Blog / La cometa de Miel

Nicolás Navallas es Peter Pan

Por Pablo Sabalza 05 octubre, 2020 - 12:45

Mi sueño es morir joven con una edad muy avanzada.

Nicolás Navallas trabaja en su taller de Sangüesa.
Nicolás Navallas trabaja en su taller de Sangüesa.

¿Sabes por qué las golondrinas anidan en los aleros de las casas? Es para escuchar cuentos.

Esta frase extraída del célebre libro de James M. Barrie, Peter Pan, enlaza, perfectamente, con la historia que les voy a contar.

Érase una vez una ciudad llamada Sangüesa y conocida con el lema de ‘la que nunca faltó’ por estar siempre al servicio de Navarra cuando se trataba de defenderla ante cualquier amenaza. 

Les diré que junto a los primeros pájaros que trinan entre los olmos y chopos que guardan el paseo de Cantolagua, Nicolás Navallas, como así se llama nuestro protagonista, realiza su romántica peregrinación que tiene como punto final visitar en el cementerio de la localidad a su mujer, Ester (‘la dueña’ como él la define), natural de la villa de Gallipenzo y fallecida hace ya algunos años.

A los 14 años empezó a trabajar como hojalatero y plomero. Él quería ser mecánico dentista pero nadie le quiso enseñar el oficio. Más tarde se interesó por los automóviles (hasta hace bien poco se le veía conducir un coche que Nicolás apuntaba fue fabricado en el siglo XI), pero bien sea por una competencia futura o por otras razones, tampoco pudo deleitarse con tal deseo.

Sin embargo, el trabajo de hojalatero le daría a la postre su reconocimiento y valía…aunque para ello hubiese que esperar muchos años, ya que en los años 50, con la llegada del plástico, la hojalata quedó en desuso convirtiéndose Nicolás en especialista en fontanería y calefacción.

No obstante, todo empezó el mismo día que se jubiló.

La pasión por su profesión de hojalatero se convirtió en un regalo para todos.

Numerosos periodistas de toda España llegan a la localidad de Sangüesa para conocer a Nicolás, ya que atesora en su casa taller un abanico amplísimo de maquetas, figuras, edificios, utensilios…realizados, exclusivamente, con hojalata, zinc, latón, cobre, chapas de plomo e incluso con restos de materiales de fontanería o con objetos de los que la gente se desprende y que él, con virtuosa habilidad, convierte en piezas de arte propias de un museo.

Tal es su reconocimiento que a día de hoy su casa taller, ubicada en las proximidades de la Iglesia de Santiago (s. XII y XIII), es visita obligada por los peregrinos que atraviesan la ciudad de Sangüesa camino a Santiago de Compostela. El impacto que genera su obra es tan mayúsculo que uno se puede recrear en dicho taller incluso con las numerosas cartas y postales remitidas por sus visitantes bien sean de Irán, Noruega, Vietnam, Francia o República Checa, entre otros distintos países.

Recibe muchos pedidos de particulares de diferentes zonas de Navarra (Tudela, Fitero, Sesma, Aibar…) a los que no cobra ni un euro. Eso sí, a cambio, lo único que les pide es una misa por Ester, su mujer.

¡Ay, si es el amor la lámpara de inagotable aceite! Una golondrina dorada. Un corazón alado.

Entre sus excepcionales obras pueden descubrir diversas figuras vinculadas al denominado arte del toreo, monumentos en miniatura con infinitas articulaciones que te presentan a su vez distintos compartimentos o maquetas como, por ejemplo, aquélla que inició con su mujer y que tras fallecer ésta continuó ejecutando y en la que plasma una extensión de Sangüesa ambientada entre el siglo XII al XIV y que incluye un impresionante Belén.

Les contaré algo.

El próximo 6 de diciembre, Nicolás, cumplirá 96 años, por si desean felicitarle.

Si las estrellas se alinean quizá puedan encontrárselo junto a los primeros pájaros que trinan entre los olmos y los chopos del Paseo de Cantolagua.

¿Saben una cosa?

A veces, cuando un hechizo de inocencia me invade, pienso que quizá Sangüesa no sea la que nunca faltó sino el País de Nunca Jamás; Campanilla el amor similar a una lámpara de inagotable aceite y Nicolás, con su vitalidad, ilusión y su no querer crecer, nuestro eterno Peter Pan…

Y Ester, su querida Ester, golondrina de oro, su maravillosa e inmortal Wendy.
 

*Dedicado a Nicolás Navallas y a su familia.

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