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¿Carretera? A donde vamos no necesitaremos carreteras

Por Pablo Sabalza 08 Octubre, 2018 - 10:01

El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela.

Un fotograma de la película Regreso al futuro
Un fotograma de la película Regreso al futuro

Quisiera escribirles sobre el futuro.

El pasado mes de agosto disfruté de una semana de vacaciones en la isla de Fuerteventura.

Al sur de la ínsula majorera existe un lugar de aguas turquesas y arenas de color de talco bajo el nombre de Morrojable. Olviden Cancún y todas esas playas que figuran en los catálogos vacacionales y piérdanse en casi 70 km de playa en un entorno de temperatura envidiable y relajantes playas de agua cristalina.

No les miento. Quien ha estado, lo sabe.

Consideré que éste era un buen lugar para trabajar la galerada de mi próximo poemario y concentrarme en mis letras, ya que será en el mes de abril cuando publicaré un nuevo libro.

Estaba en ese momento por el que pasamos muchos escritores y en el que valoramos si el libro está en disposición de ver la luz o, por el contrario, deberíamos dejarlo reposar unos meses más. Para más adelante. Para el futuro.

Le preguntaron a Roberto Bolaño en 2001 en una entrevista en Chile qué novelas serían las que veríamos en el futuro. Y Bolaño respondió, literalmente, que una novela que sólo se sostiene por el argumento –con un formato más o menos archiconocido, pero no archiconocido en este siglo, sino ya en el XIX– es un tipo de novela que se acabó. 

“Se va a seguir haciendo y, además, va a seguir haciéndose durante muchísimo tiempo”, dijo Bolaño, “pero esa novela ya está acabada, y no está acabada porque yo lo diga, está acabada desde hace muchísimos años. Después de La invención de Morel (Adolfo Bioy Casares), no se puede escribir una novela así, en donde lo único que aguanta el libro es el argumento. En donde no hay estructura, no hay juego, no hay cruce de voces”.

Vila-Matas, uno de mis escritores preferidos, hablaba sobre el futuro de la siguiente manera. “Sitúense en 1948, el año en que nací, en la tarde de agosto en la que un disco extraño y casi silencioso comenzó a sonar en las emisoras de música de Maryland, y pronto se fue extendiendo por la Costa Este, dejando una estela de perplejidad en sus casuales oyentes. ¿Qué era aquello? No se había oído nunca nada igual y, por tanto, aún no tenía nombre, pero era –ahora lo sabemos– la primera canción de rock and roll de la historia. Quienes la oían, entraban de golpe en el futuro.

La música de aquel disco parecía provenir del éter y flotar literalmente sobre las ondas del aire de Maryland. Aquello, señoras y señores, era el rock and roll llegando con la reposada lentitud de lo verdaderamente imprevisto. La canción se titulaba  Demasiado pronto para saberlo, y era la primera grabación de The Orioles, cinco músicos de Baltimore. Sonaba rara, nada extraño si tenemos en cuenta que era el primer signo de que algo estaba cambiando”.

El futuro se hace paso.

Pronto mandarán al primer turista espacial a la luna.

Compraremos ropa futurística que se lavará poniéndola al sol, sin necesidad de agua y detergente.

Habrá relaciones interpersonales (y ahí lo dejo) entre androides y humanos.

Seremos desplazados por autos inteligentes sin volantes ni pedales disminuyendo los accidentes.

Se introducirán robots (nanotecnología) en nuestro cuerpo para hacer frente al cáncer. Y ruego para que así sea…

Nos olvidaremos de las bolsas de plástico y utilizaremos envases biodegradables hechos de materia vegetal y mejores para el medioambiente.

Los móviles servirán de llave para encender el coche y podremos medirnos el azúcar en sangre con ellos.

Las nuevas tecnologías de edición genética serán claves para producir plantas modificadas que aguanten el cambio climático produciendo, por ende, cosechas resistentes a sequías e inundaciones.

Se concebirán niños con cualidades seleccionadas, como altura o capacidad visual.

Con la nueva generación de motores Scramjet se tardará 70 minutos en llegar de Tokio a New York.

La vida no será la que conocemos. Todo será diferente. Todo será distinto.

…y tengo miedo. Temo que con las nuevas tecnologías ya no interactuemos.

Percibo cómo los móviles y los ordenadores y las nuevas tecnologías nos aíslan aun estando acompañados.

Me inquieta que llegue el futuro cargado de comodidades.

Soy feliz en este siglo que habité y habito.

Añoro las cartas que escribía a mi abuela en el internado de Santurce o cuando residía en Francia, mi infancia sin Peppa Pig, mi bicicleta BH.

Mi padre siempre dice que ‘mucha gente quiere vivir en el siglo XXI como en el siglo XIX’.

…pero es que va tan rápido, papá.

Prefiero, tal y como apuntó Einstein, no pensar más en el futuro, pues llega muy pronto y quedarme con la reflexión de mi querido y admirado, Antonio Machado:

Hoy es siempre todavía.

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