Blog / La cometa de Miel

De repente, el color violeta

Por Pablo Sabalza 04 marzo, 2019 - 9:25

Una vez me preguntaron qué cambiaría de mi físico: el color del pelo o de la piel, tener más o menos altura, una nariz menos superlativa, sayón y escriba o, por el contario, chata y redonda como una bola de pin pon…

Liz Taylor, en una imagen de archivo.
Liz Taylor, en una imagen de archivo.

Mirarme en el espejo y pensar…¿mis orejas parecen un taxi con las puertas abiertas? ¿mis piernas se arquean en forma de herradura?

Pues verán, el pasado martes 19 de febrero vi una película del año 1959 titulada De repente, el último verano basada en una obra de teatro del dramaturgo, Tennessee Williams. En 1937,  una rica viuda (Katharine Hepburn), ofrece al doctor Cukrowicz (Montgomery Clift) los fondos para crear un hospital a condición de que practique una lobotomía a su sobrina, Catherine (Elisabeth Taylor).

Y me detengo en ella, en Liz Taylor o, perdón, en sus ojos violetas.

No es que desee tener un color de ojos como los que tuvo la excepcional actriz protagonista de los filmes Cleopatra o ¿Quién teme a Virginia Woolf? sino lo que anhelo es su síndrome. El síndrome de Alejandría o de los ojos violetas.

Les diré que estas personas nacen con los ojos azules y que a los seis meses, debido a una mutación genética, se convierten en violetas.

Lo curioso es que los sistemas inmunológicos de estas personas son infranqueables, sus cuerpos bien proporcionados nunca ganan peso y, además,  aparentan 5 o 10 años menos. 

Y aunque no parezca muy verídica esta historia les diré que la esperanza de vida de estas personas estaría en 120 años. Cuidado, bien llevados.

Añado que pese a su tonalidad pálida de piel no se queman al sol y su envejecimiento se detendría a partir de los cincuenta años.

Vamos, que no me importaría a mí tener los ojos violetas si me dan, de paso, el pack completo.

Cuenta la leyenda que el término se originó debido al caso de una joven llamada Alexandría Agustín, nacida en Londres en el año 1329. En el momento de su nacimiento, la pequeña Alexandría tenía los ojos azules, pero poco a poco el color cambió a violeta.

Un sacerdote de la época afirmaba que este extraño caso no era obra del diablo (por menos de eso acababas quemada por bruja) sino que tenía conocimiento de algún caso similar proveniente de Egipto.

Alexandría, al parecer, tendría todos los síntomas anteriormente descritos incluida la posibilidad de tener hijos sin tener la menstruación.

En el libro, El callejón de los milagros, del Premio Nobel egipcio, Naguib Mahfuz, el autor advertía en una frase que ‘la vida nos viste a lo largo de los años de distintos ropajes’.

Y así, frente al espejo, dejé de pensar en mis ojos del color del jazmín y en mi nariz superlativa o chata o en mi desproporcionada altura o en mis piernas arqueadas o en mis grandes orejas…

..porque aunque tú, querido lector de Navarra.com, no dispongas de esos pétalos…nadie podrá arrancar la belleza de tu flor.

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De repente, el color violeta