Opinión / Desde Baluarte

En la intimidad de Beethoven y Bruckner

Por Ana Ramírez García-Mina 19 enero, 2018 - 10:26

Crítica del concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra celebrado el 11 de enero en Baluarte.

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra con la pianista Elisabeth Leonskaja.
Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra con la pianista Elisabeth Leonskaja.

FICHA:

11 de enero de 2018, a las 20.00h en el Auditorio Baluarte. Concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Director: Joseph Swensen (sustituyendo a Antoni Wit por enfermedad)

Solista: Elisabeth Leonskaja (piano)

PROGRAMA:

Concierto para piano y orquesta nº 4 en Sol mayor, de Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Sinfonía nº 6 en La mayor, de Anton Bruckner (1824-1896)

EN LA INTIMIDAD DE BEETHOVEN Y BRUCKNER 

En diez años, Beethoven quedó completamente sordo. Su enfermedad, de origen todavía desconocido, ha generado estudios, investigaciones e hipótesis innumerables; un músico gigante y sordo. Será por lo grotesco. En sus cartas personales, escribía: “Evito cualquier reunión social porque me es imposible pedir a la gente que hable más alto. Si mi profesión fuera otra, sería fácil. Con la mía, resulta aterrador”. El silencio infectó la vida del genio de Bonn, pero no su música. Cuando ni siquiera aquella trompeta de metal oxidado podía acercarle a las frecuencias más agudas, su creatividad se conservó intacta.

La última vez que Beethoven subió a un escenario como solista, fue para estrenar su cuarto Concierto para piano y orquesta. De carácter fundamentalmente lírico, comienza con una exposición solemne y delicada para el solista.

En el Auditorio Baluarte, la pianista georgiana Elisabeth Leonskaja ofreció un sonido cálido y amplio. Su interpretación en el primer movimiento fue constante: melodías destacadas, articulación enérgica, control en los ataques y, en los temas líricos, un intimismo absoluto. Leonskaja llevó la escritura del romántico alemán a una expresión poco efectista y delicada.

La Orquesta Sinfónica de Navarra, bajo la batuta de Joseph Swensen, acompañó a la pianista respetando sus pausas y respiraciones. Quizá faltó algo de precisión y firmeza en la sección de vientos (aunque después se escucharía en la segunda parte). En el segundo movimiento, dialogó con ella.

La cuerda, al unísono, presentó un contrapunto intenso y con carácter, a la altura del lamento del piano. Según Franz Liszt, este fragmento de la obra recuerda al mito griego de Orfeo, en el que el pastor de la Tracia se enfrenta con su lira a las Furias del infierno.

En el tercer movimiento, Leonskaja demostró una técnica impecable. La solista jugó con un tempo oscilante, no demasiado rápido, y el protagonismo de sus pasajes de diálogo con el violonchelo. Destacó la cadenza del primer movimiento por su profundidad y el uso de varios registros en sonido y carácter.

En la segunda parte del concierto, la Orquesta Sinfónica de Navarra ofreció la Sinfonía n° 6 de Anton Bruckner. La obra es una rareza dentro de la obra sinfónica del compositor austríaco. Sin embargo, conserva en el tratamiento de sus temas la característica tensión bruckneriana: las melodías se desarrollan y, cuando el clímax es inminente, la masa sonora se desvanece para volver a comenzar. Algunos críticos apodaron a la Sinfonía “la Filosófica”. Se trata uno de sus trabajos más reflexivos y formalmente clásicos.

Si el viento metal apareció algo débil en Beethoven, en la Sexta sinfonía cumplieron su papel con sobrada seguridad. Quizá las dimensiones y proporciones de secciones de la Sinfónica de Navarra no son las habituales para una obra del romántico austríaco. Por ese motivo, algunos pasajes aparecen descompensados, especialmente en la cuerda. Sin embargo, la actuación de la orquesta y la batuta de Joseph Swensen ofreció un Brucker genuino e intimista.


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En la intimidad de Beethoven y Bruckner