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Dar voz a los ancianos

Por La voz de los lectores 19 abril, 2020 - 10:23

Artículo de opinión enviado por Miguel Arrondo Pérez, maestro jubilado.

Una anciana, en una imagen de archivo.
Una anciana, en una imagen de archivo.

Ante el extendido clamor solicitando la relajación del confinamiento para los niños, me gustaría aportar mi punto de vista, sin ánimo alguno de dogmatizar, pero sí de equilibrar el debate para llegar a conclusiones más justas, aun a riesgo de que mi efigie quede a perpetuidad como representación de Herodes en las cabalgatas de Reyes (que parece ser que podremos celebrar).

Proliferan últimamente en los medios y en las redes sociales pediatras y psicólogos infantiles explicando las consecuencias que el prolongado período de confinamiento ocasiona en los niños. En este sentido, echo en falta reumatólogos y geriatras que ilustren el deterioro motor, orgánico y cognitivo (en gran parte irrecuperable) que la misma causa produce en los ancianos.

Nos podrían dar detalles sobre la pérdida de masa muscular y ósea, la merma de la movilidad y coordinación; el deterioro cardiovascular, neumólogico y digestivo; la desaparición de las capacidades psicosociales... y dar voz a un grupo social (no sé si silencioso o silenciado) para que la sociedad y los poderes públicos puedan plantearse un orden justo de prioridades a la hora de establecer modelos de desconfinamiento.

En esta ocasión, viene al pelo aquel chiste del genial Gila que definía "chaqueta" como aquella prenda que se le pone al niño cuando tiene frío la madre. Apelo a la inteligencia del lector para extrapolar el chiste al problema que nos ocupa.

He pasado 35 años de mi vida dedicado a la educación entre colectivos vulnerables y en riesgo de exclusión económica social y educativa. Algo sé de niños y (siempre sin generalizar) les creo perfectamente capacitados para soportar la situación, siempre que cuenten con el apoyo adecuado que los ayude a dar sentido a la situación y sepan movilizar sus recursos resilientes.

Pueden sufrir retrasos académicos, que no cognitivos, que se recuperarán en unos meses, más allá de los cuales, esta experiencia será solo un recuerdo. Amargo o dulce, dependerá de su entorno más cercano. Los ancianos, en cambio, no tendrán esa suerte. Los que ahora son autónomos necesitarán compañía, los que usan bastón precisarán andador, los que andador, silla de ruedas y muchos no sobrevivirán.

Cuestión aparte es la del peligro de contagio. Sabido es que este virus ataca con violencia a los ancianos y respeta, en general, a los niños, en los que cursa leve o asintomáticamente. En cuanto a la capacidad de diseminación, ocurre exactamente lo contrario dadas las limitaciones de autocontrol de los niños y su enorme carga vírica.

Por favor, seamos justos. Denme la oportunidad de aplaudir a los niños al final de todo esto y agradecerles su entereza y colaboración en la erradicación de la pandemia. Yo creo en ellos.

Miguel Arrondo Pérez es maestro jubilado.

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