Opinión / Desde Baluarte

La catedral sinfónica de Bruckner

Por Ana Ramírez García-Mina 19 febrero, 2019 - 9:45

Crítica del concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra celebrado el viernes 15 de febrero en Baluarte dentro de su temporada de abono. 

La Orquesta Sinfónica de Navarra en concierto en Baluarte. MIGUEL OSÉS
La Orquesta Sinfónica de Navarra en concierto en Baluarte. MIGUEL OSÉS

Puedo contar con los dedos las veces que he visto a Antoni Wit dirigir una gran sinfonía con partitura. No es algo extraordinario: son muchos directores los que prescinden del papel, y no significa necesariamente que sean mejores o que traten la obra con más profundidad. Pero, haciendo memoria, el que ha sido director titular de la Orquesta Sinfónica de Navarra prefiere construir los grandes monumentos musicales desde su cabeza. Y siempre deja una firma.

Wit sabe tejer con los tempi, los planos sonoros, los timbres que se cruzan, el discurso de las melodías… Las variables son tantas como quiera el director. En una obra como la que interpretó la OSN en el Auditorio Baluarte, estas variables musicales alcanzan la categoría de una catedral: la Sinfonía nº 5 de Anton Bruckner.

Bruckner, austríaco del final del s. XIX, llevaba una vida sencilla, de fervor religioso y “monacal”, decían sus críticos. El compositor estudió en profundidad la música germana y, aunque comenzó tarde a escribir para orquesta, se le considera el representante del sinfonismo romántico majestuoso. Escuchando sus obras imponentes, es imposible imaginar su personalidad austera.

La Quinta comienza desde la nada: unos pizzicatos de la cuerda grave y el resto de la orquesta, gradualmente, construyendo una pequeña coral. El tempo de Wit no fue ligero, pero su fraseo y el hincapié en contrastes y acentos hicieron que la tensión del primer movimiento se mantuviera hasta el final.

La cuerda del inicio, algo estática, interpretó el segundo movimiento con el sonido vivo y denso que requieren las sinfonías de Bruckner. En momentos puntuales la sección del viento metal presentó demasiado volumen, pero los planos sonoros estuvieron, en general, muy logrados bajo el control de Wit.

Los pizzicatos del segundo movimiento, combinados con la buena intervención del viento madera, hicieron que la combinación de ritmos entre las dos secciones apareciera clara y comprensible.

El papel de la sección del viento metal es fundamental en las sinfonías del maestro austríaco, y es difícil mantener el equilibrio de una orquesta más numerosa de lo habitual. Este fue uno de los méritos de Wit y los músicos, pese a breves momentos de confusión en las trompas.

El tercer movimiento, que se llevó a un tempo vivo, quizá fue el más delicado de toda la sinfonía. Tiene carácter de danza o la sonoridad de la tradición alemana. Como en los anteriores, la tensión construida culminó en un scherzo vertiginoso y bajo control para llegar al impresionante Finale.

El último movimiento recoge temas del inicio y los desarrolla. En la metáfora de la catedral, el Finale representaría una bóveda monumental. La fuga compleja en la sección de cuerda fue digna de mérito y los contrastes estuvieron muy logrados en una sección de viento cada vez más templada.

La Quinta es un reto para todo el auditorio. Músicos, director y audiencia deben erigir un coloso musical durante más de una hora. Y eso sin contar con la escritura de Bruckner: meticulosa, llena de detalles y en una progresión de intensidad que parece eterna.

La interpretación de la Orquesta Sinfónica de Navarra no tuvo el sonido habitual (los efectivos orquestales de Bruckner suelen ser más amplios) y, por eso, fue muy destacable. Una lectura original, algo intimista y ordenada por la batuta de Wit para alcanzar con fuerza la gran “bóveda” bruckneriana. 

FICHA

Viernes, 15 de febrero a las 20:00h, en el Auditorio Baluarte. Concierto enmarcado en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Director: Antoni Wit

Programa: Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor, de Anton Bruckner (1824-1896)


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