Blog / La cometa de Miel

Estamos locos... ¿o qué?

Por Pablo Sabalza 18 septiembre, 2017 - 9:22

Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio

Ernest Hemingway redacta en su máquina de escribir.
Ernest Hemingway redacta en su máquina de escribir.

Creo que estoy un poco loco. Continuamente hablo solo y me doy ánimos y me riño y me aplaudo y me critico y, en algunas ocasiones, hasta me sincero.

A veces me sorprenden los compañeros del trabajo o los amigos o algún familiar con mis conversaciones y, lógicamente, me dicen: ¡Qué, Pablo, otra vez hablando solo!

No se alarmen.

Estoy convencido de que la mayoría de ustedes lo hacen. ¿O no es así?

Y cuando me enfrento a un escrito, ¡ah!, ahí sí que estoy perdido.

No les miento si les indico que en algunas ocasiones abandono la cordura al enfrentarme a un papel en blanco.

Me gusta volverme loco…aunque sea un poco. Lanzar mi mente al caos y recogerla, al cabo de un buen rato, sorprendido de lo que en el papel ha quedado reflejado.

En el escrito de esta semana quisiera presentarles cómo la locura se ha aposentado en ciertos escritores. ¿Tendrá la escritura (me pregunto en voz alta) algo oculto que conlleva a un número tan elevado de autores a la demencia?

¿Que no me creen? Lean lean…

Edgar Allan Poe sufrió un trastorno mental de carácter que le causaba pánico a la oscuridad, pérdidas de memoria, manía persecutoria y alucinaciones. ¿Quizá eso fue lo que le ayudó a crear tan maravillosas obras?

El autor apuntaba:

“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia.”

Otro caso es el de Ernest Hemingway, autor de ‘Fiesta’ (obra “culpable” de la internacionalidad de los Sanfermines),  quien padecía ataques de nervios, manía persecutoria y propensión al suicidio. Se cuenta y se dice y se rumorea que tenía trastorno bipolar, incluso hablaban de rasgos de personalidad narcisista. Lo cierto es que después de someterse a un máximo de 15 episodios de  terapia de electroshock durante 1960-1961, Hemingway se despertó una mañana de julio, tomó su escopeta favorita y se suicidó.

El autor de ‘Los viajes de Gulliver’, Jonathan Swift, sufría de un trastorno mental no determinado que se mostraba como desorientación, pérdidas de memora, incapacidad de reconocer a las personas y entender el habla. Se sumergió lentamente en la locura durante un período bastante largo, y fue en 1742 cuando perdió completamente la cordura, incluso dicen que 5 enfermeras lo tuvieron que sostener para que no se sacara un ojo, después de lo cual guardó silencio durante todo un año. Sus trastornos continuaron hasta el fin de su vida y lo llevaron a una discapacidad total. 

El bueno de Franz Kafka padecía neurosis y depresiones por lo que su humor era una montaña rusa: momentos de gran felicidad con otros períodos de gran apatía. Tenía problemas con el sueño y temores exagerados.

El autor de ‘Guerra y Paz’ o ‘Anna Karenina’, LeónTolstoi, sufría episodios depresivos que eran cada vez más graves, frecuentes y sofocantes; Rousseau tenía paranoia y solía imaginar que era perseguido; Lovecraft padeció de un trastorno del sueño traumático y, sumado a esto, sufría de depresión extrema.

Mención especial para el Marqués de Sade que fue declarado loco y es trasladado al asilo de Charenton. Sin embargo, la siempre “libertina” vida de Sade no fue un período sin incidentes: mientras estaba recluido tuvo numerosas relaciones sexuales ilícitas hasta su muerte en 1814.

El poeta alemán, Hölderlin, padeció esquizofrenia: hablaba consigo mismo interminablemente y en un idioma ininteligible. Así con todo,  por las tardes se ponía a escribir poesía. Irónicamente, poemas bastante serenos.

La autora de la célebre novela gótica, Frankenstein, Mary Shelley, tenía frecuentes ataques de melancolía, alucinaciones y sueños letárgicos; El humor de Lord Byron demudaba en pocos minutos y Baudelaire sufrió frecuentes crisis nerviosas, neuralgias y vértigos que le dejaban postrado en la cama.

Tristemente encontramos una larga lista de escritores como Virgina Woolf, Emilio Salgari, Mishima, Silvia Plath o Marcel Proust, que permanecía recluido durante semanas en su habitación, tapizándola de corcho y pesadas cortinas e inhalando polvo medicinal. Sólo se alimentaba de cafeína, veronal, cerveza y helados.

¿Saben que Azorín iba por Madrid con un paraguas rojo?; ¿o que Valle-Inclán se dirigía por las noches a la Plaza de Oriente a despertar al Rey?

Así que, leído lo leído, no me tachen por loco si me encuentran por la calle hablando solo. Además, no hay mortal que sea cuerdo a todas horas.

Quizás tenía razón aquel que dijo…

La locura es un cierto placer que solo el loco conoce.

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