principal del auditorio Baluarte

Programa: Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, Op. 35 de P. I. Tchaikovsky (1840-1893) [33´]

Sinfonía nº1 en Si bemol menor de William Walton (1902-1983) [43´]

Solista: Vadim Gluzman, violín

Orchestre National Bordeaux Aquitaine, como orquesta invitada en la programación de la Orquesta Sinfónica de Euskadi

Director: Paul Daniel, titular de la Orquesta Nacional de Burdeos y de la Real Filharmonía de Galicia.

MÚSICA EN EL OJO DEL HURACÁN

1878. A las orillas heladas del lago Lemán, en Suiza, Tchaikovsky se recupera de un intento de suicidio y del fracaso de su matrimonio con Antonina Miliukova. El enlace había sido, en realidad, una pose: el compositor ruso era homosexual. Entonces, en el ojo del huracán, Tchaikovsky concibió su Concierto para violín y orquesta en Re Mayor. Leopold Auer, violinista al que dedicó inicialmente la obra, se negó a interpretarla por su dificultad y la calificó de “intocable”.

Tras su estreno, el crítico musical Eduard Hanslick declaró que “ya no se toca el violín. Más bien se le dan tirones, se rompe en pedazos y se le llena de cardenales”. Hoy, Vadim Gluzman y la batuta de Paul Daniel nos ofrecen la obra más célebre y complicada del repertorio romántico para violín. Sus melodías, que provienen de las entrañas del folclore ruso, son indiscutiblemente bellas y le dan alas a un virtuosismo de plomo.

Suenan los primeros compases y Gluzman presenta al público su carácter. Sonido brillante y vibrato intenso, aunque sereno en la interpretación. En general, no se pierde excesivamente en rubatos (ligera aceleración o desaceleración del tempo) o ritardandos.

Avanza implacable y sus transiciones en los tempi son orgánicas, naturales. Durante el primer movimiento, la batuta de Paul Daniel es más pesada y no puede seguir el ritmo del solista. La orquesta intenta arropar a Gluzman, pero éste se escurre.

El violinista dibuja con los dedos un virtuosismo extremo que, en ocasiones, da lugar a ambigüedades en la afinación. En el segundo movimiento, la Canzonetta, los problemas de sincronización se atenúan. Gluzman continúa, intenso y vibrante, cantando las melodías tradicionales rusas hasta la irrupción del último movimiento: Allegro vivacissimo.

Con un tempo vertiginoso, el violinista israelí demuestra un gran control del arco y del spiccato (técnica en la que el arco “salta” de la cuerda y hace que las notas suenen cortas y separadas). Además, los contrastes de tempo entre los diferentes temas de este movimiento lo convierten en un reto difícil de abordar. Finalmente, Gluzman y Daniel saben recrear con acierto el aura de efectismo ruso que envuelve a este concierto.

La Sinfonía nº1 en Si bemol menor también suena a tormento. En 1935, Imma von Doernberg huye con su amante, un médico húngaro, y abandona a William Walton. La primera sinfonía del compositor británico es hija del desengaño y el dolor.

En el escenario, la Orchestre National Bordeaux Aquitaine se dispone de manera atípica: frente al director, violonchelos, violas, contrabajos y trompas. A izquierda y a derecha, violines primeros y segundos, respectivamente. Enfrentados para una sinfonía beligerante, un acierto. Ambas secciones establecen un diálogo (o una discusión) y la batuta de Daniel es ahora firme. Se siente más cómoda aquí, entre las vísceras y la ira de William Walton.

El primer movimiento tiene algo de Beethoven en la forma y mucho de Sibelius en la sonoridad. Vibraciones metálicas y tormenta. La sección de viento es firme en sus ataques y lacera la atmósfera creada por las cuerdas. En el tercer movimiento, el lirismo se apodera de la flauta, que también destaca por su inspiración en la Canzonetta de Tchaikovsky.

El cuarto movimiento dinamita los esquemas de la sinfonía. Su composición coincide en el tiempo con el inicio de una nueva relación amorosa de Walton con Alice Wimborne. El cielo escampa y podemos escuchar a Elgar o a Hindemith.

Música solemne, contenida, intensa y… ¿alegre? Incluso se oyen ecos barrocos y deformados en el pasaje contrapuntístico que inicia la sección de cuerda. Como si Bach se mirara, junto a Max Estrella, en los espejos del Callejón del Gato. De nuevo, la disposición atípica es un acierto. En este cuarto movimiento, catártico, Paul Daniel y la Orchestre National Bordeaux Aquitaine se redimen juntos de un Tchaikovsky desacompasado.


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