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Letras enfermas

Por Pablo Sabalza 20 julio, 2020 - 10:07

Siempre que el hombre reflexiona sobre su parte física o moral, suele generalmente hallarse enfermo (Goethe).

Fichas de un juego de palabras extendidas sobre una mesa
Fichas de un juego de palabras extendidas sobre una mesa

Cuando mejor estoy de salud y más sano me encuentro es cuando más miedo tengo a enfermar. Quizá todo se deba a estos tiempos que me han tocado vivir y en los que despierto cada día con noticias acerca de muertes, enfermedades y contagios que despiertan mis miedos, otrora dormidos o desviados a otras inquietudes, que me orientan a estos febriles pensamientos.

Y yo que soy de los que abraza el silencio entre cavilaciones frescas y risueñas me veo hoy componiendo un escrito con música que no es la mía.

Así que vayan por delante mis disculpas por entonar en este lunes del mes de julio melodías de un blanco amarillento.

Les diré que no soy el único que plasma escritos de termómetro y jarabe, pues las letras han sufrido de enfermedades a lo largo de la historia.

Les voy a presentar una serie de autores que por haber padecido diversas enfermedades durante su vida contaminaron sus escritos a tenor de su modus vivendi.

El escritor de Metamorfosis, Franz Kafka, padecía neurosis y depresiones por lo que su humor era una montaña rusa: momentos de gran felicidad con otros períodos de gran apatía. Tenía problemas con el sueño y temores exagerados. ¿Será que sus novelas, llenas de desesperación y miedo, representaban este mal?

…o el Marques de Sade, declarado loco y conducido al asilo de Charenton. Aunque, la siempre “libertina” vida del marqués, no tuvo un período sin incidentes: mientras estaba recluido tuvo numerosas relaciones sexuales ilícitas hasta su muerte en 1814.

El gran autor alemán, Herman Hesse, creador de grandes obras como Siddhartha o El Lobo estepario, fue ingresado por sus propios padres en una clínica mental a la edad de 15 años. Si han leído Demian, una de sus primeras obras, entenderán perfectamente los motivos. Era rebelde, y alternaba episodios de gran creatividad, entusiasmo y exaltación con otros de desgana y abatimiento.

También está el caso de Edgar Allan Poe quien padeció un trastorno mental de carácter no determinado el cual le causaba pánico a la oscuridad, pérdidas de memoria, manía persecutoria y alucinaciones. Quizá eso fue lo que lo ayudo a crear tan maravillosas obras, El autor manifestaba: “Los hombres me han llamado loco; pero aún no está determinada la cuestión de si la locura es o no la más excelsa inteligencia, si mucho de lo que es gloria, si todo aquello que es profundo, no brota de la enfermedad del pensamiento, de modos de pensar exaltados respecto del intelecto general. Aquellos que sueñan de día son conocedores de muchas cosas que se les escapan a los que únicamente sueñan de noche.” Qué interesante reflexión, ¿verdad?

Pero no siempre hemos visto traducida a la obra de los autores sus pasajes personales, por muy acentuados que fueran como ocurriera con Friedrich Nietzsche quien sufría de una locura, según dicen, producto de la sífilis. Los últimos años de su vida quizá fueron los peores: el gran filósofo alemán había perdido su extraordinaria mente. O el amigo de nuestros sanfermines, Ernest Hemingway, autor de Fiesta (libro que recomiendo con una botella de whisky al lado) que padecía ataques de nervios, manía persecutoria y propensión al suicidio. Dicen que tenía trastorno bipolar, incluso hablaban de rasgos de personalidad narcisista. Lo cierto es que después de someterse a un máximo de 15 episodios de terapia de electroshock durante 1960-1961, se despertó una mañana de julio, tomó su escopeta favorita y se suicidó.

Lo mismo que Jonathan Swif, autor de Los viajes de Gulliver, que  sufría de un trastorno mental no determinado que se mostraba como desorientación, pérdidas de memora, incapacidad de reconocer a las personas y entender el hablar. Se sumergió lentamente en la locura durante un período bastante largo y fue en 1742 cuando perdió completamente la cordura, incluso dicen que 5 enfermeras lo tuvieron que sostener para que no se sacará un ojo, después de lo cual guardo silencio durante todo un año. Sus trastornos continuaron hasta el fin de su vida y lo llevaron a una discapacidad total.

El escritor, Jack Kerouac, autor de la obra En el camino adujo en cierta ocasión: “Soy católico y no puedo cometer suicidio, pero tengo la intención de beberme a mí mismo hasta morir”.

Así terminó, a la edad de 47 años, por una hemorragia interna, causada por una cirrosis del hígado, resultado de toda una vida consumido en el alcohol. Murió como quiso, escribiendo en su silla favorita y bebiendo un vaso de whisky y licor de malta.

A la pobre Virginia Woolf el drama le vendría impuesto desde bien pequeña al sufrir abusos sexuales. Trauma que no consiguió superar y que a los 20 años le produciría incontables ataques de nervios.

Fue al finalizar su última novela, Entre actos en 1941, cuando un gran problema le consumió en una profunda depresión. Perdió su casa de Londres en la Segunda Guerra Mundial. El 28 de marzo de 1941, se llenaría los bolsillos de piedras para meterse posteriormente en el río cercano a su casa y acabar ahogándose.

Pero no se alarmen por mí mis [email protected] lectores, ya que mi trastorno, mi único trastorno a día de hoy es no encontrar la palabra precisa y el verbo adecuado para dibujarte una sonrisa cada vez que me quieras leer.

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