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Los bufones

Por Pablo Sabalza 29 Enero, 2018 - 9:25

Es privilegio de los bufones decir frases que otros callan

Una persona caracterizada como un bufón.
Una persona caracterizada como un bufón.

En Las Palmas de Gran Canaria ya han montado el escenario donde tendrá lugar la Gala de la Reina del Carnaval.

Multitud de disfraces engalanan las tiendas para luego decorar las calles de la ciudad capitalina. Entre ellos, uno se postula año tras año en los carnavales de todo el mundo y ya lleva innumerables siglos haciéndolo. Ellos son, nuestros amigos, los bufones.

Pero atención, detrás de esas piruetas cómicas, de esos chistes y esas incansables burlas, propias y ajenas, también se encuentran personajes misteriosos, enigmáticos y, en ocasiones, peligrosos.

Vamos por partes. Si alguien de ustedes se dirige al diccionario a buscar la palabra ‘Bufón’ encontrará dos significados:

Persona, generalmente de aspecto grotesco, que en la Edad Media y principios de la Moderna se encargaba de divertir a la corte con historias graciosas y chistes

Persona que hace tonterías o se comporta con poca seriedad pretendiendo ser cómico y resulta ridículo o molesto.

No voy a entrar en la segunda aclaración, ya que no es el sino de mi columna increpar a nadie. Eso lo dejo para otras plumas.

Sin embargo, sí que deseo acercarles al mundo de los bufones de la Edad Media y Moderna.

Cuentan que se llaman así porque entre sus gracias había una que consistía en llenar la boca de aire hinchando los carrillos y al recibir un manotazo expulsarlo violentamente haciendo un ruido como el de un bufido.

El origen inmediato del bufón está en el trovador cuya función era contar historias, cantar y tocar instrumentos.

Su posición, en muchos casos, llegaba a ser privilegiada e incluso envidiada, disfrutando de grandes favores. Además, era frecuente que se crearan unos sólidos lazos de amistad con el monarca en cuestión.

La posición del bufón oscilaba entre el entretenimiento y el de consejero moviéndose en medio de una delgada línea entre lo correcto y lo profano. Esto era, sin embargo, porque podían decir cosas que nadie más se atrevería a decir en la corte del rey. Aunque no siempre les salía del todo bien.

Lean, lean…

Se cuenta que un mal chiste le costó el destierro a un bufón llamado Cristóbal Castañeda, alias ‘Barbarroja’. Al parecer, el rey preguntó un día si había olivas en cierto pueblo. Cristóbal, contestó: «Mi Señor, ni olivas ni olivares» aludiendo al conde-duque de Olivares. La gracia le costó acabar desterrado en Sevilla.

No fue el único que acabó desterrado y muriendo en la más absoluta de las miserias.
Estaba en la naturaleza de los bufones hacer lo que les viniese en gana llevados por el humor, sin tener en cuenta las consecuencias y así, llevadas al extremo de la broma, podrían decir verdades serias.
Los hubo en la Antigua China y el Antiguo Egipto, en la India, Oriente Próximo, Imperio Romano, África o en la América precolombina, entre otros.
El bufón profesional se popularizó en la Edad Media y Renacimiento europeo.
El uso y mantenimiento de los bufones en la corte o por señores surgió en la Edad Media, ya en el siglo V Atila llevaba uno.

Hay algunos ejemplos como en la Francia de Francisco I. Tal es el caso del bufón Triboulet que sirvió de inspiración a Víctor Hugo en la obra,"Le roi s´amuse" (El rey se divierte), del que Verdi se inspiró para su ópera, Rigoletto.

En Inglaterra, James I, empleó a un bufón llamado Archibald Armstrong, expulsado por insultar a demasiada gente y Carlos I por su parte empleó a un bufón llamado Jeffrey Hudson que tenía el título del Enano Real.

En España también hubo bufones dependiendo del monarca que reinase en ese momento. En el siglo XVI,  Carlos I  y más tarde su hijo Felipe II, usaron de los servicios de estos personajes. Luego, Felipe III prescindiría de ellos casi por completo, pero Felipe IV volvería a llenar su corte con estos personajes.

Pero también eran espías públicos, germen de malas acciones y hasta de crímenes.
A muchos grandes nobles les incordiaba que los bufones tuvieran abiertas las puertas de palacio y gozaran del favor real y, en cambio, ellos no pudiesen acceder a los monarcas, a quienes parecía no interesarles sus consejos. Esto generaba muchas envidias.

Algunos bufones eran muy cultos e incluso sabían varios idiomas. Otros, eran truhanes y ‘hombres de placer’ que sabían cómo utilizar sus armas para conseguir los favores del monarca.

Curiosa la vida del bufón, ¿verdad?

Y así me puse a pensar en aquella tienda de máscaras y antifaces.

¡¡Cuántos disfraces y cuánta gente disfrazada!!

Sí, mis queridos amigos de Navarra.com, aún hay muchos (‘disfraces’ de) bufones.

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