Blog / La cometa de Miel

De la pérdida de kilos de nuestro ingenioso hidalgo

Por Pablo Sabalza 18 mayo, 2020 - 9:23

Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.

Amanecer en Navarra desde el puerto de El Perdón. EFE/Jesús Diges
Amanecer en Navarra desde el puerto de El Perdón. EFE/Jesús Diges

He perdido cinco kilos desde que se inició el estado de alarma.

El otro día grabé un video en el que me disculpaba por no haber podido acudir a un doble encuentro que iba a mantener el viernes 15 de mayo en la ciudad de Sangüesa y me vi, como dicen los canarios, chuchurrío (marchito en este mes de las flores).

Me descubrí como la figura de Alonso Quijano tal y como la describe Miguel de Cervantes al inicio de su universal obra, El Quijote de la Mancha. Es decir, seco de carnes y enjuto de rostro.

Y es que, mis queridos lectores, meses atrás armaron caballero a quien nunca vistió celada, oportunidad tuvo de blandir espada y jamás en la vida montó rocín.

…Pues a inicios de la semana pasada aconteció que este hidalgo vuestro se topó con la mayor algarabía que un caballero andante pueda admirar que no es otra que la de hallar, por fin, las puertas abiertas de las librerías.

Encontreme con libros de caballería como el de Cid Ruy Díaz o el Cantar de los Nibelungos que vinieron a nublar aún más mi mente que ya bastante turbia se hallare tras días de confinamiento y reunión de pensamientos. Los libreros, a mi razón magos y brujas encantadores, ofrecieronme cientos de obras recién salidas de imprenta y con olor a papel y tinta que eran a mis ojos pan recién horneado dispuesto a ser devorado por los ojos de un hambriento.

Salí de este castillo de libros y me encomendé a una nueva batalla diaria.

Pues no son gigantes sino pedidos (léase el escrito de semanas atrás bajo el título, Tirando del carro) a los que me enfrento desde hace ya muchas jornadas en esta pendencia de estado de alarma sin otra defensa que una mascarilla como yelmo, unos guantes de látex como tizona y un carro sin caballos, pero con cuatro patas de hierro.

Muchas tardes yo mesmo me envío a los infiernos para luchar entre cajas de alimentos (a vuesa imaginación presto todos los artículos de alimentación y productos de limpieza que consideren), me bato bajo techos bajos que casi se besan con las baldosas y hago frente a músicas que no son, precisamente, romances del medievo.

No les miento si les digo que mil y un desafíos acometo y que conllevan, cómo decirlo, desajustes en mi cuerpo que traduzco en espalda molida y suspiros a cada rato recién nacidos.

Y sabrán vuesas mercedes que al salir de estas venturosas lides sonrío al apreciar cómo los candiles de las calles me presentan un sendero de primavera nocturna y poesía.

Sepan también que mi cansancio se desvanece cuando avisto, en el silencio de la noche, cómo el cielo se acuna entre infinitas y plácidas luciérnagas.

Y así, pálido y dulce como un pastel de hojaldre, me encamino a la fantasía de mi alcoba.

Mas no olviden que, como buen hidalgo, apenas renace la canturía hermosa de los pájaros en la rosada aurora, ansío enfrentarme en una nueva jornada a las afrentas que se me presentaren.

Y que todo esto lo hiciere con cinco kilos menos, mas no sin antes besar a mi doncella, pues a buen seguro que no se ha visto historia donde se halle caballero andante sin amores.

*Dedicado a tres caballeros (H.C./I.B./I.N.) y a una doncella (N.G.). Por su inspiración.

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