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Blog / La cometa de Miel

El color de los semáforos

Por Pablo Sabalza 14 diciembre, 2015 - 0:13

“Sólo con el corazón puede verse bien; lo esencial es invisible para los ojos” El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Con motivo de la preparación de mi último libro, ‘El cuento de los cuentos’, visité hace algún tiempo, Dinamarca.

Desde el vagón del tren se apreciaba el maravilloso paisaje danés. Pequeños bosques de pinos separados por arbustos y árboles con frutos rojos que hacían más elegantes los matorrales; ríos mágicos con mágicos patos que chapoteaban en sus aguas risueñas; caballos recostados mirando al sol, y otros paciendo junto a las pacas de hierba de los campos; y pájaros felices que zigzagueaban entre las cúspides triangulares de aquellos pinos y otros que despertaban las alas al ras de los trigales.

En el horizonte, un azul blanquecino de un cielo eterno.

Después de un par de días llegué a mi destino. Odense. Ciudad natal de Hans Christian Andersen. Escritor y novelista de cuentos infantiles.

Las casas que bordeaban las limpias calles de aquella ciudad eran de varios colores. Rosas, amarillas, marrones, moradas…

Entre la calle Hans Jensen Straede y la calle Bangs Boder se ubicaba la casa natal del célebre autor de la ciudad y, a la postre, del protagonista de mi libro.

Recuerdo aquella casa de un color amarillo pálido con puertas negras y ventanas grises. ¡Ah, y recuerdo a las hojas caídas y secas de los árboles correr buscando dónde cobijarse..! Pues fue por estas fechas mi visita y hacía mucho frío.

Al cruzar la calle deparé en su semáforo y retrocedí en mi memoria a un pasaje que me ocurrió un año antes…

…A finales de noviembre, prácticamente en todas las ciudades, pueblos y villas, se dibujan las calles de luces. Los tristes edificios se adornan de colores y las mismas calles, taciturnas y monótonas de todo el año, parece que recobrasen vida. Todo unido al olor de las castañas asadas, el trasiego de las gentes, las bolsas llenas de regalos o el vaho propio de las temperaturas de esas fechas…

En esos días me asaltó mi amigo Sebastián. Un joven de mi edad que no sé si tendrá la hipoteca pagada pero, a buen seguro, el cielo sí.

Cuida a su hermano dos años menor, y que padece de autismo, día y noche. Siempre los puedes ver como esos pajaritos…¿cómo se llaman? ¡Ah, sí! …como los Agapornis o, coloquialmente llamados, ‘Inseparables’.

Aquél día, lo recuerdo perfectamente, se dirigió a mí muy preocupado.

-¿Has visto a mi hermano? Lo he perdido. Me despisté.

Ambos nos pusimos a recorrer aquellas calles que ya no tenían colores ni olían a castañas asadas, donde el vaho de las gentes parecía una cerrada niebla y las bolsas de regalos eran obstáculos infinitos para mí.

Pasada media hora Sebastián me llamó por teléfono y me dijo:

- Lo he encontrado.

Quedamos en una cafetería cercana llamada ‘La Cafetera’ a tomar un chocolate caliente.

Daniel, como así se llama nuestro escurridizo hermano, mojaba con mesura los churros en el chocolate.

-¿Dónde lo encontraste? –le pregunté.

- Recordé que le gusta mirar el color de los semáforos –me respondió.

Y ahí estaba yo, un año después, perdido en Dinamarca. En una ciudad llamada Odense. Paralizado ante un semáforo de aquella ciudad cuyos peatones simulan la figura de Hans Christian Andersen. En rojo, Hans levanta el bastón. En verde, Hans retira su sombrero de copa de la testa y parece que anda.

Y recordé cuando se perdió el bueno de Daniel y lo encontró su hermano Sebastián, mirando como estaba yo en ese momento, el color de los semáforos.

Nada más simple. Nada más bello. Tres esferas de colores…y con eso me sobraba el mundo entero pues…lo esencial es invisible para los ojos.

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El color de los semáforos