Blog / La cometa de Miel

Tan fácil como leer un libro al mes: 'Seda', de Alessandro Barricco

Por Pablo Sabalza 22 noviembre, 2015 - 23:19

Durante un tiempo de mi vida el oficio que desempeñé fue el de librero. Supongo que como amante que soy de la literatura uno debe ser ‘cocinero antes que fraile’.

Conocer al lector. Saber de sus gustos y preferencias; sus inquietudes literarias; sus autores preferidos. Saber asesorarle, literariamente hablando, las mejores lecturas en función de sus apetencias.

De no ser un lector habitual iniciarle en el hábito de la lectura con un libro no muy extenso para no asustarle con el tamaño y, de ser lector voraz, conducirle de la mano a una historia bien escrita y, por supuesto bien creada, que le cautive.

Una obra que recomendé en contadas ocasiones fue 'Seda' de Alessandro Baricco. Para los buscadores de joyas o de gusanos de seda (preciosa temática de la obra) les informo que pueden encontrar tan valioso tesoro en la Editorial Anagrama. Y en bolsillo, que es más barato y contar, cuenta lo mismo que en formato grande.

Quiero acercarles a un pasaje del libro. El capitulito reza así:

“ Baldabiou era el hombre que veinte atrás había llegado al pueblo, se había encaminado directamente al despacho del alcalde, había entrado allí sin hacerse anunciar, había depositado sobre su mesa una bufanda de seda de color dorado y le había preguntado

-¿Sabéis qué es esto?

-Cosas de mujeres

-Error. Cosas de hombres: dinero.

El alcalde hizo que le echaran a la calle. Él construyó una hilandería junto al río, una cabaña para la cría de gusanos de seda al abrigo del bosque y una pequeña iglesia consagrada a Santa Inés en el cruce con la carretera de Vivier. Contrató a una treintena de trabajadores, hizo llegar desde Italia una misteriosa máquina de madera, llena de ruedas y engranajes y no dijo nada más durante siete meses. Después volvió a ver al alcalde, depositando sobre su mesa, bien ordenados, treinta mil francos en billetes grandes.

-¿Sabéis qué es esto?

-Dinero.

-Error. Es la prueba de que sois un idiota.

Después los recogió, se los metió en la bolsa y se dispuso a marcharse.

El alcalde lo detuvo.

-¿Qué demonios tengo que hacer?

-Nada y seréis el alcalde de un pueblo rico.

Cinco años después Lavilledieu tenía siete hilanderías y se había convertido en uno de los principales centros europeos de cría de gusanos y de producción de seda. No todo era propiedad de Baldabiou. Otros notables y terratenientes de la zona le habían seguido en aquella curiosa aventura empresarial. A cada uno de ellos, Baldabiou le había revelado, sin más problemas, los secretos del oficio. Eso lo divertía mucho más que ganar dinero a espuertas. Enseñar. Y tener secretos que contar. Así era aquel hombre.”

Y a raíz de este capitulito, recordé esta historia de otra obra:

‘No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostí­bulo. ¿Pero que otra cosa podría hacer aquel hombre?

De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.

Un día el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.

Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.

Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....

Me encantaría satisfacerlo, señor, balbuceó, pero yo... yo no sé leer ni escribir.

AAh! Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...

Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...

No lo dejó terminar.

Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.

Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su­ casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada.

Tenía que comprar una caja de herramientas completa.

Para eso usaría una parte del dinero recibido.

En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo mas cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.

Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.

Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...

Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.

Está bien.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino toco la puerta.

Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?

No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula. Hagamos un trato, dijo el vecino. Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...

Acepto. Volvió a montar su mula.

Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.

Hola, vecino ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?

Sí­..

Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros dí­as de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.

No todos disponemos de cuatro días para compras, recordaba... Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que el viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podrí­a ahorrar algún tiempo de viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.

Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar mas viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.

Luego le hizo una entrada mas cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. El era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podí­a fabricar para él, las cabezas de los martillos.

Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los cinceles.

Y luego fueron los clavos y los tornillos.....

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformo con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas.

El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela.

Allí se enseñaría además de lectoescritura, las artes y los oficios mas prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entrego las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazo y le dijo:

Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela.

El honor sería para mí, dijo el hombre. Creo que nada me gustaría más que firmar allí­, pero yo no sé leer ni escribir.

¿Usted?, dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo.

¿Usted no sabe leer ni escribir?, ¿usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir?

Estoy asombrado. Me pregunto qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir

Yo se lo puedo contestar, -respondió el hombre con calma.

Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero de un prostíbulo.’

…de la cosa más nimia puede ser salir lo más grande. De una palabra, un libro. De una sonrisa, una carcajada. De un martillo, una ferretería. De un beso, un amor.

De un gusano de seda…te invito a que lo averigües. 

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