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Agorafobia

Por La voz de los lectores 07 mayo, 2020 - 9:50

Carta enviada por Miguel Cornejo, economista y presidente de la Asociación Cultural y Peña Pompaelo. 

Una persona con mascarilla espera la villavesa durante la crisis del coronavirus en Pamplona. Miguel Osés
Una persona con mascarilla espera la villavesa durante la crisis del coronavirus en Pamplona. Miguel Osés

La palabra viene del griego. Se refiere al pánico a los espacios abiertos, donde puede pasar de todo, y hoy se utiliza para designar a un trastorno que padece entre el 1 y el 5% de la población española.

En mayo de 2020 debería de significar algunas cosas más. La “desescalada” de las medidas de aislamiento social, tomadas para reducir el impacto de la pandemia, trae consigo una nueva hornada de miedos grandes y pequeños.

El primero, el más evidente, es que se esté “desescalando” porque el resto de Europa lo está haciendo, y no porque estamos como el resto de Europa. El sentido del aislamiento era reducir la velocidad de contagio para que los servicios de salud pudieran adaptarse y tuvieran la capacidad de tratar a los miles de enfermos sin volver a tener que practicar triaje. La enfermedad no es tan letal si hay medios para atenderles, pero es demoledora cuando faltan y acabamos excluyendo de UCI o retirando medicación a personas con menos probabilidades de sobrevivir. O cuando dejamos sin atender focos como las residencias de ancianos. O cuando gran parte del propio personal sanitario acaba infectado por falta de medios. Y con los datos en la mano, con las declaraciones de sanitarios en la mano, queda claro que estamos mejor que cuando empezó la pandemia, pero ni mucho menos como en otros países que han empezado a desescalar porque saben que pueden.

El segundo es la “segunda ola” que predicen todos los estudios. Desde el primer día, el Imperial College y otras instituciones han alertado de que el final de la contención conllevará otra oleada de contagios (que debería poder tratarse mejor con un sistema sanitario ya adaptado). El miedo aquí no viene sólo de ver la falta de civismo y mascarillas que se aprecia por la calle. Viene de saber que en España la población infectada es mucho mayor que en otros países, y por tanto el rebrote puede ser serio. Y también de que las medidas de adaptación de negocios y puestos de trabajo son muy irregulares, en buena parte por la cantidad de PYMEs que forman nuestro tejido productivo y que no tienen medios para adaptarse como querrían.

El tercero es la “nueva normalidad”. China ya ha vivido otras epidemias de coronavirus, y no todas desembocan en una vacuna efectiva. La actual puede acabar extinguiéndose por inmunidad colectiva, o mutar y convertirse en algo recurrente. Puede ser contenida por cualquiera de las decenas (literalmente) de iniciativas que actualmente buscan una vacuna efectiva, pero éstas pueden tardar años (como sería su ciclo normal de desarrollo) o meses. Puede que los contagiados desarrollen inmunidad permanente o que, como se teme, apenas la conserven unos meses. Lo que parece claro es que tendremos que asumir que hay que aumentar las medidas de higiene y protección médica.

El cuarto es el “daño autoinfligido”. Algunos países, como Portugal y la mayor parte del Este y Norte de Europa, han pasado el primer golpe con pocos destrozos. Las medidas económicas adoptadas en todo el mundo desarrollado han tenido intenciones parecidas, intentando facilitar liquidez a los negocios paralizados y a los trabajadores parados. Pero los medios elegidos, y las condiciones de cada país para soportarlos, son muy diferentes. El paquete de ayudas de Alemania es perfectamente asumible por su economía. El portugués, con un gobierno de izquierda, no preocupa a nadie. El español ha hecho que vuelva a subir la  prima de riesgo de nuestra deuda pública, porque nuestro déficit ya estaba fuera de madre y nuestra economía sigue sin reformar. El aumento de deuda privada también tendrá consecuencias a largo plazo en el consumo, y las rentas garantizadas poco definidas terminarán de distorsionar una economía mucho menos productiva que las de su entorno.

El quinto son los “daños colaterales” de las medidas de alarma. El gobierno aprobó un decreto que autoriza la trazabilidad de todas las personas usando sus móviles (datos que serían útiles si se hubiera molestado en desarrollar también una estrategia y unas herramientas para usar esa información, como en China o Corea). Ha saturado los medios de comunicación públicos y los afines (que a la postre son muchos, y para eso se subvencionan con cientos de millones en ayudas directas) de mensajes que vilifican decir las verdades que duelen o señalar a los responsables de los muchos errores y torpezas que nos han costado tantas vidas. Han propiciado una brecha social (#tachaalfacha) para aislar a sus votantes de las opiniones de los demás. Han usado a las fuerzas de seguridad para proteger la reputación del Gobierno. La veracidad y calidad de la rendición de cuentas del Gobierno está en niveles abismales, y la capacidad de la sociedad para exigirlas es cada vez más reducida. La desautorización y el desprestigio de los medios de comunicación es preocupante no sólo porque la libertad de prensa es esencial para una democracia sana, sino porque la falta de medios respetados es un caldo de cultivo perfecto para populismos, cuya realidad paralela se alimenta de la falta del consenso social que crean los medios. Si nada es verdad, cualquier cosa que elijas creer es cierta. Y aquí los populistas están en el gobierno.

El sexto, y quizá último, es el “mundo que nos queda”. La pandemia ha obligado a muchos a ver lo que no querían ver, y en concreto el papel de los distintos jugadores en el tablero mundial. China está haciendo lo que quiere en la parte del Pacífico que considera suya, aparte de convertirse en el proveedor médico de referencia y dejar claro que no es precisamente un país del tercer mundo, sino una dictadura con la segunda economía del mundo. Estados Unidos ha dejado claro que no sólo es incapaz de intervenir decisivamente en Siria, o donde sea, sino que está de retirada global, incapaz de jugar ningún papel de liderazgo en un mundo que parece más desvertebrado que antes. La Unión Europea ha dejado claros tanto sus límites como sus capacidades. Y los actores privados y civiles, las personas con iniciativa, han vuelto a mostrar que son los que generan el movimiento real, los rodamientos sobre los que funciona todo… sin que eso baste para acallar a los que siguen esperando que papá Estado se haga cargo de todo.

Vamos, que menos mal que hace sol, porque se le quitan a uno las ganas de salir de casa.

Carta enviada por Miguel Cornejo, economista y presidente de la Asociación Cultural y Peña Pompaelo. 

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