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Blog / La cometa de Miel

Viaje a Munch en 80 obras

Por Pablo Sabalza 19 octubre, 2015 - 1:37

Melancolía de vida tras los pinceles.

Fui a verte, Edvard, el pasado fin de semana a Madrid. Ya sé que te dejarás ver por el Museo Thyssen hasta el próximo mes de enero y que, si te siguen visitando a este ritmo, no te va a superar ni Kandinsky en el Centro Cibeles. Nos vas a meter la tristeza en el cuerpo a todos.

Recorrí apenas ochenta partes de tu cuerpo de las veinte mil que te conforman. Viajé a ti en 80 obras. Así advertí tu sintonía con el arte, la literatura y el pensamiento apoyada en modelos como Gauguin, Van Gogh, Ibsen, Nietzsche o George Bizet.

Mis primeros pasos me introdujeron en tu melancolía. Esas primeras pinceladas en las que reflejabas la pérdida de tu madre y de tu hermana. ¿Fue la tuberculosis, verdad? Azul y Gris. Blanco o negro… Melancolía pura tras los pinceles.

Me sobrecogió tu dedicación pictórica a la muerte y, más concretamente, en la obra de La niña enferma. Su cabello anaranjado y su rostro encendido de luz, propio de la enfermedad, combinado con la oscuridad lúgubre y triste del dormitorio. Y la madre llorando y la niña consolándola y ese vaso, ese vaso de cristal, Edvard, con la pintura roja en su interior. La muerte en el interior del vaso. Miedo a morir tras los pinceles.

Un paso más, Edvard, y me acomodé en tu pánico. Cito textualmente : “ Veo a todo el mundo bajo sus máscaras, rostros sonrientes, tranquilos; pálidos cadáveres que corren inquietos por un sinuoso camino cuyo final es la tumba”. Me acerco a tu máscara. Aquella que te hizo inmortal. Un grito congelado. Y ahí me observo, frente a ti, con el audioguía en mi mano y en mi oreja. Con la otra mano me tapo la otra oreja. Un espejo es tu cuadro. La ansiedad, la angustia y la incertidumbre comulgan en este paso. Del camino tuyo el más pedregoso, Edvard. Aullido mudo tras los pinceles.

La exposición prosigue y yo contigo de la mano.

Arribo a tus musas navegando en tus colores. A la mujer como sexo fuerte. Es el hombre una marioneta de la mujer, ¿verdad, Edvard? Femme fatale perfectamente enmarcada en tus óleos. Seduce al hombre y luego le traiciona. Femme fragile, dulce, casta, delicada con níveos contornos. Son bellas tus mujeres o, a mí, me lo parecen. Emancipación de la mujer tras los pinceles.

Una obra tuya me estremece como ninguna en el nuevo margen que visito de tu cuerpo. En este tránsito en el que ahora me acurruco admiro La consolación. Una mujer llorando consolada por su acompañante. Su mano es su rostro y su coleta sus lágrimas. El amor y el odio, a través de los celos, se encierran en esas habitaciones verdes en las que me hospedas. Te reflejas como un cristal. Le levantaste la novia a tu amigo, ¿no es así, Edvard? Y, además, cual triángulo isósceles lo retratas. Melodrama tras los pinceles.

Y llego a tu Amor. Misterio absoluto de tu vida. ¿Es el lado más oscuro de tu pintura? Se prodigan los besos, las selvas, las mujeres vampiro. Eros contigo está de luto. Mordisco de amor tras los pinceles.

Se hace de noche en este viaje que te realizo. Te cito: “Las largas horas nocturnas, con sus infinitos pensamientos, siniestros, hasta que al fin, al fin, llega la mañana; pero después otra vez el largo día y otra vez la noche sin sueño “. ¡Qué pesimismo! ¡Qué dramatismo! Y, sin embargo, me enamoran tus noches. Pienso en esas estrellas titilantes reflejadas en tus lienzos. ¿Las espiamos juntos, Edvard? Van Gogh nos contempla tras los pinceles.

Y por fin los tonos vivos. Alegría a raudales. Los verdes campos; los azules celestes; los anaranjados trigales; las casitas blancas con líricas flores… ¡Ay, Edvard, lo qué me gustan tus recuerdos cuando se visten de colores! Vitalismo tras los pinceles.

Ya me tienes desnudo como tus últimos trazos. Has intentado explicarme la vida y su sentido pretendiendo ayudar a los demás con su propia existencia y así te desnudas, Edvard, con una melange de sentimientos de pasión y dolor. Desvestido quedas tras los pinceles.

Salgo del Museo. Miro hacia atrás y observo todo aquello que has generado. Cuadernos, calendarios, tazas y vasos, llaveros y libros, bolígrafos… Y sé que te entra el pánico.

La lluvia en Madrid pinta mis pasos. Camino melancólico. AMunchado.

Me voy, Edvard. Quizás vuelva a viajar contigo antes de enero.

Despedida de lluvia tras los pinceles.

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