Blog / La cometa de Miel

El Himalaya no estaba tan lejos

Por Pablo Sabalza 04 mayo, 2020 - 9:53

Si cambias el modo en que miras las cosas, las cosas que miras cambian.

Cordillera del Himalaya durante un atardecer.
Cordillera del Himalaya durante un atardecer.

Desde el paseo de la playa de Las Canteras, joya de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, se avista majestuoso el Teide. De la blanca arena brotan, nuevamente, huellas humanas y juguetean, a su lado, la espuma y las olas de la mar.

La música la entonan las conversaciones de las gentes y el cielo, azul y dormido, comienza a despertarse cegado por lo primeros rayos de sol.

Parece como si todo volviese a la normalidad.

…y por una parte lo deseo y por otra…

Durante el confinamiento hemos recibido muchas, muchísimas noticias tristes: fallecimientos, pérdidas de trabajo, distanciamiento entre familiares, sueños rotos o incumplidos…

Nuestra vida, tal y como la conocíamos, ha dado un giro de ciento ochenta grados y nos enfrentamos a un futuro incierto que se ha iniciado de la forma más maravillosa y nimia posible que no es otra que saboreando una bocanada de aire fresco a unos metros de nuestro hogar.

He contemplado a través de distintas imágenes cómo los habitantes del estado de Punyab, en el norte de la India, se quedaban con la boca abierta al apreciar a más de 160 kilómetros la cordillera del Himalaya, aquélla que no disfrutaban desde sus hogares en varias décadas por culpa de la contaminación y que, a consecuencia del confinamiento de más de mil trescientos millones de personas, hoy ya podrán acoger en sus sueños.

De igual modo me he emocionado de la mano de dos pandas. Sí, dos pandas que han hecho de su amor en tiempos del coronavirus su mejor poema, ya que gracias al cierre del zoo ubicado en Hong Kong donde se encuentran desde el año 2007, han ‘acercado sus posturas’ con el fin de que la extinción a la que se veían avocados puede que se demore una generación más.

Y si a los animales me refiero no desearía dejar en el camino al zorro de fuego. Fue en la carretera canadiense en la que ni circula ni transita nadie donde pudieron sacarle una fotografía a un ejemplar de esta especie tan compleja de contemplar como un abrazo en estos días.

Navego por Venecia para advertir sus aguas cristalinas otrora removidas por góndolas de todo el mundo y donde hoy cantan, ríen y sueñan los patos y los peces dorados y plateados con sus alas y sus lomos limpios cual jazmines.

Paseo mis ojos por la ciudad de Sangüesa en la que en su río Aragón, aquel que baña los árboles que trepé en mi infancia, saltan los barbos cerca de la presa como si fueran salmones.

Regreso de nuevo a mi amada isla, a mi gota de beso, para recorrer en la distancia las dunas de Maspalomas que recobran, en este tránsito de vida y mascarilla, aquellas ondulaciones que la llevan a rejuvenecer cincuenta años.

Vuelvo a mi paseo de la playa de Las Canteras. Oteo la línea que separa el cielo y el agua del mar.

Y parece como si todo volviese a la normalidad.

Y a eso me refiero.

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El Himalaya no estaba tan lejos